Lección de monseñor Camisasca que pronunció a los sacerdotes y misioneras durante las vacaciones de verano de la Fraternidad San Carlos sobre el tema de la misión (julio 2019). Fue propuesta a la Fraternidad pocos días antes de la conclusión del Mes Misionero Extraordinario (octubre 2019).

La realidad de la misión es el centro de todo lo que vivo y he vivido con vosotros y con mi Iglesia. Se sitúa también en el centro de mis reflexiones, de lo que he meditado y, sobre todo, de lo que he recibido.
Esta mañana me preguntaba: «¿Qué puedo decir de mi experiencia misionera?». Como he hecho siempre y como siempre hago cuanto más pasa el tiempo, simplemente hablaré de lo que estoy viviendo. O quizás de lo que desearía vivir y que, por lo tanto, ya lo estoy viviendo de alguna manera, porque en la tensión al infinito siempre hay una experiencia presente.

La misión es la obra de Dios
La primera palabra que quiero decir brota de la impresión que tuve entrando en esta sala la primera noche. Vi el cartel con la imagen de Bogotá (ciudad donde estamos de misión) y me dije: «¿De dónde ha nacido todo esto?, ¿de dónde nacen nuestras misiones?». Quizás no podáis entenderlo pero, cuando uno está en los inicios de una realidad tan significativa como la Fraternidad San Carlos y se aleja después (o lo alejan), cada vez que vuelve, se sobresalta. Y no es un sobresalto de poca monta. Es un aspecto de ese sacrificio positivo que Dios pide en toda madurez. Por eso, la primera imagen que querría suscitaros es el estupor por la obra de Dios.
Entrando aquí me he quedado asombrado por la obra de Dios, evocada en la mayoría de las intervenciones que he escuchado. Entre otras cosas, conociendo a los diferentes sacerdotes que hablaban, era evidente que no hablaban con palabras suyas. Mejor dicho, eran palabras suyas pero suscitadas por Alguien que las habitaba.
La obra de Dios es algo pequeñísimo al principio. ¡Cuántas veces nos los repetimos y me lo repito a mí mismo! Es como un manantial, las dos o tres gotas de agua de las que nacerá un río. La imagen del río es precisamente la más clara para mí en estos días: un río de gracia del que no conocemos los confines.
Escuchando vuestras historias sobre las personas que habéis conocido, sobre los enfermos, los jóvenes, los colegios… ¡todo es realmente un río de gracia! Un río cuyo origen es Dios, cuyo recorrido lo ha elegido Dios y está determinado solo por Él.
La gran obra de la vida no es decidir lo que hacer, sino adherirse a lo que se nos pide. No significa renunciar a nuestra libertad. Toda decisión humana comporta la libertad de la persona, incluye nuestra creatividad, nuestros esfuerzos, nuestros rechazos, nuestra conversión y, por último, nuestro reconocimiento: «Sí, Señor, tú eres todo». La misión no es una «parte» del cristianismo, incluso suponiendo que fuera la más importante. Es el cristianismo.
Me acuerdo de una frase del padre De Lubac que decía: «Cuanto más se habla de la misión, menos se vive». Tenía razón. Con frecuencia las palabras desvirtúan la realidad más que revelarla por la manera en que las usamos.
Volver al origen para nosotros no es un proyecto arqueológico, sino que significa reconocer que todo viene de Dios. En este sentido le Cappellette de la calle Liberiana en Roma (primera sede de la Fraternidad San Carlos) fueron nuestro Belén, nuestra tienda. Realmente no era mucho pero en el fondo ya estaba todo, como en el «sí» de María.
Madurando en la vida, a través de las experiencias que vivo, el acontecimiento que medito con más cuidado, con más alegría, pero también atónito, con admiración, es el «sí» de María. No había nadie junto a ella. Sin embargo, había millones de ángeles y santos (los santos del Antiguo Testamento) esperando aquel «sí». San Bernardo lo describe con dramaticidad teatral y plástica (cfr. Bernardo de Claraval, Homilías sobre la Virgen, 4, 8-9).
Consideremos también la discreción con la que transcurrió la vida de Jesús, su necesidad de retirarse para poder exponerse posteriormente, la soledad de la cruz, el misterio de la resurrección. El inicio, como todos los inicios, siempre está rodeado de esa sencillez que genera poco a poco historias nuevas en función de nuestro «sí» y que actualizan el «sí» de María, de quien Dios es actor. Dios que ha enviado a su hijo.
Resumiendo: la misión es adhesión a la voluntad de Dios, entrar en la vida del Hijo. No hay muchas misiones, solo existe una: la del Hijo que busca al hombre. Tenemos que entrar en la misión del Hijo, en su vida, en la realidad personal de Jesucristo que busca al hombre y que es buscado por el mismo.
Cristo busca al hombre y el hombre busca a Cristo. Lo busca siguiendo muchos caminos. No hay nadie que no busque a Cristo. Dentro de cada hombre habita Dios. Todo hombre es imagen de Dios. Tenemos que ayudar a los hombres a reconocerlo y custodiarlo, a reconocer que Cristo es el que vive en sus vidas, a custodiar esta imagen y semejanza y a llamarla por su nombre. El misterio del bautismo reside en llamarlo por su nombre. No hay más. La misión es la obra de Dios que acontece y que perciben solo los pastores y los ángeles. En la medida en que nos hagamos pastores seremos pobres de espíritu. Solo entonces veremos a Dios en acción. Si estamos preocupados por nuestros problemas y recriminaciones, dejamos de ver a Dios para vernos solo a nosotros mismos.

