Meditación del Jueves Santo, para la Casa de formación de la Fraternidad San Carlos

 

Señor, el que tú amas, está enfermo. (Jn 11,3). Las palabras que las hermanas de Lázaro enviaron en mensaje a Jesús ofrecen una descripción perfecta del hombre contemporáneo.

¿En qué consiste esta enfermedad? Se puede describir sintéticamente así: es como si el hombre ya no fuera capaz de quererse a sí mismo. Hay una extraña intolerancia hacía su propia humanidad. Hoy el hombre experimenta un extraño e innatural escándalo frente a la aparición del límite que la existencia humana trae consigo, que la carne y la sangre de nuestra existencia traen consigo. Es suficiente pensar en el éxito universal de la ideología de género. El hecho de que yo no pueda ser mujer, incluso si lo quisiera ser, es un límite. Ser hombres significa ser limitados. Significa, con otras palabras, de cierta manera no ser “todo”, no ser Dios.

En los jóvenes que encuentro, me llama la atención cada vez más este hecho: cualquier fracaso, en cualquier ámbito, cualquier experiencia del propio límite tiene el sabor de una tragedia. Se convierte en motivo de depresión. ¿De dónde viene esta extrema vulnerabilidad? En mi opinión, de una especie de extraño, cada vez más inconscientemente difundido, prejuicio: de la pretensión de ser Dios, de la idea que yo soy y debo ser omnipotente. Paradójicamente, la incapacidad de soportar el propio límite no se debe al ser limitados, sino a la imagen abstracta, desencarnada que tenemos de nosotros mismos y que el límite parece contradecir.

Hay una diferencia entre el mundo de hoy y aquel en el que el cristianismo se arraigó al comienzo de su historia: el hombre pagano antiguo, pre-cristiano, era en cierto sentido más fuerte, más blindado que el hombre de hoy. Y lo era también porque tenía una mirada diferente sobre su propio límite. Para el hombre griego el límite era una evidencia, un dato inexorable, férreo: basta leer los autores trágicos para darse cuenta. Según la mentalidad antigua el hombre es hombre justo porque no es un dios: «Conócete a ti mismo» dice el lema de Delfos. Quédate en tu lugar. Si el hombre acepta su límite, entonces encuentra la sabiduría, el equilibrio. Quien cruza la medida, en cambio, sale de la esfera olímpica de la luz y cae en el reino caótico de la bestialidad.

Celso, un filosofo del siglo II, se burla de los cristianos exactamente por esto: por su megalomanía, porque se sienten al centro del universo. Gregorio Nacianceno, al final del siglo IV, usa las palabras del lema de Delfos pero revertiendo totalmente su sentido: «Conócete a ti mismo, o hombre: el cielo, las estrellas, todo el universo no son nada frente a ti. Porque tu sólo puedes contener el infinito Dios» (Homilías sobre el Cantar de los Cantares, II).

Es Jesucristo quien ha dado al hombre el sentimiento de su propia infinitud: «Jesucristo ha traído el infinito a todas partes», escribe Péguy (ver Véronique, Editorial Nuevo Inicio, pág. 256 en el texto italiano). Es verdad que el hombre aspira a ser “divino” por naturaleza. Sin embargo, mirando su mezquina condición en la que históricamente se encuentra, el hombre griego siente, con su profundo sentido común, la necesidad de protegerse de las esperanzas excesivas.

Esto es lo más desconcertante: la enfermedad antes descrita no se encuentra en el hombre pre-cristiano, sino que se encuentra sólo en el hombre post-cristiano. El hombre antiguo tenía un equilibrio. Triste, pero aún así un equilibrio. El hombre post-cristiano lo ha perdido, ya no soporta más el no ser divino. Es lo que Nietzsche le hace decir a Zaratustra: «Dejad, amigos, que os abra mi corazón: si existieran dioses, ¿cómo podría yo soportar no ser un dios?» (Así habló Zaratustra, Herder, 2012, p. 101 edición italiana). Lo confesemos o no, lo reconozcamos más o menos claramente, todos nosotros hijos de Occidente tenemos dentro esta pregunta.

