Aquí está la historia de la vocación de don Emanuele, recién ordenado sacerdote en Roma el pasado 23 de junio.

La llamada al sacerdocio me ha acompañado desde que era un niño. No recuerdo ningún episodio específico por el cual Dios haya suscitado en mí esta «intuición», como la definió Don Massimo años más tarde en nuestro primer encuentro. Sin duda, la profunda experiencia de fe vivida en la familia fue la primera forma con la que Dios la formó y la sostuvo. Después, esta llamada se precisó cuando recibí la primera comunión. En los meses sucesivos acogí la propuesta de servir en la parroquia como monaguillo. Recuerdo con gratitud la relación de paternidad con don Giuseppe, entonces párroco del pueblo. Le acompañaba durante las visitas y bendiciones de las casas. ¡Cuántas personas he visto recibir consuelo en esas visitas! Así como he visto muchas otras rechazarlo. Pude hacer experiencia de la paternidad del sacerdote y de su infatigable trabajo misionero.
Al acercarme al final de la escuela primaria, estaba por tanto firmemente decidido a ingresar en el seminario. Sabía que mi padre no hubiera estado de acuerdo, porque quería inscribirme en la escuela secundaria ‘La Traccia’, fundada y dirigida por padres y profesores ligados al movimiento de CL. Hablé de ello con el rector del seminario menor de Bergamo, quien se ofreció para hablarlo con mi padre, que sin embargo se mantuvo firme en su decisión. Fue una elección valiente la suya, de la que saqué frutos enormes. Al final de la maravillosa aventura en La Traccia, era fuerte en mí el deseo de vivir en primera persona la experiencia cristiana en Comunión y Liberación.
Los años de Juventud Estudiantil (GS) en Bérgamo fueron sobremanera significativos. El estudio en común, las vacaciones de verano, la caritativa en el tiempo libre, el rezo cotidiano del Ángelus, el trabajo creativo de crítica de la mentalidad secular difundida en la escuela, la organización de eventos públicos misioneros… En todo esto, GS fue una auténtica escuela de vida y de comunidad cristiana. En aquellos años sin embargo no tuve ni el coraje ni la madurez de hablar abiertamente de la llamada al sacerdocio con nadie, ni siquiera con don Antonio, que en aquel momento dirigía GS. Y este miedo mío fue también causa de tensión en una relación afectiva vivida en estos años. Cuando me inscribí a ingeniería, quería dejarlo todo atrás. Pensaba: aprenderé un oficio y formaré una familia. Deseaba ir al extranjero a estudiar, siguiendo las huellas de aquellos estudiantes del Politécnico que se iban por todo el mundo no solo para hacer carrera, si no para testimoniar la fe y difundir la experiencia del movimiento. En aquellos años en Milán, la vida se enriqueció con amistades gratuitas y preciosas. Al mismo tiempo, mi vida de fe se había empobrecido. En una vacación de verano del CLU [los universitarios del movimiento] un recién graduado, Rubén, fue invitado a relatar acerca de su decisión de entrar en el seminario de la Fraternidad San Carlo. Su historia hizo vibrar aquellas cuerdas que había intentado silenciar en los últimos años.
Después del graduado de tres años, aproveché al vuelo la oportunidad de continuar los estudios de ingeniería en los Estados Unidos. Fueron años fructíferos, cuando volví a vivir con seriedad y entusiasmo. Recomencé a rezar y me volví a conectar con la pequeña comunidad local del movimiento, deseando nuevamente abandonarme totalmente a Dios. Y así fue que volví a encontrarme con los sacerdotes de la Fraternidad San Carlo, que viajaban de un lado al otro de Estados Unidos para servir a las comunidades del movimiento. Decidí dar un paso al frente: a uno de ellos, don Luca, le hablé de la llamada que sentía dentro desde hace años. Luego, después de un periodo de verificación, finalmente le pedí a don Massimo poder ingresar en el seminario.

 

Emanuele Fadini, nacido en Calcinate (Bergamo) hace treinta y cuatro años, está destinado a Broomfield, Colorado (EEUU). En la imagen durante un testimonio en el stand de la Fraternidad san Carlos en el Meeting de Rímini.

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