Os invitamos a leer la meditación que el padre Mauro Giuseppe Lepori (abad general del Orden cistercense) en un encuentro con la Fraternidad San Carlos en Roma.

Me gustaría compartir algunos puntos de meditación que me acompañan últimamente en el ámbito de mi vocación y misión. Tratan sobre la situación de la Iglesia y el inminente Sínodo de los Obispos sobre los jóvenes (al que asistiré junto con otros superiores generales).

 

La misión nace de la oración 
Empiezo por un fragmento del Evangelio que hemos escuchado hace un par de semanas en los días de diario. Está sacado del capítulo cuarto de Lucas. Jesús había visitado Nazaret y lo habían echado de malas maneras. Despues bajó a Cafarnaún donde pudo evangelizar, obrar curaciones y echar demonios. Vivía en la casa de Simón Pedro, al que le curó la suegra. No sabemos cuánto tiempo se quedó, pero un día salió pronto de casa para rezar a un lugar solitario (como me imagino hacía todos los días). Con el tiempo seguramente descubrieron donde iba a rezar. Por eso el gentío consiguió dar con él, que lo buscaban de día y de noche. Estamos al final del capítulo 4 de Lucas. En el capítulo 5 nos encontraremos la llamada de los primeros discípulos tras la pesca milagrosa de la barca de Pedro (Lc 5, 2ss).

Al hacerse de día, salió y se fue a un lugar solitario. Cuando la gente que lo andaba buscando llegó donde él, trataron de retenerle para que no les dejara. Pero él les dijo: «también en otros pueblos tengo que anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, porque a esto he sido enviado». E iba predicando por las sinagogas de Judea».  (Lc 4, 42-44)

Lo que me ha llamado la atención y me ha hecho reflexionar en este final del capítulo 4 de Lucas es la total coincidencia para Jesús entre la oración en soledad y la misión. Es impresionante cómo se cuenta. Se diría que Jesús se fue no desde Cafarnaún (no volvió a la casa de Pedro para despedirse y preparar las maletas o desayunar), sino que empezó la misión a «otros pueblos» directamente desde el lugar de la oración. Añadiría que es como si la gente le hubiera visto irse mientras rezaba, como si fuera «necesario» que desde allí se fuera de misión al mundo a «anunciar la Buena Nueva del Reino De Dios». Es verdad, la gente reaccionó así porque no lo vieron en la ciudad. Viéndolo en el desierto puedieron respirar tranquilos: «¡Menos mal que sigues aquí!». Sin embargo, perciben algo diferente, algo nuevo: que Jesús efectivamente se está yendo de Cafarnaún. Él confirma esa impresión, ese temor, y describe la urgencia que le surgió mientras rezaba y que la gente percibió como contraste a sus expectativas: Pero él les dijo: «también en otros pueblos tengo que anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, porque a esto he sido enviado».
Para Jesús es como si la misión, la urgencia de la misión, naciera directamente de la oración. Lucas subraya el surgimiento directo de la misión de Jesús gracias a la oración solitaria, a estar solo con Dios, con el Padre. Jesús no necesitaría irse a rezar al desierto para conocer la misión confiada por el Padre. Ya desde el instante de la delicadísima irrupción de lo eterno en el tiempo que supone la Encarnación (la concepción del Verbo en el seno de María), en ese instante y desde ese instante todo estaba claro y decidido; todo estaba cumplido. Ya desde ese instante entró con Jesús en el tiempo y en el mundo, desde el instante de la decisión eterna de la Trinidad de salvar y redimir a la humanidad a través de la misión del Hijo. Y, sin embargo, yéndose a rezar, Jesús nos enseña que la oración es como volver a la delicadísima irrupción inicial, como renovarla, y con ella, una vuelta a la conciencia y actuación de la misión.
Jesús no vivía ninguna dicotomía entre la oración y la misión. Para Él no había separación entre el ser enviado y el ser Hijo del Padre. En la relación con el Padre, Jesús vivía inmediatamente la misión que lo constituía. Para Jesús la misión era su identidad con el Padre, como Juan ha aclarado en algunas frases esenciales de su Evangelio: El que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo (Jn 8, 29). El que me ha visto a mí, ha visto al Padre (Jn 14, 9).  La identidad de Jesús era la identidad con el Padre. En la oración Jesús irradiaba este misterio y su misión consistía en ir a todas partes a irradiar el misterio del Padre en su persona de Hijo.
Pues bien, Cristo nos ha transmitido esta naturaleza y modalidad de misión de la vida. Nos la transmite empezando por el punto de partida de su oración. Paradójicamente, si Jesús huía de las masas para retirarse a rezar era precisamente porque el gentío (empezando por los discípulos), lo encontraran en el desierto, en esa posición, con la actitud que encarnaba en el espacio y en el tiempo el misterio eterno del Hijo enviado por el Padre sin que el Padre lo abandonara, sin que la comunión con el Espíruto Santo «disminuyera» entre ellos. Dios se dilata sin enrarecerse porque Dios es amor. Por eso, viendo a Cristo rezando se le veía de misión y viéndolo de misión, se le veía rezando. Cristo quiere transmitirnos esta unidad para que no estemos llamados a vivir nada que no sea Cristo mismo. No existe una vocación eclesial que no sea Jesús mismo, su vida, su oración y misión.

«Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20, 21-22). ¿Qué quiere decir esta palabra y este gesto, este soplo? Quiere decir que Jesús nos comunica su misión junto a la intimidad de amor con el Padre: nos comunica al Espíritu Santo. Nos comunica la misión con la comunión con Él y, a través de Él, con el Padre. Por eso, misión y oración coinciden y el gentío las reconoce unidas en Jesús.

No profundizo demasiado pero en cada vocación o estado de vida, se trata fundamentalmente solo de vivir esta vocación, este misterio de adhesión a Cristo unido al Padre, esta misión de Cristo enviado por el Padre, también para los que ni la vocación ni el estado de vida están todavía definidos o definibles más que por el bautismo. El hecho de que la fuente de la misión, de la misión infinita y universal de Cristo mismo y, por tanto, de la Iglesia, sea la intimidad de una relación personal con Dios, de corazón a corazón, en el silencio y en la soledad del desierto tendría que ayudarnos a simplificar de una vez por todas los discursos y proyectos sobre la misión de la Iglesia en el mundo.

 

Transmitir a los jóvenes el soplo que libera
Querría pasar al tema de los jóvenes y sobre el que versará el próximo Sínodo de los Obispos. Se pueden analizar todas las condiciones posibles de los jóvenes y conviene hacerlo bien para darnos cuenta de que es una condición muy compleja hoy día. Pero también es importante centrar todo en la fe, que es lo único que necesitan los jóvenes de hoy como siempre se ha necesitado. Necesitan encontrarse con Cristo misionero del Padre hacia ellos y como hacia todo hombre.
Me impresiona el encuentro de Jesús con los jóvenes en el Evangelio, con los muchachos, vivos o muertos, sanos o enfermos. Se expresa como un encuentro que «levanta» al joven. A los jóvenes que concocía, ricos o pobres o incluso a jóvenes muertos como la hija de Jairo o el hijo de la viúda de Naim, de una manera u otra Jesús les decía. «¡Levántate!» (Cfr. Mc 5, 4; Lc 7, 14).
Jesús conocía a jóvenes sumidos en la tristeza por no encontrar el sentido de sus vidas, un sentido que no lo encontraban ni en las riquezas ni en la fidelidad formal a las reglas (cfr. Mc 10,17-22), como el joven rico. Conocía a jóvenes hundidos en la muerte, en todo aquello que impide vivir la vida, crecer, donarse. Y a todos les decía de una u otra manera: «¡Levàntate! ¡Rersurge! ¡Crece! ¡Sígueme como modelo de vida plena y feliz!». Y su palabra, era eficaz, realizaba lo que decía si se escuchaba: el joven se levantaba, resurgía, crecía.
Jesús ofrecía a los jóvenes una autoridad eficaz porque, como sabéis, auctoritas, del verbo augeo, designa la capacidad de «hacer crecer». Jesús ofrecía a los jóvenes una presencia adulta, un acompañamiento en el crecimiento, en la maduración de la vida.
Los gestos con los que Cristo exprimía su autoridad con los jóvenes son bonitos y significativos: les daba la mano para levantarse (como al chico epiléptico que dieron por muerto, una vez expulsado el demonio que lo poseía): Pero Jesús, tomándole de la mano, lo levantó y él se puso en pie (Mc 9, 27). La autoridad tremenda y divina con la que ha expulsado el espíritu impuro del muchacho (Mc 9, 25), se convierte en ternura paterna que te da la mano, te acompaña para crecer, a estar en pie, a tener una estatura humana.