El aspecto trágico del pensamiento de Nietzsche no está en este deseo de ser divino, porque lo ha recibido de Jesús. Está, más bien, en haber perdido de vista el único que puede realmente saciar la sed humana de grandeza de una manera mucho más sublime que Zaratustra, en una manera que no requiere derribar los límites de la naturaleza humana. Este único se llama Jesucristo. Por esto el Padre lo ha enviado: para hacernos ver y gustar el valor infinito que esta cosa polvorienta y sangrante que es nuestro yo realmente posee, sin necesidad de ningún cambio tecnológico.

Los últimos capítulos del Evangelio de Juan, del 13 al 19, que relatan la última cena y la pasión del Señor, son como un crescendo en el que Jesús nos abre progresivamente el contenido más intimo de su corazón. Y este contenido es el Amor de Dios por el hombre. Otro en realidad ha anticipado a Nietzsche y su Zaratustra: “Deja, amigo, que yo te abra mi corazón. Yo ya no puedo soportar que tú no seas un dios. Ya no puedo soportar que tú te sientas más bajo que yo. Ya no puedo soportar que tú no sepas quien eres en Mi corazón. Por esto yo desgarro mi corazón: para que tú alcances el vino de la verdadera alegría. Los hombres beben vino para olvidar sus propias heridas, sus humillaciones. Para olvidarse de sí mismos, para salir de sí mismos. El vino que brota de mi pasión, el vino que brota de mi pecho hace más. Él también hace cantar, pero sin necesidad de olvidar. Él también te hace salir de ti mismo, pero para llevarte al lugar desde donde podrás ver el infinito que ya eres a los ojos de Dios”.

* * *

Quisiera ahora, con la ayuda del Evangelio de Juan, tratar de contemplar el rasgo más desconcertante de este amor de Dios, que en el misterio pascual se nos abre delante de los ojos. Este rasgo del amor de Dios puede definirse como pasión esponsal.

Justo aquí se encuentra una de las respuestas más convincentes a Nietzsche y por tanto también la medicina capaz de curar al hombre de hoy, resentido y enfermo de frustración. El problema del hombre de hoy está todo en el hecho que la obediencia es percibida como oposición a su deseo de libertad. La negación de cualquier límite, sin embargo, no puede dar la libertad, simplemente porque se funda en la negación de un hecho inexorable: yo estoy lleno de limitaciones. Debe haber pues otra manera de mirar al propio límite. Una manera que lo haga bello y bueno, incluso amable, incluso cuando es doloroso.

Esta manera diferente de mirar a nuestro límite se nos revela en la medida en que entramos en otro punto de vista: el que nace de estar “heridos” por la belleza de Cristo, o sea del conocimiento del Amor de Dios por el hombre que en Cristo se puede ver, tocar, contemplar.

Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin (Jn 13, 1).

Ha llegado la hora. Jesús sabe que su destino está a punto de cumplirse. Pero Juan no nos habla, referente a esta hora, ni de miedo ni de angustia. Lo que domina en esta hora en el corazón del Señor no es la angustia de la oscuridad que lo asedia, sino, al contrario, el anhelo de revelar a los suyos toda la intensidad, el inmenso ardor de su Amor, de dejarlo estallar fuera de Su corazón, como la sangre y el agua que la lanzada del soldado hará salpicar fuera de su cuerpo en la cruz.

Sólo hay una mención a su turbación en el capítulo 12. Juan, sin embargo, lo deja en el trasfondo, como si fuera expulsada por este fuego que arde en su interior: ¿Y qué diré: Padre, líbrame de esta hora? ¡Sí, para eso he llegado a esta hora! (Jn 12, 27). Por esto Jesús, en lo más profundo de su ser, ha deseado esta hora: no porque tuviera sed de sufrimientos, sino porque en esta hora suprema debe aparecer lo que es lo último, más allá del cual no hay nada más que decir, que mostrar, que dar a gustar o sea el amor perfecto hasta el extremo, eis to telos.

