Estudiar chino para aprender el único idioma comprensible. El testimonio de un seminarista durante su formación en Taipei.

«¿Cómo aprender a identificar esa mezcla de sonidos? ¿Cómo hago para no percibirlo como una papilla o un ritmo de sonidos del que solo se entiende vagamente el significado? Y cuando del chino hablado pasamos al chino escrito nos encontramos con un ejército de caracteres que son ante nuestros ojos como un muro infranqueable de espinas». Estas palabras del sinólogo jesuita, Claude Larre, nos dan una vaga impresión de lo que es el idioma chino para quien, como yo, lo afronta por primera vez. No escondo que sumergirse durante horas en el estudio de estos caracteres, reescribiéndolos decenas y decenas de veces para memorizarlos, o esforzarse para pronunciar una cierta sílaba tiene su atractivo y que me estimula. Desde que estoy en nuestra misión en Extremo Oriente, cada día dedico dos horas al estudio del chino más las doce horas semanales de clases en el centro de idiomas de la Universidad Católica de Fu Jen, en Taipei. Igualmente, a pesar de este trabajo continuo, los progresos son lentos. Tras algunos meses transcurridos aquí, había empezado a temer la hipótesis del «para siempre» en relación a este idioma que provoca en mí un gran hándicap en la comunicación. De hecho, lo más duro de la lengua son las humillaciones. Lo que literalmente me ha salvado ha sido el diálogo con mis superiores y la búsqueda del silencio y de la oración.

He descubierto que la humillación, solo cuando se acepta, genera humildad. En el caso contrario, produce amargura y vacío. He empezado a aceptar este idioma como un ofrecimiento a Dios que intento renovar cada mañana. Coincidir con los hermanos en  casa, lo que sucede en las clases, ironizando sobre mis errores y los de los compañeros, es otro camino para vivir con su justa ligereza este trabajo. A veces mezclo chino e inglés, suscitando en quien me escucha una cierta perplejidad y alguna que otra sonrisa. Ahora yo también me río a gusto por la cantidad de cosas que digo sin sentido. En la cercanía de la casa y de los superiores, y en la confianza alegre en Jesús, veo la respuesta misericordiosa de Dios a mi fatiga. Ésta se manifiesta en concreto cuando, al ir al sastre a remendar unos pantalones, consigo hablar con la dependienta en chino y entender lo que me dice…¡increíble! Comunicar no es solo una cuestión de lenguaje. Un maestro en esto es San José Freinademetz, misionero en China, compatriota mío. Al llegar a Honk Kong descubrió que nadie hablaba mandarino, el idioma que había estudiado, sino cantonés. Nadie le entendía cuando hablaba. En una carta, escribía que el único idioma comprensible en esta tierra era el lenguaje de la caridad y del amor. Al estar aquí, estoy descubriendo que en realidad las personas que conocemos necesitan, más que nuestras palabras, la caridad de Cristo, de la que podemos ser signo.

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