Este chico estaba constantemente poseído por el demonio y derribado, como explica su padre a Jesús: Dondequiera que se apodera de él, lo derriba, le hace echar espumarajos y rechinar los dientes, y lo deja rígido (Mc 9, 18). El demonio es el poder no autorizado, el poder que no es auctoritas, el poder que no te deja crecer, que te tira por los suelos presa de una instintividad convulsiva, animal. El demonio es el poder que te posee sin dejarte libre.
¡Qué contraste con Jesús que, tomándole de la mano, lo levantó y él se puso en pie! El «tomar» de la mano de Cristo no es para quitar la libertad, sino para activarla, para exaltarla. La compañía, la ayuda, el acompañamiento de Jesús es autoridad pura que no quiera más que el crecimiento del joven sin la mínima consecuencia de posesión, de manipulación, de seducción.
Los verbos que se usan en el Evangelio son preciosos. En italiano pierden un poco de intensidad: ἤγειρεν αὐτόν, καὶ ἀνέστη, en latín: elevavit eum et surrexit (Mc 9,27). En estos dos verbos y en sus concatenaciones está todo el sentido de la educación humana y cristiana que estamos llamados a transmitir. Porque el sujeto de elevavit es Jesús, mientras que el sujeto de surrexit es el chico. La autoridad de Cristo es esa ayuda que eleva al joven hasta su resurgimiento, para que se levante y esté en pie. Es, por tanto, la transmisión de un tener humano, de una capacidad de estar y caminar que de la libertad del padre se transmite a la libertad del hijo, de la libertad del maestro se transmite a la libertad del discípulo.
¡Pensemos en esta autoridad de Cristo en todas sus modalidades como el contrario absoluto de toda forma de abuso a menores! Quien abusa encarna literalmente el ejercicio del poder del demonio, poder que posee, te tira al suelo y hace de ti lo que quiere él, dejándote tirado solo y sin vida.
Pensemos también en cómo la autoridad de Jesús, su ser Padre, Maestro, son una posibilidad de volver a encontrar con libertad la estatura y la madurez tiradas por tierra y pisoteadas, que no se cansa de ayudar a quien ha sufrido abuso.
Jesús quería transmitir a sus discípulos, a la Iglesia, a nosotros, su autoridad, autoridad paterna y materna que te da la mano para levantarte para que puedas resurgir incluso de la muerte, del anulamiento aparentemente total de tu libertad y dignidad. En este episodio del joven endemoniado y epiléptico, los discípulos intentaron liberar al joven sin éxito del espíritu impuro mientras Jesús estaba en el Tabor para la Transfiguración.
Una vez que se supo, Jesús se enfada con los discípulos (Mc 9, 19) porque han pretendido extraer de ellos mismos con orgullo la autoridad necesaria para hacer este milagro. Después de que Jesús liberara al chico y una vez que volvieron a casa, los discípulos (humillados por tal acto), le preguntan: ¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo? (9, 28). Y Jesús les responde de manera neta y precisa indicando al punto crucial: Esta clase con nada puede ser arrojada, si no es con la oración (9, 29).