Juan nos hace entender todo esto por medio del tema de la hora de Jesús con el que abre el capitulo 13 y que nos devuelve al comienzo, al dialogo con su madre, en la bodas de Canaan. Su madre le dijo: No tienen vino (ver Jn 2,3), ya no tienen nada de que alegrarse, ya nada que les de alegría. Jesús respondió: Jesús le respondió: «Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía». (ver Jn 2,4). Esta extraña respuesta ahora se hace comprensible. Jesús piensa desde el comienzo en otro vino que ha venido a producir. Y a otras bodas que ha venido a consumir: las Suyas.

He aquí, entonces, el sentido de la tensión de Jesús hacia su hora. Es el anhelo de un Esposo: Los amó hasta el extremoeis to telos – que significa también hasta la perfección, hasta la consumición plena de la unidad.

Sí, el amor de que se habla aquí no es un amor genérico, es amor esponsal. Es amor que anhela la completa unión, que quiere derribar cualquier distancia: «El eros es extático – escribió Dionisio el Areopagita – no permite al amante permanecer en sí mismo, sino lo empuja a unirse al amado» (De divinis nominibus, IV, 13). Esta es la idea central de Juan: el Señor va al encuentro de la pasión para coronar su deseo de unión con nosotros.

Sin embargo Juan no usa, ni aquí ni en ningún otro lugar, el verbo erao, a partir del cual viene eros, que define el amor pasión, el amor de carencia. Usa, al contrario, el término agapao, que indica el amor de gratuidad, el don de sí gratuito. Entrevemos así que este anhelo de Cristo es diferente, incluso en cierto sentido opuesto al anhelo de cada amante común. No es en realidad un deseo causado por la necesidad, porque Él es Dios y por tanto no necesita de nada. Es, al contrario, deseo que brota del corazón mismo de su gratuidad, del mismo exceso, por así decir, de su generosidad. Es decir, es un deseo de darnos todo sí mismo, de verter en nosotros su gloria, su vida divina. Al mismo tiempo, la de Jesús es una pasión real. De hecho, es pasión infinita. Y este es el aspecto más grande que debemos entender: Dios no sólo se da totalmente a nosotros y por nosotros, sino es como si dentro de esta serena bondad, de esta plácida bondad, hubiera un sentimiento, un ardor, una pasión de intensidad infinita. Parece un detalle, pero no lo es.

Don Giussani lo dice con otras palabras. Dice que a través de Cristo nosotros descubrimos que Dios no es tan sólo don de sí, sino don de sí conmovido (ver ¿Se puede vivir así?, Ediciones Encuentro 1996, p. 332 edición italiana). Este “conmovido” indica una pasión, un pathos, un anhelo: «Dios sufre una pasión de amor», dice Orígenes (Homilías sobre Ezequiel, VI, 6).

Busquemos entonces seguir paso a paso el revelarse de esta pasión de amor, guiados por el relato de Juan. Hay un momento, en el relato de Juan de la última cena, que tiene, para el mismo Juan, una importancia excepcional: el momento en que apoya la cabeza sobre el pecho del Señor, para ver dentro de su corazón.

