En 2007 comenzó la escuela interna de las Misioneras de San Carlos Borromeo. A través de las palabras de algunos profesores, Emma Neri nos relata la experiencia de estos años de enseñanza.

Es una escuela muy especial. No sólo porque el puesto del timbre lo ocupa la campana del santuario que, con sus repiques, marca las horas de clase. Lo extraordinario, en la escuela interna de la Casa de formación de las Misioneras de San Carlos Borromeo, es el hecho de que el estudio es una parte integrante de la propuesta de vida. Al igual que en las escuelas monásticas medievales.
Roberto Pertici, docente de Historia contemporánea en la Universidad de Bérgamo, es uno de los profesores. Toscano prestado a Lombardía, llegó a Roma del modo menos ritual, invitado por don Máximo Camisasca que había leído y valorado su libro, Iglesia y Estado en Italia. Era el 2010. «Me citó para conocerme y estudiarme un poco. Se ve que le causé buena impresión» recuerda sonriendo. Lo que pronto entendió Pertici, delante de la experiencia de los seminaristas primero y después ante las Misioneras, es «la importancia que el cristianismo, enseñado en estos ambientes, da todavía a la cultura. No puede darse por descontado. Hay en efecto, en la tradición católica, un anti-intelectualismo que va y viene, por el que es más importante el empeño pastoral, caritativo y social.» Cuando dos años después, se encuentra en la Magliana, en la casa de las Misioneras, para «una historia de la secularización que debía durar una semana» y que ya dura un trienio, el estupor no ha mermado: «Contemplad estos muchachas y muchachos de veinticinco o treinta años, llenos de vida, que podrían hacer cualquier cosa. Son laureados, probablemente encaminados a una carrera y que han hecho una elección tan radical, tan contraria al espíritu de nuestro tiempo. Si por una parte, esto me edifica, por otra me plantea un problema. Me esfuerzo por entender pero, con mis pobres instrumentos, no consigo percibir hasta el fondo sino la portada de lo que veo».
La escuela interna de las Misioneras comienza en 2007, cuando don Pablo Sottopietra, en aquella época superior general, invitó a algunos profesores a impartir cursos en la casa de la Magliana. Entre las materias planteadas desde el principio, están: filosofía, teología, Sagrada Escritura, cine, literatura, arte. Don Giussani no es únicamente uno de los maestros que figuran en el programa. «Hemos re-propuesto el método aprendido de él», confirma Franco Camisasca. Profesor de humanidades durante treinta y siete años, sobre todo en institutos técnicos milaneses, no llega a Roma sólo por el apellido que lleva sino porque tiene las ideas clarísimas sobre la razón de la escuela. «No les haces leer una obra para llegar a ser expertos, por un título académico. Sino porque esta lectura va a formar a la persona. Esto nos enseñó Giussani cuando nos leía a Leopardi o nos hacía escuchar a Bach o Beethoven. Quería que fuésemos llamados a hacer emerger la humanidad que hay en nosotros. Y creo que la escuela de las Misioneras debe ser una consecuencia de lo que don Giussani nos ha enseñado». De este modo sucede que Manzoni o Dante, la poesía o el taller de escritura, contribuyen año tras año a dar forma a la casa: porque «es una escuela que tiene una cercanía total con la vida, por lo que forma a la persona. Como debería hacer toda escuela».
Entre los profesores de filosofía esta Francesco Rossignoli: vive en Verona donde he enseñado durante veinte años en los liceos. Hoy es director. Cuando el amigo don Pablo le propone la que inmediatamente se presenta como una aventura, está temeroso: «no me parecía que tuviese especiales títulos. No obstante, podía contribuir a algo que estaba comenzando. Mejor decir sí que inventarse excusas». Así es Rossignoli, de pocas palabras pero de juicio certero. También él está impresionado del deseo que tienen las Misioneras de escuchar y de entender, de su capacidad de acogida que abraza inmediatamente al otro y lo invita a compartir un patrimonio común. «Sorprendido y agradecido», el profesor enumera lo que ha ganado como profesor: capacidad de síntesis, porque el tiempo es escaso, nuevas perspectivas para profundizar, las preguntas a menudo clarificadoras de las alumnas. Sobre todo una palabra, unidad, la que ellas tienen al vivir la vida: «me satisface con locura porque la deseo yo también: se interesan por la filosofía con el mismo corazón con que dan la catequesis, hacen el coro o la comida de los ancianos. Yo lo aprendo de ellas».
Usan palabras diferentes, los profesores, para subrayar la misma experiencia, aquella simpatía en la confrontación con lo real que se llevan a casa tras las lecciones donde se aprende más de cuanto se enseña. Una simpatía que se traduce en el deseo de encontrar todo y retener el valor. Parafraseando a Giovan Battista Montini, el futuro Papa Pablo VI, Pertici recuerda que «el empeño intelectual es otra forma de caridad y de amor. Quien dice que el estudio es algo opcional y que se debe empeñar solamente en lo social tiene una visión corta. Porque el mundo plantea retos culturales a los que se debe responder. Debes entender lo que se está cociendo, las ideas que recorren la sociedad. Y con esta confrontación, juzgarlas con tus instrumentos. Si no, se renuncia a tener una voz».

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