En el grupo Ujiachilie, que acoge a chicos discapacitados en la parroquia de San José, en Nairobi, el descubrimiento cotidiano de nuestra dependencia del Señor.

Ujiachilie en Swahili, significa “déjate hacer”: es el nombre que aquí en Nairobi se le ha dado al grupo que sigo desde hace unos años, formado por niños y chicos discapacitados y sus mamás. El nombre quiere ser una invitación a descubrir el amor misericordioso y gratuito de Dios, que “viste también los lirios del campo”, para cada uno de nosotros. Gracias a este descubrimiento, también para nosotros el tiempo que pasamos con los amigos de Ujiachilie siempre está sorprendentemente lleno de provocaciones y gracias.

Nos reunimos dos veces por semana en el barrio de Kahawa Sukari, en la parroquia de San José, para pasar unas horas juntos. Rezamos, jugamos, compartimos experiencias y fatigas, o bien coloreamos, hacemos pequeños trabajos y varias actividades dejadas a la fantasía de los voluntarios que colaboran con nosotros. Para los niños que lo necesitan, está la posibilidad de hacer fisioterapia. El momento más precioso es cuando acogemos y saludamos a nuestros chicos, mientras uno por uno los ayudamos a bajar del autocar. La sonrisa que se abre en sus rostros indica la alegría de reconocerse amados y esperados. ¡Es bello descubrir que nuestras manos pueden ser aquellas con las que el Señor cuida de los que nos confían! Es justamente esto lo que deseamos ofrecerles: la posibilidad de conocer algo del amor que Jesús tiene para cada uno de nosotros, que somos preciosos a sus ojos incluso cuando parecemos inadecuados para los ojos del mundo.

Me llamó la atención el cambio de D., un chico de unos 25 años, con una hemiparesia de nacimiento que le impide el uso de una mano y lo obliga a cojear. D. Ha encontrado nuestro grupo el año pasado, casi por casualidad. Vino a nosotros con la esperanza de una ayuda económica que no pudimos darle. A pesar de la decepción inicial, aceptó la invitación para participar en el grupo Ujiachilie. Mientras tanto, se ha encariñado sinceramente con nuestros encuentros semanales y ha empezado a seguir con más libertad y disponibilidad las propuestas que se le hacían, poniendo en juego su creatividad. Ha empezado a invitar amigos y vecinos, para que nos conocieran y participasen con él de nuestra amistad. Cuando llega entre nosotros, nos los presenta y los cuida con el mismo entusiasmo con el que nos ha invitado insistentemente a conocer a su familia.

Es el signo de cómo el grupo Ujiachilie se ha convertido con el tiempo en su casa, el lugar donde se descubre objeto de una atención y una estima que supera las expectativas de cualquier ventaja económica.

Estando con estos niños, descubro aún más el rostro del Señor para mí, su pretensión y promesa a mi vida. Sucede, por ejemplo, a través de la alegría y gratitud de J., un chico de 18 años que sufre de una grave paresis. A través de la gran vivacidad y el confiado abandono con el que vive la total dependencia de quien lo asiste, el Señor me invita a vivir la pobreza como dependencia total de Él, como hace J., con la misma certeza y simplicidad.

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