   Después de decir esto, Jesús se estremeció y manifestó claramente: «Les aseguro que uno de ustedes me entregará». Los discípulos se miraban unos a otros, no sabiendo a quién se refería. Uno de ellos – el discípulo al que Jesús amaba – estaba reclinado muy cerca de Jesús. Simón Pedro le hizo una seña y le dijo: «Pregúntale a quién se refiere». El se reclinó sobre Jesús y le preguntó: «Señor, ¿quién es?». Jesús le respondió: «Es aquel al que daré el bocado que voy a mojar en el plato». Y mojando un bocado, se lo dio a Judas, hijo de Simón Iscariote. En cuanto recibió el bocado, Satanás entró en él. Jesús le dijo entonces: «Realiza pronto lo que tienes que hacer». Pero ninguno de los comensales comprendió por qué le decía esto. Como Judas estaba encargado de la bolsa común, algunos pensaban que Jesús quería decirle: «Compra lo que hace falta para la fiesta», o bien que le mandaba dar algo a los pobres. Y en seguida, después de recibir el bocado, Judas salió. Ya era de noche.

   Realiza pronto lo que tienes que hacer. Juan señala que nadie entiende el sentido de las palabras de Jesús. Sin embargo es extraño que el evangelista lo remarque, porque si hay uno que debería haber entendido, es justamente él. Juan sabe lo que va a hacer Judas, pero él tampoco entiende el sentido profundo de las palabras de Jesús. Para él, aquel deseo, aquella prisa de Jesús de ir al encuentro de su destino son aún incomprensibles. Después de Pascua, sin embargo, esas palabras le volverán a la mente y entonces entenderá. Este es el descubrimiento profundísimo que Juan ha hecho apoyando la cabeza sobre el corazón del Señor: Él no sólo estaba listo, dispuesto a dar Su vida, sino que tenía prisa de entregarla, como un amante impaciente. Y es como si el cerrarse del hombre en su “no” más glacial, el congelarse del corazón de Judas, no pudiera producir en el corazón de Jesús otro efecto que el recrudecimiento, el intensificarse del fuego de su Amor. Frente al hombre que le apuñala, que escupe en el bocado de la amistad, la respuesta de Cristo no es simplemente el perdón, sino, como “contraataque” amoroso, el desencadenarse de una donación total. No es a Judas, por tanto, a quien Jesús se dirige, sino más bien a Satanás que acaba de tomar posesión de él. Como un caballero provocado por el gesto desafiante del enemigo, así Jesús, con sublime ironía, lo invita a apresurar lo que cree ser su victoria ¡y que en cambio será su ruina!

Hazlo más rápidamente: el texto griego no dice simplemente «rápidamente» sino «más rápidamente», como si aquí hubiera una aceleración, un crescendo de impaciencia que justamente la visión amarga de la perdida (¿definitiva?) de uno de los suyos desencadena en Jesús.

Así entendemos: la hora de Jesús es la hora que Dios espera desde siempre con paciencia infinita. Dios tiene paciencia con nosotros, con los tiempos de nuestra libertad; pero por lo que se refiere a Él, su Amor se estremece siempre de impaciencia infinita.

No deberíamos cansarnos nunca de mirar este aspecto del amor de Dios. Mucha parte de la incredulidad, del escepticismo nuestro surge de no ver, de no tener delante de los ojos de nuestra memoria esta “prisa” de Cristo. Pero este Dios, que tanto me ama, ¿dónde está? ¿Por qué calla? ¿Por qué me deja aquí sufriendo? ¿Por qué no responde? Volveremos más tarde sobre estas preguntas esenciales. Por ahora podemos decir con certeza que cuando calla, Dios se está conteniendo. O no nos ama, o bien su silencio no puede ser otra cosa que un contenerse, debe ser un contenerse. O lo que vemos de Cristo es falso, es un cuento para niños, o bien la verdad de lo que el Infinito en este momento siente por mí, cualquier cosa que yo pueda haber hecho, cualquier pecado que pueda haber cometido, se ve en esta prisa de Cristo de ir a morir por nosotros: «Dios es fuego» nos dice Orígenes (Los principios, II, 8, 3).

Pero hagamos otro paso adelante.

¿Por qué Jesús tiene prisa para ir a morir? ¿Por qué para unirme a sí, para darse a sí mismo, su Espíritu, él debe morir? ¿Por qué el fuego de su pasión se expresa de esta forma tan rara?

