Proponemos la homilía del padre Paolo Sottopietra en la primera misa de los recién ordenados, en el día de la Natividad de San Juan Bautista.

Queridísimos Antonio, Michele, Emanuele, Luca y Patrick,

Hoy la Iglesia nos llama a meditar sobre la vida de San Juan Bautista, del que celebramos el nacimiento de Isabel y Zacarías, que eran parientes de María, madre de Jesús. Acogiendo esta invitación, me gustaría sacar alguna enseñanza que os pueda acompañar en los primeros pasos de vuestro ministerio sacerdotal.

Todos los evangelistas han dedicado una atención especial al diálogo entre Jesús y Juan Bautista, y han mencionado mucho la relación entre los dos primos, coetáneos, que aparecieron casi al unísono en la esfera pública: signo de la veneración con la que los primeros cristianos miraron a la persona del Precursor.
Al comienzo de su misión, Jesús le pidió a Juan que lo bautizara. Ya desde esta primera ocasión, el tema de su confrontación fue el modo y el tiempo en el que debía manifestarse la salvación. Juan oponía a la petición de Jesús la objeción de su indignidad, pero Jesús contestó: Ahora déjame hacer esto, porque conviene que así cumplamos todo lo que es justo (Mt 3, 15). Más tarde, Jesús recibió a los discípulos de Juan que vinieron a traerle las preguntas de su maestro. Juan no pudo ir a verle en persona porque había sido arrestado y encarcelado por Herodes. Una vez más, el diálogo entre ellos gira en torno al mismo tema. ¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro? (Lc 7, 20): esta era la pregunta de Juan. Jesús despidió a los mensajeros diciéndoles: Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven (Mt 11, 4). Luego enumeró las señales que la tradición consideraba premonitorias del advenimiento del Mesías: Los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y feliz aquel para quien yo no sea motivo de escándalo! (Mt 11, 5-6).
Frente a las multitudes, Juan había hablado de sí mismo en términos en su mayoría negativos: Yo no soy el que ustedes creen, pero sepan que después de mí viene aquel a quien yo no soy digno de desatar las sandalias (Hch 13, 25). De hecho, él había declarado explícitamente que él no era el Cristo (Jn 1, 20). Será Jesús quien definirá en términos positivos el lugar de Juan en la historia de salvación, elogiando su función en términos muy elevados, diciendo públicamente: Juan es más que un profeta. Él es aquel de quien está escrito: «Yo envío a mi mensajero delante de ti, para prepararte el camino» (Mt 11, 9-10). Comprometiendo toda su autoridad, añadía: Él es aquel Elías que debe volver (Mt 11, 14) para llegar finalmente al reconocimiento que más nos sorprende: Les aseguro que entre los nacidos de mujer ninguno es más grande que Juan el Bautista (Mt 11, 11).
¿Qué podemos aprender pues de Juan? ¿En qué se manifiesta su grandeza? Elijo tres características de su persona y de su acción, y os las ofrezco como un augurio y una petición a Dios para que pueda también quedar marcada vuestra vida como sacerdotes.

Ante todo, el espíritu de conversión y de penitencia.
Desde niño, Juan fue probablemente confiado por sus padres a una comunidad que vivía en el desierto, en la cual fue educado de forma austera. No se trataba pero de un rigor que fuese un fin en sí mismo; esta manera de vivir expresaba más bien la espera del liberador de Israel. Apoyado por el ambiente al que pertenece y movido interiormente por el Espíritu Santo, Juan toma sobre sí mismo, de una manera totalmente personal, la tarea de esperar la venida del Mesías. Siente que Dios está a punto de visitar a su pueblo. Se da cuenta que esperar significa preparar, y que preparar significa prepararse. El estilo de vida de Juan da forma a esta intuición. Él siente el deber de dar voz, con su misma vida, al pueblo que debe implorar de Dios el perdón de los pecados. Y así, cuando aparece en la escena pública y comienza a bautizar en las orillas del rio Jordán, cerca de la ciudad de Jericó, sucede justamente esto: muchísimos acuden a él confesando sus pecados.
Penitencia, sacrificio, renuncia voluntaria, ayuno, oración, silencio, pobreza: hoy estas palabras se han convertido es definiciones de comportamientos considerados irracionales. Y siempre se vuelven así, de nuevo, para la mentalidad del mundo. De hecho, adquieren su propio significado solo en la experiencia de hombres llamados a anticipar la venida de Cristo y, por lo tanto, a asumir en sí mismos ese grito que el mundo no sabe o no quiere expresar: el grito que pide a Dios misericordia. En la invitación de Juan a la penitencia, como en cualquier acto de penitencia vivido lúcidamente, está custodiada la conciencia de que la misericordia de Dios es un milagro, es un don gratuito que debe ser invocado.
El mundo de hoy necesita hombres que se sientan empujados, como Juan, para encarnar esta vigilancia, una espera de Cristo que vuelva a expresarse como una imploración de misericordia. Entonces mi primer augurio es este: Dios os conceda ser contados entre estos hombres.

