Lo que mueve al peregrino es la elección libre de hacer un camino largo y fatigoso, donde pueda encarnarse el amor a Jesús.

¿Para qué hacer una peregrinación? Se podría contestar: para visitar los lugares sagrados. El Dios en quien creemos es el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, es el Dios que va al encuentro del hombre en la historia, eligiendo personas, tiempos y lugares precisos; es el Dios que no ha desdeñado encerarse en el útero de una virgen, como en una forma maravillosamente cruda se canta en el Te Deum. Visitar los lugares sagrados significa profesar la fe en este Dios.
Y sin embargo, una peregrinación no es sólo esto. Lo que califica al peregrino no es solo la meta hacia la que camina (que él comparte con el turista religioso) sino también, y sobre todo, la libre elección de hacer un largo y fatigoso viaje para alcanzarla. Lo entendí de forma más clara hace algunos años, al final de una peregrinación con los chicos del CLU de Estados Unidos. La meta era el santuario de Nuestra Señora del Buen Socorro en Wisconsin. Caminamos tres días bajo un sol abrasador, principalmente al lado de carreteras asfaltadas, para llegar a una modesta iglesita, sólo recientemente convertida en un verdadero santuario. Thelma (nombre inventado), ítalo-americana, pura sangre de Nueva York, se me acerca: “Father, estoy frustrada. He estado caminando durante tres días hasta hacerme ampollas en los pies, ‘en medio de la nada’, para llegar a un lugar donde hubiera podido llegar rápidamente y sin fatigarme en coche. ¿Alguien me puede explicar por qué lo que hemos hecho no es absurdo?”. Después de un momento de desconcierto, le contesto: “Quizás porque el propósito de una peregrinación no está tanto en llegar, sino en descubrir el valor de la fatiga del viaje”. “Y ¿cuál sería este valor?” replica ella, aún no convencida.
Nacida y criada en la era de Internet y Amazon, mi joven amiga no podía concebir que pudiéramos invertir tiempo y esfuerzo para llegar a un lugar cuando hubiéramos podido evitarlo. Justamente por esto, sin embargo, su pregunta sincera tuvo en mí el efecto de una revelación cegadora. De hecho, ¿no es esta la pregunta central de la vida? ¿No sería mejor llegar en seguida a la meta, sin fatigarse demasiado por el camino? En síntesis: ¿qué relación hay entre la fatiga del camino y el disfrute de la meta?
“Lo que nos mueve es el deseo, el amor. Quien no ama, se queda en su sillón. Quien realmente ama está dispuesto a trabajar duro para lograr lo que ama “, me escribió un amigo trapense. Es más, me gustaría añadir: cuánto más grande es el amor, más quiere mostrarse, encarnarse en signos que hagan visible su intensidad.
Uno comprende entonces por qué a veces un camino largo y agotador puede ser razonablemente preferible a un camino rápido e indoloro. La gloria del peregrino son justamente sus pies llagados.
Esto es sumamente cierto para el príncipe de los peregrinos, que es nuestro Señor.
Juan nos lo hace entender, como siempre, de manera al mismo tiempo discreta y sublime.
Estamos en Betania. Se celebra una cena en honor a Jesús, quien recientemente resucitó a su amigo Lázaro. Su hermana María, en un repentino efluvio de amor y gratitud, toma una libra de precioso nardo y la vierte sobre los pies de Jesús. A menudo nos preguntamos: ¿por qué justamente los pies?
Puedes dar diferentes respuestas al enigma. Aquí propongo lo siguiente: porque los pies (el peregrino lo sabe bien) son la parte del cuerpo que más muestra los signos de un camino duro.
¿No podía acaso el Señor devolverle el hermano quedándose donde estaba, a salvo en su refugio secreto? Sin embargo, había querido venir en persona. Había venido, aun sabiendo que aquel viaje hubiera podido costarle caro. Aun sabiendo que podía costarle lo que en efecto le costó: la condena a muerte. Quizás hubiera podido salvar a su amigo, a cada uno de sus amigos, de otras mil formas. En cambio había elegido esta, la más costosa. De hecho, el camino de Jesús se dirigió desde el principio mucho más allá de Betania: lo conducía a la cruz y, finalmente, al sepulcro. Solo entonces su viaje hacia el lugar donde yace “Aquel que él amaba” podrá considerarse concluído.
En este viaje, los pies del Señor llevan los estigmas por la eternidad. Él no quiere privarse. Por el contrario se glorifica, porque ellas guardan la memoria de su amor.
Así es el peregrino. Él sale de viaje para llegar. Pero al llegar, descubre que goza de los signos de la fatiga no menos que de haber llegado. El amor – decía San Bernardo – es premio a sí mismo.

 

(en la imagen, algunos sacerdotes y seminaristas de la Fraternidad San Carlo durante una peregrinación a Santiago de Compostela).

paolo prosperi

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