El Señor se llama «Celoso» (Ex 34,14). Está escrito en las tablas de la Ley. ¿Qué significa eso? Quiere decir que Israel cae continuamente bajo la esclavitud de otros señores y Dios no soporta que su pueblo pertenezca a otro más que a él. No soporta que su pueblo sea humillado, miserable bajo el yugo del faraón. Así, al tema de los celos se une el de la ira de Iahvé. La ira del Señor es, en realidad, la otra cara de su amor, de su deseo de unir a sí mismo en su pueblo. Su amor se convierte en furia destructora. Él baja a Egipto y su ira golpea, destroza, devasta: El Señor es un guerrero, su nombre es «Señor». El arrojó al mar los carros del Faraón y su ejército, lo mejor de sus soldados se hundió en el Mar Rojo. (Ex 15,3-4).

El faraón era tan solo una imagen. El verdadero rival es otro: el padre de la mentira lo llama Juan (ver Jn 8,44). El verdadero Egipto es el mundo entero. Y el diablo es el verdadero faraón que mantiene la humanidad esclava de la mentira, lejos de su legítimo Señor. Pero el Esposo viene. Viene a desencadenar sus celos: porque el Amor es fuerte como la Muerte, inflexibles como el Abismo son los celos (ver Cant 8,6). Viene a recobrar lo que es suyo.

Entendemos mejor, así, que es esta impaciencia, que es como si se desencadenase justo en el momento en que Satanás entra en Judas: es el fuego de los celos de Dios, que se enciende justo cuando él se ve sustraer por el adversario uno de los Suyos, como con un golpe de cola.

Esta ira, estos celos se desatarán en la cruz. Es sobre la cruz, en efecto, que Jesús aniquila lo que le impide unirse a nosotros: ahora el Príncipe de este mundo será arrojado afuera; y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí (Jn 12,31-32).

Este aspecto también es fundamental: el Amor de Cristo es fuego que devora, es decir que tiene el poder de aniquilar lo que se le opone. Como observa agudamente Spaemann, el cristiano “moderno” cree de buena gana al Dios compasivo, que “perdona”, pero menos al Dios realmente Omnipotente (ver La razonabilidad de la fe en Dios). Si Dios es omnipotente, ¿por qué permite tanto mal? Sin embargo, un Amor divino que no tuviese la fuerza de quemar el mal no sería en absoluto divino porque impotente, sería amor frustrado y frustrante, porqué no logra a unir a sí mismo el amado. El Amor de Cristo, en cambio, es omnipotente. Juan nos lo dice de una manera que tiene dentro un matiz espectacular: Después, sabiendo que ya todo estaba cumplido, y para que la Escritura se cumpliera hasta el final, Jesús dijo: Tengo sed. Había allí un recipiente lleno de vinagre; empaparon en él una esponja, la ataron a una rama de hisopo y se la acercaron a la boca. Después de beber el vinagre, dijo Jesús: «Todo se ha cumplido». E inclinando la cabeza, entregó su espíritu (Jn 19,28-30).

Aquí se cumple el salmo 69: Pusieron veneno en mi comida, y cuando tuve sed me dieron vinagre (ver Sal 69,22). Jesús bebe todo el veneno, el vinagre de la ingratitud, del odio, del pecado del hombre. Pero justamente así lo seca. Este es uno de los ejemplos más espectaculares de la “ironía” de Juan: justamente en el beber voluntariamente el vinagre, símbolo del corazón “averiado” de la humanidad, Jesús placa, a nivel profundo, Su sed más intensa: la sed de eliminar todo aquello que le impide unirse a nosotros, para darnos la comunión consigo mismo. Por esto puede decir: ¡Todo se ha cumplido! sólo después de haber bebido el vinagre.

