Antonella, una de las Misioneras de la San Carlos, pronunció los votos definitivos el 25 de marzo. Nos cuenta la historia de su vocación.

«¿Por qué Dios os ha elegido a vosotras?» me preguntó una niña hace algunas semanas durante un encuentro con el grupo de primaria. Tras un momento de silencio, solo pude decirle esto: «Es un gran misterio: no sabemos por qué Dios llama a algunas personas, pero yo estoy agradecida y sorprendida por el hecho de que, entre tantas personas, Él me haya elegido». Los años de universidad fueron para mí el tiempo en el que descubrí esta llamada, que tiene raíces aún más profundas.
Siempre fui a la parroquia de Precotto, en el barrio de Milán donde vivía. Allí es donde hice la catequesis y donde siempre jugaba después del colegio. Además, iba a fútbol en el polideportivo y entrenaba a niños. Fue justo en un campo de fútbol, durante un entrenamiento, cuando Andrea, un sacerdote que había llegado hacía poco tiempo, me invitó al grupo de jóvenes de secundaria. Desde entonces empecé un camino muy bonito. Me ayudó a descubrir que tenía un deseo enorme de ser feliz en un periodo en el que estaba atravesando circunstancias familiares especialmente dolorosas. Dos años más tarde conocí a las clarisas de Cademario. Me sorprendió mucho la felicidad y la plenitud que veía en los rostros de las monjas y la vida que llevaban. ¡No sabía que pudiese existir en el mundo un lugar como aquel! Empecé a pensar que sólo viviendo cerca de Dios se podía ser verdaderamente feliz y también a desear que mi vida pudiese florecer y cumplirse, para vivir la misma plenitud y felicidad.
Este pensamiento comenzó a tomar consistencia cuando encontré el movimiento en el último año de bachillerato. Lo que me sorprendió y atrajo fue intuir y experimentar que la fe tenía que ver con todo lo que vivía: el estudio, el trabajo, las relaciones, la amistad, el afecto y hasta las situaciones dolorosas que estaba viviendo.
En la universidad –estudié Ciencias de la educación en la Cattolica, en Milán– tuve la gracia de vivir la amistad con muchas personas que me ayudaron a redescubrir los dones recibidos durante los años anteriores y la cantidad de personas que habían estado a mi lado como compañeros de camino: entre ellos, la familia y los amigos de la parroquia que me habían ayudado a crecer o los niños que me habían sido confiados. Del asombro por todo lo que se me había regalado nacía el deseo de donarme totalmente, cotidianamente, sin reservas en aquello que vivía, desde el estudio hasta la vida en comunidad, desde la caritativa hasta el trabajo que realizábamos con los representantes de cara a las elecciones de las juntas de la facultad.
Tenía constantemente el deseo de descubrir cuál sería mi vocación dentro de la compañía del movimiento. El encuentro con la casa de la Fraternidad San Carlos en Nairobi –durante el periodo que transcurrí allí de prácticas con AVSI en el 2009– y el hecho de que entraran algunos amigos en el seminario provocaron en mí el deseo de vivir como ellos. Una vida en la que pudiese ser ayudada a poner a Dios en el primer lugar, una vida en común y dispuesta a llevar al mundo la belleza descubierta.
San Francisco, al que he empezado a reconocer como amigo en estos años, decía: «Debemos amar mucho el amor de Aquel que nos ha amado tanto». Con mucha gratitud puedo decir que la vida que he empezado a llevar en la Fraternidad, y, en un modo particular, en la casa que Dios me ha dado, es un reclamo, una ayuda y un soporte en el intento cotidiano y en el deseo de amar mucho a Aquel que me ha amado tanto.

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