Un segundo aspecto que Juan nos testimonia en su relación con Dios es la humildad en la consideración de sí mismo y de su propia vocación.
Juan quizás ha dudado acerca de Cristo, pero no ha dudado nunca de sí mismo. Cuando estaba en la cárcel, tuvo que pasar un misterioso momento de prueba en el que todas las imágenes con las que había revestido su espera de la manifestación de Dios fueron sacudidas, pero nunca tuvo la ilusión de ser el Mesías. Juan no se atribuyó a sí mismo nada más que la llamada que había recibido. Es decir que vivió el sentido de sus limitaciones como un reflejo de la conciencia positiva de su tarea, del significado luminoso de su misión. Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor (Jn 1, 23).
Aquí está el segundo augurio que os deseo: la humildad sea, también para vosotros, la conciencia de vuestra misión, de vuestro ser relativos a la obra de Dios en la historia. La humildad sea también para vosotros recordar que somos siervos de un Dios-Misterio, que obra por vías misteriosas. También vosotros algún día podréis encontraros desorientados por la manera en la que Dios parecerá conducir los acontecimientos, tanto de vuestra vida personal como de la Iglesia y del mundo. Dios, de hecho, hace partícipes a sus siervos de sus designios, pero solo en la medida necesaria para la tarea con la que los llama a colaborar. Al hacerlo así, pone a prueba nuestra fe. En la fidelidad a su manera de obrar esté entonces vuestra humildad. En ella encontrareis también nuestra grandeza.

Finalmente quiero recordar el rasgo de la figura de Juan que quizás es el que más lo vuelve actual: la pasión por la verdad de las relaciones humanas. Una pasión que lo llevó hasta el martirio, pretendido por Herodías para eliminar una voz incómoda que dejaba al desnudo demasiado claramente la mentira de su situación personal.
Las multitudes eran atraídas por el profeta vestido con una piel de camello (Mc 1, 6), porque estaban sorprendidas por la determinación con la que invitaba a extirpar el mal que acecha en las relaciones familiares y sociales, por la decisión con la aquel hombre empujaba a recorrer la senda de la verdad. Iban a verle y preguntaban: ¿Qué debemos hacer entonces? (Lc 3, 10). Juan respondía con radicalidad sencilla: El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; y el que tenga qué comer, haga otro tanto (Lc 3, 11). A los publicanos les decía: No exijan más de lo estipulado (Lc 3, 13). Y a los soldados: No extorsionen a nadie, no hagan falsas denuncias y conténtense con su sueldo (Lc 3, 14). Aunque los aceptaba también a ellos entre las filas de los que bautizaba, a los fariseos les reprochaba duramente: ¿quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca? Produzcan el fruto de una sincera conversión (Mc 3, 7-8). Finalmente al rey Herodes quien, aun quedando muy perplejo, sin embargo lo escuchaba a gusto (Mc 6, 20), le recuerda claramente: No te es lícito tener a la mujer de tu hermano (Mc 6, 18).
El amor a la verdad y la justicia en las relaciones entre hombre y hombre, entre hombre y mujer, entre grupos dentro de la sociedad, en el ejercicio del poder religioso, político o militar, está vinculado al sentido de la santidad y pureza de Dios que Juan vive de forma extremamente aguda. Es esta percepción de la sacralidad irreductible de lo divino lo que lo une al gran profeta Elías, que de hecho él recuerda de inmediato a la imaginación colectiva.

El fuego por la verdad y la sorprendente libertad de expresión que él demuestra son la fuerza de la predicación de Juan. Al observar las multitudes que lo rodean y la actitud con la que se acercan a él para sumergirse en las aguas del Jordán, comprendemos que en los corazones de estas personas, tan diferentes entre sí por condición social, se ha reavivado la luz de la esperanza. Delante del profeta y bajo el impulso de sus palabras, vuelve a abrirse la posibilidad de tratarse el uno con el otro de acuerdo con la justicia. Contra todo escepticismo y todo endurecimiento, el sacrificio necesario para amar vuelve a ser deseable. Juan expresa en efecto con todo su ser la inminencia de la venida de Dios, es un signo viviente de la fuerza de renovación que viene de lo alto. Y donde obra Dios – intuyen las multitudes que le escuchan – todo es posible.
Mi tercer augurio que os deseo hoy es, por lo tanto, que se os conceda no tener nunca miedo frente a los hombres, no vacilar en indicar el camino de la verdad a aquellos que viven relaciones heridas o marcados por la debilidad y el pecado. A menudo, el camino hacia la sanación de nuestras relaciones es exigente, y esto puede hacer tímida nuestra propuesta. Os dé coraje entonces la conciencia que, bajo cualquier apariencia contraria, el hombre herido e infeliz espera un profeta que le muestre un nuevo camino. Si no os dejáis llevar por consideraciones de falsa prudencia, Dios os ayudará a acompañar a las personas que desea confiaros, dándoos también la dulzura necesaria. Hay un deseo aún más profundo que alimentamos por vosotros: Dios os conceda de recorrer en primera persona los caminos de la verdad y del amor que estáis llamados a mostrar a los demás, según el ejemplo de Juan, para que podáis ser un lugar donde se reaviva la esperanza.

 

Homilía para la primera misa de Antonio Acevedo, Michele Baggi, Emanuele Fadini, Luca Montini y Patrick Valena
Roma (Basílica de San Clemente), 24 de junio de 2018 – Natividad de Juan el Bautista

(En la foto, el abrazo de la paz durante la primera misa – foto Giulia Riva).

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