En cierto sentido, es justamente aquí que el movimiento extático del amor del que hablada Dionisio se cumple hasta el fondo: san Pablo llega a decir que Jesús en la cruz se ha hecho pecado (ver 2Cor 5,21). No porque haya pecado. Sino porque la potencia del amor lo ha llevado a “llegar a ser”, a hacer realmente Suyo, como un esposo, todo lo que es mío, incluido el peso del mal. Pero aquí está la “ironía”, justa mente este es la manera como Él lo destruye: la misma sed que lo consume todo lo lleva a pedir el vinagre, a quererlo beber hasta el fondo, es también el fuego con el que seca con su llama.

Así que aquí está el matiz espectacular: el mal aquí no es simplemente perdonado, sino es destruido desde el interior de este movimiento pasional, de este movimiento extático de Dios hacía nosotros, hacía mí. Es esto lo que Juan nos dice: no es simplemente que el Señor me perdona, es más. El Señor no mira siquiera mis pecados, no los ve siquiera: es como si los devorara en el fuego de Su sed de hacerme regresar. Es una cosa completamente distinta. ¡Cuántas veces don Giussani nos ha ayudado a entenderlo, comentando el “sí” de Pedro (ver Jn 21,15-17)!

¿Cómo puede amarme Dios? Estoy podrido, lleno de defectos y de pecados. Pero Él no fija su mirada en esto. No es que para Él no exista el pecado, al contrario, este existe infinitamente más para él que para nosotros. Pero es como si Él no lo mirara. Él mira tan sólo el objetivo final, la felicidad de recuperarnos. Y todo lo que hay de por medio es como aspirado en el horno de esta sed suya. A nosotros sólo nos queda permitirle actuar.

Juan nos desvela todo esto también por medio de otro detalle maravilloso, en el relato del lavatorio de los pies: se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura (ver Jn 13,4). Juan no dice: antes de que hubieran cenado. Sino mientras cenaban. El lavatorio, por tanto, no es una especie de premisa al banquete, como si antes tuviésemos que estar puros para después participar el banquete con Cristo, para poder gozar con Él y darle alegría. No es así. Al contrario, el lavatorio de los pies forma parte del banquete. Está en medio del banquete. Él disfruta en el rebajarse por mí. Es una alegría para Él. Justamente dejándome lavar, entonces, yo no sólo hago la voluntad de Dios, sino que le doy alegría.

El último paso es el más importante, aquello que nos remite a la pregunta de Nietzsche de donde empezamos.

Todo se ha cumplido. Quemado todo el “veneno” que impedía la unión entre nosotros y Él, ahora puede descansar. Pero ¿la sed de Jesús se ha realmente saciado del todo?

No, aún no. Queda algo que aún le falta, de lo que todavía tiene sed y a cuya conquista miraba toda su majestuosa acción de “conquista”. Este algo que aún le falta y que no puede cogerse por sí mismo es mi libre “sí”, mi “rendición”.

Y este es el último, gran aspecto que debemos contemplar. Aquí todo se relaciona: cómo se pueda conciliar la fuerza aterradora de este fuego que destruye todo, el ímpetu de esta inmensa pasión, con la castidad, con el respeto más absoluto a nuestra libertad. Es como si todo el movimiento majestuoso y violento que hemos descrito se detuviera bruscamente en el lindar de mi libertad, para arrodillarse delante de mí y mendigar mi “sí”. Cuando tengo la gracia de ver juntas, al mismo tiempo, estas dos cosas, es cuando empiezo a entender quien soy. Pasión y castidad, impaciencia y paciencia: este es quizás el misterio más grande, el más dulce donde embelesarse, es lo que don Giussani, en su última carta a la Fraternidad de Comunión y Liberación, ha llamado «virginidad de Dios» (ver Conmovidos por el infinito. Carta a la Fraternidad de Comunión y Liberación, 22 de Junio de 2003).

