La relación educativa implica, hoy en día, una confrontación con las tecnologías digitales que invaden nuestras vidas. El testimonio de don Luca

Hace unos días, hojeando el periódico, me encontré con un artículo titulado: «He dejado el chat de los padres y vuelvo a ser un hombre feliz». Era la carta del padre de un niño de la escuela primaria: «Todo depende de cómo lo uses, dicen. Es falso, el chat es malo independientemente». El artículo presentaba dos razones en apoyo a su tesis: los chats amplifican las pequeñas cosas y generan una competición a ser el padre perfecto. «Cada uno quiere parecer presente y cuidadoso, cuando habla de la merienda bio, de la fiesta del domingo o de la tarde con los amiguitos. Al final, frente a tanto ahínco, todos acabamos sintiéndonos inadecuados. Además está la mamá súper perfecta que existe en todas las clases pero que, puedes estar seguro, por lo general sólo lo pretende».

Relaciones falsas y distorsión de la realidad. Son dos experiencias, si así las podemos llamar, que veo a menudo en los chicos, acostumbrados a pasar tanto tiempo con el móvil. Lo comentamos a menudo con ellos. Para vivir de forma más adecuada las relaciones, proponemos gestos que impliquen la totalidad de la persona y los acompañamos a encontrar la realidad en su belleza.

A mediados de enero fuimos con algunos chicos de octavo grado a una convivencia de estudio. Les propusimos entregarnos los móviles (se los íbamos a devolver sólo durante media hora después de comer y después de cenar para llamar a casa), prometiéndoles: “Veréis que dentro de poco ya no sentiréis la necesidad”. Con ellos hemos estudiado, puesto la mesa, contemplado magníficas puestas de sol, jugado al escondite por las calles de un pueblo medioeval abandonado… Una inmersión en la realidad. A medida que pasaban las horas ya no nos pedían el móvil, ni siquiera después del almuerzo o de la cena.

Al final de estos “tres días” hemos hecho el “tamiz”: se trata de un momento de asamblea que proponemos siempre al final de nuestras reuniones y que tiene como finalidad retener las cosas más valiosas que han sucedido. Nos preparamos con un momento de silencio personal (diez minutos o media hora, según las circunstancias) en el cual cada uno escribe su intervención en un cuaderno. “Sabéis bien que dialogar no es fácil” les he dicho. “Estamos acostumbrados a hacerlo de manera instintiva, repitiendo la primera cosa que viene a la mente. Probemos esta vez, en cambio, a prepararnos en silencio, fijando el pensamiento sobre lo que nos ha tocado y preguntándonos el porqué. Veréis que será más bonito”. Empieza el encuentro y para mi gran asombro todos hablan, relatando hechos sencillos y describiendo lo que estos acontecimientos habían despertado en ellos. De vez en cuando tenía que llamarles la atención: “Chicos, no estamos en Whatsapp. Aquí nos escuchamos. Lo que dice cada uno es valioso, como una pepita de oro”.

“Toda esta belleza ha llenado mi corazón de esperanza”, dice Víctor, que acaba de llegar entre nosotros. Es una palabra, esperanza, que rara vez se escucha en boca de los chicos. ¿De dónde le ha venido? Intento ensimismarme con lo que Víctor, tímido y cohibido, tiene que haber vivido: el encuentro con la realidad abre siempre horizontes positivos. Y el miedo a lo que nos espera es barrido por un millar de pepitas de oro que el presente nos regala. Basta con ayudarnos a verlas.

 

En la foto, Luca Speziale, adjunto al párroco de Santa María en Dominica en Roma con un grupo de estudiantes de secundaria

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