Dios elige para enviar
Querría decir otra cosa, siempre en relación al tema de la misión y a mi propia vida. Decir que la misión es obra de Dios no deja al margen el evento que tiene lugar entre Dios y el hombre. Dios elige para enviar.
Tras el misterio del nacimiento o en el mismo misterio del nacimiento está el misterio de la elección: «Podría no existir y existo». ¿Por qué existo? Para ser elegido. Al fin y al cabo todas las reflexiones que el hombre ha realizado durante miles de años de historia, el arte, la poesía, la literatura, la música… todo está unido a dos eventos: el nacimiento y la muerte. Nacimiento y muerte son dos hechos que no pueden trascenderse, no pueden diluirse. Es verdad que hoy las personas pueden decidir en algunos casos ser rubios o castaños, con ojos azules o marrones… pero nadie ha podido elegir si existir o no. Desgraciadamente y trágicamente hoy nos dirigimos hacia la posibilidad de decidir sobre la propia muerte o, peor todavía, delegar en otros la decisión de la propia supervivencia. Sin embargo, nadie puede eludir el misterio de la muerte. Elige Dios. Junto al misterio del ser y el misterio del nacimiento está el misterio de la elección (podéis volver a leer la conversación de don Giussani con Testori al respecto). Cuando estuve en la India, en algunas zonas terribles de Calcuta y Bombay, me pregunté: «¿Por qué Dios no ha hecho que naciera en la India? ¿Por qué me ha evitado estar aquí, en estas encrucijadas donde las personas se amontonan, se hacinan y mueren una encima de otra? ¿Por qué ha querido que naciera en Italia? ¿Por qué ha procurado que mis padres fueran a Milán y conociera a don Giussani?». Este es el misterio de la elección.
Este misterio es verdadero para todos porque, así como es verdad que cada uno de nosotros ha nacido, también es verdad que Dios ha elegido a cada uno. Es un misterio incomprensible en la tierra. Por eso no tenemos que perder tiempo buscando la respuesta a las preguntas: «¿Por qué aquí y no allí?, ¿por qué a mí y no a ti?». Tenemos que mirar la respuesta a la pregunta en la realidad de la predilección de Dios y de Cristo por mí. No tiene sentido preguntarse por qué ama el amor. Es necesario abrirse cada día a este amor, a esta predilección que conlleva también una responsabilidad. De la misma manera que no existe más iniciativa que la de Dios, no hay más amor que el del Padre por el Hijo. No existe otro amor. Hay una participación en ese amor, pero no otro amor. Nuestra misión nace del descubrimiento de la elección, del descubrimiento que Él me ha elegido porque me ha amado. Me ha querido y se ha donado por mí (cf. Gal 2,20): esta revelación imprevista que San Pablo recibió fue la llama y el fuego que alimentó toda su vida. Si no entramos en este fuego, no podemos entender lo que es la misión. «No, no es cuestión de justicia entre nosotros, sino de caridad». En estas palabras de Claudel en La anunciación a María, reside en mi opinión toda la teología de la misión, una teología de la Iglesia, una teología de la revelación que quizás deberíamos volver a descubrir y profundizar continuamente.