Con un ojo debo siempre contemplar la impaciencia de Cristo. Si no veo la impaciencia y la pasión, no veo la intensidad con la que soy amado. Con el otro ojo tengo pero que mirar la paciencia, la “castidad”, el respeto, porque si no capto esto, yo no llego a ver el don más grande que Dios me hace, que es exactamente el poder de darle alegría. Si no existiera este pararse de Dios, no habría espacio para mi “sí”. Y al contrario para Dios este “sí” tiene un valor infinito. ¿Me amas más que estos? (ver Jn 21,15): todo acontece para que yo pueda ser puesto delante de esta pregunta. Existe sólo esta pregunta, simple y dramática.

He aquí, entonces, el significado último de la sed de Cristo. ¿Qué puedo darle yo a Dios que ya no tenga? Nada. Yo no soy más que una vasija vacía, soy yo quien tiene necesidad de él. Sin embargo, Él no puede llenarme de sí, si yo no me abro a él. Así que hay algo que puedo dar a Dios: mi “sí”, “aquí estoy”.

Se entiende entonces la paradoja: justamente aquella obediencia que Dios me pide, imponiéndome una serie de límites, asignándome a un determinado “lugar” y no en otro, es en realidad es lugar supremo de mi potencial, “infinita” grandeza: porque justamente allí el Infinito arriesga apostando por mí, se hace mendigo de mi libertad. Justo en esta “petición” Él me levanta a su nivel, se convierte en el sediento y yo – que no soy nada – puedo apagar su sed. Si Dios no me pidiera nada, ningún sacrificio, si no me limitara en nada, Dios no podría asumir el rol del que realmente mendiga amor. He aquí la maravillosa verdad que sólo delante de Jesús empezamos a entender.

En Cristo nosotros descubrimos algo aún más grande: Dios desea nuestro “sí” con una intensidad infinita: Juan nos lo muestra poniéndonos delante otra escena: uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza, y en seguida brotó sangre y agua (Jn 19,34).

Para Juan este momento es el culmen de toda la revelación. Es aquí que Dios muestra «las entrañas de Su corazón» (Así habló Zaratustra). Y es un corazón herido, traspasado por la pasión. El corazón traspasado por una flecha, de hecho, en la mitología griega es el símbolo supremo de la pasión de amor. Y ¿no eran justamente los griegos que en la vigilia de la Pascua habían dicho: Queremos ver a Jesús (Jn, 12,21)?

Se entiende entonces la paradoja: justamente aquella obediencia que Dios me pide, mendigando mi sí, es en realidad el acto por el cual yo me vuelvo infinitamente creativo, con el cual yo colaboro al cumplimiento de la Creación. Dios no puede completar su diseño sobre el mundo sin mi “sí”. En efecto, no puede transfigurar el mundo, aquel trozo de mundo donde me llama a vivir y trabajar, si no es a través de mí. En realidad no hay oposición entre obediencia y libre creatividad, entre un pasivo recibir y el deseo de ser poderosos como Dios, capaces de “crear” como Dios. No hay oposición porque la criatura existe desde siempre como el término del deseo “esponsal” de Dios: con mi “sí” yo puedo completar la obra de Dios, puedo enriquecerla con los siempre nuevos frutos de la sinergia, por decirlo así, entre Su gracia y mi libertad. Si esto es cierto, sin embargo, ¡podemos dar un paso aún más “irónicamente” atrevido! En realidad son justamente los límites que Dios me da, asignándome en un determinado “lugar” y no en otro – como tal vez yo quisiera… -, son justamente esos límites, a veces incluso dolorosos, el lugar supremo de mi potencial, “infinita” grandeza. Justamente allí, de hecho, más que en cualquier otro lugar, el Infinito Dios arriesga mayormente sobre mí, apuesta sobre mi libertad, se hace mendigo de mi libertad. Justamente en esta “petición” suya de sacrificio, de aceptar un sacrificio – ¿quieres hacer esto por mí, aunque te cueste? – Él me eleva a Su nivel, es más, en cierto sentido, por encima de él: Él se convierte en el sediento cuya sed yo – que no soy nada – puedo saciar. Si no me pidiera nada, ningún sacrificio, si no me limitara en nada, Dios no podría asumir el rol de Aquel que realmente mendiga amor. Si no me pidiese sacrificios, paradójicamente Dios no se expondría nunca al riesgo de mi “no”… y entonces no podría elevarme realmente a su nivel.