Es fácil y, en el fondo, muy iluminador para afrontar los problemas y desafíos que vivimos hoy: no estamos llamados a tener nosotros mismos la autoridad para resolver la crisis del mundo y, en concreto, la de los jóvenes. Estamos llamados a transmitir al mundo, especialmente a los jóvenes, la autoridad de Cristo, la que bebe del Padre inclinándose a rezar, a pedir, a acoger lo que está llamado a donar.
Decir que la oración es necesaria no quiere decir que sin la oración nos falte un elemento de contacto para que funcione, no sé, un aparato electrónico. Es más, Jesús la considera completamente indispensable. Decir que falta la oración significa, más bien, que falta la totalidad de nuestra relación con la realidad en la que nos encontramos. No falta solo un elemento que enciendan el «aparato». Es como pretender que el aparato tenga sentido poniéndolo a disposición de un grupo de monos. Sin la oración, sin la pregunta, no somos nada, no tiene sentido que estemos en el mundo, no tiene sentido que estemos frente a la vida ni a las personas. Oración entendida como la vive Jesús, es decir, como relación de dependencia amante y constitutiva de Dios.¡Imaginémonos frente a un joven con los problemas que tenía el epiléptico endemoniado o a los jóvenes de hoy día! Sin oración es como estar frente a la realidad con la consistencia de los fantasmas.
Sin embargo, ¡qué consistencia de sí mismo tenía Jesús frente a todos y a todo! No por casualidad en ese episodio en el que bajaba del Tabor, bajaba de un tiempo intenso de oración en el desierto. Había concedido a los tres discípulos ver lo invisible, ver lo que pasa cuando Jesús rezaba, por ejemplo, cuando rezaba los salmos y meditaba la Escritura. La Transfiguración de hecho fue principalmente la manifestación de la realidad de la oración de Jesús a los discípulos.
Notemos que el efecto de la oración para Jesús no era ser más «espiritual», más «místico» (en el sentido banalizado del término). Más bien al contrario. Era como si Jesús volviera de la oración más «encarnado» porque volvía como más «enviado del Padre», más «misionero». El efecto de la oración en Jesús era precisamente su mano tendida para coger la del joven, aparentemente muerto, para levantarlo, para elevarlo, para hacerlo crecer, para que fuera capaz de estar en pie, de erigirse como hombre libre y adulto en la vida.
Esta mano autoritaria de Cristo que educa, que ayuda a crecer y a estar en pie, es símbolo de la presencia eclesial de Cristo, del Cuerpo de Cristo llamado a que el mundo crezca. Por eso, sin la oración de Cristo, sin la liturgia de la Iglesia, la misión de la Iglesia no funciona. Sin la oración (centrada en la Eucaristía), la Iglesia no encarna la misión de Cristo.
Podemos decir que la misión de la Iglesia está descrita en el acto de Jesús de cogerle la mano al joven demolido y abatido por el demonio para levantarlo a que esté en pie. Los dos verbos utilizados son verbos que el Nuevo Testamento usa para describir la resurrección del Señor y la nuestra en Él. Se trata de comunicar a los jóvenes y a todos una experiencia pascual que reanime y haga madura y bonita su propia humanidad. Es precisamente esto lo que la Iglesia quiere y debe reavivar en sí misma, en la concepción y en la experiencia de sí misma frente al mundo de hoy, especialmente a través del próximo Sínodo.

