Una “prueba” de misión y una serie de preguntas desarmantes son la ocasión para reflexionar sobre la llamada a dejarlo todo y marchar.

Durante el verano pasado yo estuve en Madrid, donde estudié español para luego ir a Chile, en la casa de Puente Alto, para mi año de misión. Fue un período lleno de encuentros y regalos que el Señor me hizo y que me ayudaron a prepararme para la partida que me espera.

Fui a las vacaciones de bachilleres (los chicos de GS, la Joventud Estudiantil) a Picos de Europa, una localidad en el norte de España. ¡Un espectáculo! Una vacaciones en tiendas de campaña con excursiones, juegos, encuentros, veladas mirando las estrellas y cantos en compañía, un camping donde cocina y baños estaban al aire libre y las duchas se hacian con agua de montaña. Me impresionó mucho la sencillez del gesto y sobre todo la amistad entre los adultos que se transmitía a los chicos. Un gesto poderoso, en el que se entreveía una fuerza más grande. Para mí ha sido también una escuela intensa de idiomas: los chicos hablaban rapidísimo, para entenderles tenía que esforzarme, por la noche me sucedía que mezclaba el español y el italiano y esto los divertía mucho.

Me ha impresionado como, sólo por mi pertenencia a la Fraternidad, algunos chicos de nuestra parroquia en Fuenlabrada me han acogido y se han abierto conmigo, contándome sus historias y sus fatigas. Sobre todo me han llenado de preguntas: “¿Por qué te vas a Chile, un lugar tan lejano?”, “¿Por qué vosotros de la Fraternidad San Carlo partís? Nosotros nos encariñamos con vosotros ¡y vosotros os vais!”. Me sentía con la espalda contra la pared. Imaginaos como podía contestar ¡después de solo una semana y media desde que había empezado a estudiar español! Estas preguntas me las sigo llevando dentro. Me pregunté qué significa partir, y por qué ir a un lugar tan lejano.

Este verano tuve la ocasión de contestar de varias maneras, a los demás y también a mí mismo. Pero sólo últimamente he encontrado una respuesta que me satisface. Seguramente no me voy para ir a hacer un “año de Erasmus”, un año de “experiencia”, una prueba de misión, como muchas personas me dicen. Ni siquiera me voy porque soy joven y tengo la fuerza para una nueva aventura. Me voy ante todo porque soy enviado. Enviado por la Fraternidad, es decir del punto más objetivo para mi obediencia a Cristo. Y junto con esto puedo decir que me voy porque soy feliz. Porque estoy empezando a vivir una plenitud de afecto que, desde hace tres años, crece cada día más.

(en la imagen, un momento de las vacaciones de bachilleres en Picos de Europa)

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