Mi pecado
Lo tercero que quería deciros es lo siguiente: tras la sorpresa de la obra de Dios, que ha creado el universo de la nada (por lo tanto, también a nosotros y a esta Fraternidad), tras la sorpresa de la elección que debería hacernos temblar, la tercera sorpresa, la más desconcertante es que Dios no solo me ha elegido, sino que me ha elegido pecador. Esta conciencia crece en nosotros con el tiempo. Con los años, la percepción de mis pecados aumenta enormemente y podría paralizarme si no la pusiera ante ternura de Cristo.
La madre Cristiana Piccardo (abadesa de Vitorchiano durante años, acompañante de la reforma de la vida monástica tras el Concilio y residente en Venezuela desde hace más de veinte), ha leído recientemente el retrato de ella que escribí para Fraternidad y Misión. Me ha escrito una carta en la que dice: «Excelencia Reverendísima, me ha llegado por casualidad la revista de hace algunos meses. Aquí las cosas llegan con tres o cuatro meses de retraso. He leído la breve nota en la que también habla de mí y he sentido una tremenda vergüenza porque una cosa son las apariencias y otra la sustancia. Solo soy esclava de mis múltiples pecados y lo que Dios ha hecho usándome es solo cosa Suya porque yo soy pura incapacidad. Esto no me impide darle las gracias por la pasión con la que Usted acompaña mi pobre vida desde siempre». La ternura de Cristo no es algo sentimental. La ternura de Cristo es lo más incomprensible de la vida: es el hecho de que Él ama mi nada. En esto consiste en el fondo la misión: en ser eco de la ternura de Cristo, amar la nada que hay en el otro. Sobre todo, y principalmente, amar la nada de mis hermanos, de los que viven en mi casa. Esa ternura que tendríamos que vivir entre nosotros y que no conseguimos expresar porque muchas veces no tenemos piedad los unos de los otros.