Eso es lo grandioso: en realidad, desde el comienzo Dios no ha puesto a Adán una prohibición – ¡no comerás! – para poner una distancia insalvable entre Sí mismo y Su criatura. ¡Es verdad lo contrario! Justamente a través de la imposición de un límite – se estaba hablando de un sólo árbol, después de todo… – Dios desde el comienzo quería elevar Adán a su nivel arriesgando sobre él, haciéndose mendigo de su “sí”.

En Cristo, sin embargo, descubrimos algo aún más grande. Mirándole a Él nosotros descubrimos que Dios no sólo quiere este “sí”, sino que lo desea con una intensidad infinita.

Juan nos lo hace entender poniéndonos frente a otra escena: uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza, y en seguida brotó sangre y agua (Jn 19,34).

Para Juan este momento es el culmen de toda la revelación. Es aquí que Dios «muestra las entrañas de Su corazón» (Así habló Zaratustra, obra citada). Y es un corazón herido, traspasado por la pasión: es un corazón que ama y tiene sed de ser correspondido. El corazón traspasado por una flecha, en efecto, en la mitología griega es el símbolo supremo de la pasión de amor. Y ¿no habían sido justamente los griegos quienes en la víspera habían dicho Queremos ver a Jesús? (Jn, 12,21)

Ahora su deseo es satisfecho: Mirarán a Aquel que han traspasado (Jn 19,37).

El soldado, ensañándose sobre el cuerpo inerme de Jesús, hace resplandecer la verdad de lo que Jesús ha venido a revelarnos: el corazón de Dios es un corazón que ama y sufre en la espera de una respuesta. No sólo aquí Dios me perdona. No sólo Él me ofrece su Espíritu y su Sangre, que en seguida sale de su pecho desgarrado, como para mostrar su ansia de donarse a mí. No sólo esto: Él encuentra el único camino para que yo no me sienta humillado delante de Él. He aquí lo que es lo más grande: no es fácil aceptar el perdón. Y no es fácil tampoco aceptar de depender de la gratuidad de otro: “¿Por qué debería aceptarlo? Yo no he decidido existir y además me encuentro encima una humanidad herida, aún antes de haber hecho algo malo. Y entonces tengo ganas de blasfemar a este Dios. Me ofende verme tan mezquino delante de este Dios bueno, compasivo. Quédate con tu perdón. Quédate con tu bondad, no me interesa”.

Pero no. De repente veo algo más: Dios no sólo me perdona. No sólo me ofrece el don de Su Espíritu, sino que se pone en mis manos, mendiga mi respuesta. Me aprecia. No me acaricia como se hace con un perro, por el que se siente pena. No, Dios me aprecia. Es por esto que Él pide obediencia, sacrificio, respuesta. O, mejor dicho, no la pide, tiene sed de ella: ¡Tengo sed! ¿Me amas tú? ¿Me amas tú?

Entonces también el último muro del orgullo puede resquebrajarse. Porque Dios ¡realmente me pone a su nivel! He aquí el gran descubrimiento: yo, que soy nada, puedo dar alegría a Dios. Puedo hacerle feliz aceptando el instante, la carne y la sangre de lo que se me ha dado. Con mi sencilla obediencia al pequeño lugar que me ha asignado, con el sencillo ofrecimiento a Él de cada instante, de cada limitado aliento mío yo puedo hacer feliz al Infinito: yo soy infinito. Es esto lo que Nietzsche no ha visto, que el hombre de hoy no ve, y que estamos llamados a testimoniar.

(foto: Dionisio, «Crocifissione» (1500, part.), Galleria Tretyakov, Mosca)

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