Para ser un buen educador es necesario que uno aprenda a comunicarse a sí mismo a las nuevas generaciones. Un testimonio desde México.

Desde que empecé a intuir que Dios me estaba llamando a ser sacerdote, nunca he sentido una gran inclinación hacia la educación de los jóvenes. No me atraía particularmente la idea de acompañar a los jóvenes, sobre todo de secundaria y bachillerato. Quizá, dado que los años de mi adolescencia habían sido difíciles, no conseguía imaginarme como una figura de referencia para otras personas que estuviesen afrontando los difíciles desafíos de esa etapa de la vida. En el seminario conocí a muchos hermanos que, por el contrario, tenían un carisma casi natural para hablar con los jóvenes y entrar en relación con ellos de una forma sencilla y profunda, algo que es esencial para educar.
Pero el Señor hace siempre lo que quiere. Cuando llegué a México la necesidad más viva de nuestra misión era la educación de los jóvenes de secundaria y bachillerato. Me dije a mí mismo que quizá no era tan importante ser bueno y estar preparado: en el fondo, nadie es padre antes de tener hijos. Y, probablemente, ningún hombre puede ser un buen educador si no acepta introducirse en la escuela de una vida que le lleva a comunicarse a sí mismo a las nuevas generaciones.
Así, me puse manos a la obra: ¿cómo conocer a los jóvenes superando el prejuicio anticlerical tan difundido entre ellos? ¿Cómo acercarles a Dios? ¿Qué actividad proponerles, además del diálogo guiado, el canto y la oración? ¿Cómo ayudarles a ser fieles a nuestros encuentros? ¿Cómo suscitar su interés, sin caer en propuestas superficiales? ¿De qué modo se les puede hacer crecer en una amistad recíproca? Son tantas las preguntas que salen en el impacto con la realidad que necesitan una respuesta clara: no existen soluciones prefabricadas.
En estos años, lo que he intentado hacer ha sido aprender de la Fraternidad San Carlos. Precisamente, los años que pasé en la Casa de formación en Roma fueron para mí una gran escuela de educación, sobre todo gracias a la caritativa. Poco a poco, empecé a aceptar mis límites y a dar mi sí con sencillez. Desde el tiempo en que iba a la caritativa de la «Barca di Pietro» con Luca Speziale, creció en mí el deseo de estar con los jóvenes, de conocerles y acompañarles. Aquí, en México, sigo este camino de conversión gracias a la ayuda de los hermanos de la casa, en confrontación con ellos y dentro de la educación que siguen ofreciéndome la Fraternidad y el movimiento de CL.
Hoy en día vienen muchos niños y jóvenes a la parroquia. Algunos de los más mayores se han unido a nosotros de forma verdadera, intuyendo la verdad de lo que les intentamos testimoniar. También crecen los universitarios en número y, sobre todo, en el entusiasmo con el que viven su propio camino. Por ello, tengo que agradecer continuamente a Dios la imprevista paternidad con la que me he descubierto.

(Davide Tonini es párroco de María Inmaculada en Ciudad de México. En la foto, un momento de catequesis con los niños).

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