 

Las lágrimas de Pedro
Todos notamos la confusión que aflora últimamente en la Iglesia por una determinada publicidad frente a la infidelidad gravísima. Es inevitable que cualquier miembro consciente del Pueblo de Dios se sienta turbado, turbado de verdad por lo que se denuncia. Pero también en el saberse miembro de un cuerpo eclesial tan infiel al testimonio del rostro bueno y verdadero de Cristo que sería el que está llamado a encarnar.
Con su Carta al Pueblo de Dios, el Papa Francisco llama a todos a la oración y a la penitencia y es ciertamente el camino más justo y adecuado para afrontar situaciones en las que el misterio de la iniquidad penetra y ensucia la humanidad el Cuerpo eclesial. ¡Pensemos en cómo debió turbar a Jesús cuando percibió que Satanás entraba en Judas, uno de sus apóstoles, que entraba en alguien que eligió desde el principio para expresar Su autoridad de amor y de verdad! Y, tras el bocado, entró en él Satanás (Jn 13, 27). O cuando oyó a Pedro gritar que no tenía nada que ver con Él. ¡Qué tristeza le debió asaltar al corazón del Señor precisamente cuando más necesitaba compañía y amistad!
Me pregunto si en este momento de la Iglesia, en este momento quizás tendríamos que pensar sobre todo en Cristo mismo, en Cristo que estaba y está presente en cada víctima inocente del pecado, en cada apóstol o discípulo que reniega o que es infiel. Siempre ha sido así porque la infidelidad y la traición siempre han acompañado al camino de la Iglesia, como al camino de nuestra vida. En todo, en todos, se trata de Él, de Él abandonado, flagelado, lleno de escupitajos, de Él portador de  la Cruz, clavado, de Él que muere y al que sepultan.
Es como si todo el turbamiento que sufrimos en la Iglesia y por la Iglesia tubiera que percibir una sacudida que le impidiera ahogarse en sí mismo, que le impidiera amodorrarse en un turbamiento sin salida que es como perderse en la niebla sin ver el camino para poder salir. Judas se ahogó en el turbamiento por su propia infidelidad porque no la dirigió a Jesús. Pedro miró a Jesús y sintió el daño que le hizo cuando lo renegó. Lloró por Jesús. Se encontró con el corazón catapultado al amor de Cristo. No hay mejor reparación de nuestra infidelidad que un amor que sufre por Él y, por tanto, no hay mejor consolación y más profunda que Cristo. Las pecadoras que iban mojando con lágrimas los pies de Jesús reparaban su infidelidad consolando al Señor con un amor arrepentido.
La oración y la penitencia que nos pide el Papa no sirven, yo qué sé, para «volver a limpiar» o «darle brillo» a la imagen de la Iglesia de cara a la opinión pública o frente a sí misma. Tienen que despertar en la Iglesia las lágrimas de Pedro, lágrimas de las pecadoras que han obtenido más perdón amando más a Cristo, consolando la misión salvífica de Jesús con un abismo mendicante de Su misericordia.

 

Reformar la Iglesia 
La Carta al Pueblo de Dios del Papa Francisco está fechada el 20 de agosto. No lo menciona, pero era la fiesta de san Bernardo de Chiaravalle, quien derramó muchas lágrimas por Jesús y por su Esposa no siempre fiel.
Me viene a la cabeza un bajorrelieve de la primera mitad del siglo XVll de madera del coro de Chiaravalle de Milán. Saca a colación una escena que se refiere a la tarea de San Bernardo para recomponer en Francia el cisma de Pedro de León, antipapa, con el nombre de Anacleto (cfr. Vita Bernardi, Lib. II, cap. 1). En primer plano está el santo abad arrodillado rezando. En sus manos se concentrar los rayos que irradia una nube divina en la que se ven las cabezas de cuatro ángeles. El fondo es como si el oratorio en el que se encuentra Bernardo se abriera para dejar aparecer una escena que ilustra el efecto inmediato de su oración. Se ve una iglesia destruida, como golpeada por un terremoto que ha derribado el techo, las columnas y algunas paredes. Sin embargo, alrededor de esa iglesia en ruinas se ven los ángeles trabajando. quizás los mismos de la nube que irradia Bernardo. Están trabajando con ahínco para reformar y restaurar la iglesia llevando y pasándose piedras grandes.
Esta imagen creo que ilustra bien el valor misionero de la oración del que hablaba al principio. No solo la oración nos da las fuerzas para edificar la Iglesia o reformarla cuando está destruida por las divisiones y por el pecado de sus miembros, sino que la oración es ya en sí misma «Opus Dei -Obra De Dios», como san Benito define el Oficio divino de los monjes. Dios obrando a través de sus ángeles, ángeles que pueden ser también los miembros de la Iglesia -laicos, religiosos, ministros ordenados-, mandados por Jesús y con Jesús al mundo para edificar y reedificar el Reino de Cristo que nada podrá parar la pasión de salvar el mundo, ni siquiera nuestra miseria e infidelidad.

(Encuentro con la Fraternidad san Carlo – Roma, 22 septiembre 2018)

 

(En la imagen, acuarela del padre Mauro Giuseppe Lepori).

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