Hablar de Cristo
Como cuarto punto me gustaría subrayar que la misión es entrar en la vida del hombre para que conozca a Dios que vive en él y al Hijo que lo ama. La misión es la transmisión de conocimiento. Me gustaría insistir en ello. Principalmente la misión es conocimiento de Cristo porque él es el misionero. Acordaos del precioso texto de don Giussani en el que dice que si le hubieran preguntado a Cristo «¿Quién eres?», no habría podido más que responder: «Soy el misionero del Padre» (cfr. L. Giussani, Vida e Espíritu en el sacerdote católico, 30 Días, 74 (1993).  Me ha llamado mucho la atención el encuentro de ayer con dos de nuestros sacerdotes capellanes del hospital de Praga y Bolonia sobre el tema de la compañía a los enfermos y moribundos. Se nos envía para que dar a conocer a Cristo, no simplemente para hacer compañía a los hombres, porque la verdadera compañía de los hombres es Cristo. Cierto es que no quien dice «Señor, Señor» entrará en el reino de los cielos (Mt 7, 21). No se trata de abanderar la pertenencia a un partido u ostentar palabras y certezas. Se trata de custodiar en uno mismo a Cristo para que pueda emerger en cuanto se abra una rendija. Tenemos que ser portadores de Él, no de nosotros mismos. Es Él quien tiene que reinar a través de nosotros. Cuando lo consideremos oportuno intentemos empezar rezando con los que ya caminamos juntos.
La misión es hablar con Cristo y hablar de Cristo. Hoy prima la importancia del testimonio pero no se subraya suficientemente la importancia de la Palabra. Puede ser porque –esto es innegable– muchas veces la Palabra «Cristo» se yuxtapone y se abusa de ella. Pero no significa que tenemos que dejarla caer en la nada. La Palabra «Cristo», el anuncio de Cristo, lo es todo en la misión. No estamos llamados a llevar ni una ética mundana ni una sabiduría humana. Estamos llamados a llevar a Otro, a llevarle a Él, a revelarle a Él.
Cuando pronunciamos todas las noches antes de dormir en el Cántico de Simeón: lumen ad revelationem gentium, «luz para iluminar a las gentes» (Lc 2,32), hablamos de Cristo como de aquel que quita el velo de la realidad de los pueblos para desvelar su tarea en el mundo. Esto es lo que significa hablar de Cristo: quitar el velo de la vida y descubrir su sentido. Así se entiende la importancia de acercar la persona de Cristo también al estudio, durante los años del seminario, pero también como sacerdotes.
Para hablar de Cristo tenemos que mostrarnos como padres, madres, amigos. Ser padre o madre para las personas necesitadas es un camino fundamental de la revelación de Cristo. Quien está llamado al sacerdocio o a la vida religiosa (como nuestra Misioneras) está llamado a la manifestación de la paternidad y de la maternidad, a acompañar a las personas. Sin el acompañamiento el hablar se convierte en vano.
Considero muy actuales hoy día estas palabras que don Giussani nos repetía con frecuencia: «La compañía más grande es la comunidad misma». La paternidad y la maternidad tienen que cuidarse de ser un reclamo a sí mismas, una posesión del otro. Es verdad que en las realidades frágiles, tenues y descoloridas de nuestras comunidades (hoy más que hace tiempo) muchas personas necesitan personalmente una mano, a alguien que sea el eco de la paternidad de Dios y de la maternidad de la Iglesia.
Respuesta a algunas preguntas

El método de la misión
Uno de vosotros, misionero en Estados Unidos, ha preguntado: «¿Qué significa introducir CL en el pueblo al que se nos ha enviado? ¿Qué haría don Giussani si hoy empezara desde cero aquí donde estoy?».
¿Cómo vivir el movimiento en América? Sois vosotros los que me lo tenéis que decir a mí, no yo a vosotros. Estáis allí. La verdad nace de la tierra»: creo que esta frase de Mounier que nos ha acompañado durante años hay que volver a entenderla. El movimiento, como el cristianismo, no crece en función de algo que viene de arriba y se aplica a las personas, sino que es una experiencia que uno vive y trasmite acompañando sus vidas. Y es una experiencia que se mantiene viva en la medida en que vuelve a nacer en nosotros en el lugar que estamos. Por tanto, si al principio de esta experiencia no puede transmitirse más que a través de la traducción de nuestras palabras, con el tiempo se tiene que comunicar a través de las palabras que nacen de ellos. Hasta que no se convierte en algo «de ellos» junto a nosotros, jamás se convertirá en una experiencia duradera. «¿Qué haría Giussani?». Respondo: «¿Qué haces allí ahora llevando contigo la experiencia que Giussani te ha dado?». En caso contrario la pregunta se convierte en algo irreal. Nadie puede decir lo que haría Giussani. Y, sin embargo, podemos afirmarlo en la medida en que está presente en nosotros lo que él nos ha dado y lo revivimos con la gente que conocemos. No es fácil pero realmente es el camino por el que tenemos que ir.
Sabemos que hay dos tentaciones extremas. La primera nos lleva a decir: «Tengo que ser como ellos». La otra, lo contrario: querer convencernos de que ellos tienen que ser como nosotros. La Iglesia ha recorrido los dos caminos, pero también un tercero más complejo: el de generar el Verbo desde dentro de un pueblo, a partir de un contexto histórico, de un idioma. Este intento está determinado por la profundidad de la experiencia que vivimos. Por eso la Fraternidad tiene la importante tarea de «teología de la misión» (llamémosla así): estáis en todo el mundo. En relación con el Centro de la Fraternidad, ¡lanzaos a este nacimiento misionero en los pueblos, en las culturas y en las historias sin perderos a vosotros mismos! La unidad es el camino fundamental. El nacimiento del Verbo en un pueblo es algo tan arduo que se requieren dos cosas: los genios y la unidad. Los genios, quienes saben expresar lo que miles de personas juntas no sabrían expresar. Dan una dirección. Después, la unidad: la unidad del pueblo, de la comunidad; la unidad del sensus fidei.

El verdadero sentido de las heridas
Alguno de vosotros ha hablado del gran tema: heridas-fragilidad-necesidad. He hablado de este tema muchas veces y es muy importante para mí. Sin embargo a veces veo que se trata de manera equívoca. Cristo conoció a los hombres y a las mujeres con sus necesidades. La necesidad fue la abertura por la que entró en sus vidas. Lo es también para nosotros. Las necesidades son de todo tipo. Están las materiales: hambre, sed, casa… pero todas las necesidades materiales conllevan en el fondo una necesidad espiritual. La casa, por ejemplo, nos habla del remedio a la soledad que, para mí, hoy día es la necesidad más radical, difundida, profunda y dramática. Hay heridas todavía más profundas: el abandono, la traición, el abuso. Hoy en día están aumentando numéricamente por la destrucción tanto de la convivencia civil como de los valores que la han sostenido hasta ahora. Todas estas consideraciones son muy importantes, pero no nos podemos quedar ahí.
La herida más grande de la vida del hombre es la necesidad de Dios. Llegamos a la necesidad de Dios mediante otras necesidades que tenemos y que tienen los demás, pero nuestra vida no podrá encontrar jamás una respuesta a las heridas si no se llega hasta Dios. Esto no quiere decir que se curen todas mis heridas. Quizás algunas permanezcan. Por desgracia, hoy en día se están abriendo camino la «teología de las heridas» y la «teología de la ternura», teologías que considero peligrosas si no están bien encuadradas. Es verdad, lo repito: Dios ha creado la Fraternidad para curarme de mis heridas, no para jugar con ellas. La ha creado para decirme: «despierta y anda: andando te curo». Es en este sentido en el que Él las cura. No ha curado mis heridas para que desaparezcan, sino para que se manifieste, y se ha manifestado en mi vida a través de ellas. Esa es la curación. Puede ser que hoy tengamos una visión parcial de las heridas. Por ejemplo: «Ese hermano nuestro está herido porque no tiene trabajo o porque la mujer lo ha abandonado». Son cosas serias y de enorme importancia, ¡pero no podemos quedarnos en ellas! Lo que necesita esa persona es una presencia que le diga que no se le ha abandonado, que hay Alguien que no abandona.
También es así dentro de la Fraternidad. Es verdad, tenemos heridas pero la herida más grande es que nos olvidamos de Dios. Solo llegando hasta ahí podremos curar también a los demás. En caso contrario, serán simplemente remedios moralistas que aplicaremos como tiritas provisionales. La herida más grande es la ausencia de la fe, la ausencia de la mirada de Dios en nuestra vida.  La mirada de Dios (¡que es solo una!) siempre se compone de dos momentos: nos levanta (porque es una mirada de misericordia) y, a la vez, nos corrige (porque es verdad y justicia).
Jesús le dice a la adúltera: «¿Quién te ha condenado?», «Nadie», «Bien, yo tampoco te condeno. Ve y no peques más» (cfr. Jn 8, 10-11). Oigo citar muchas veces esta frase pero la segunda parte suele omitirse. Juicio y misericordia van siempre juntas porque el juicio de Dios es misericordia y la misericordia de Dios es juicio. Dios, para corregir a su pueblo de la idolatría, permitió la deportación a Babilonia. Es un hecho que constituye juicio y misericordia conjuntamente: ¡es el inicio de la vuelta del pueblo a Dios! El Señor no quiere el mal pero a veces lo permite para que volvamos a descubrir el bien. Nunca debemos separar juicio de misericordia: son las dos caras de una misma realidad.

 

Lección de las vacaciones de verano de la Fraternidad San Carlos Borromeo. Campo Carlo Magno (Tn), 26 de julio de 2019.

(En la foto, detalle de las vacaciones de verano de la Fraternidad y de las Misioneras de San Carlos Borromeo (21-28 de julio de 2019).

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