Enseñar significa estar delante de los alumnos interesándonos por su vida, intentar ayudarles a mirar la realidad. Un testimonio desde Washington.

Las experiencias de educación durante este año han sido una provocación constante. La pregunta que surge continuamente es en qué consiste la realidad cuando es mirada con conciencia. Para algunos chicos, la condición habitual de la realidad es lo virtual: grupos virtuales, amigos virtuales, juegos de guerra con formaciones militares virtuales. Pero llega un momento en el que tienen que estar frente a una realidad que no es virtual, que les provoca, les cambia y que pide una realidad real y una confrontación con aquello que no conocen y que normalmente no están dispuestos a conocer.
A principio de curso, uno de los chicos de 3º de la ESO, Shawn, no quería que pidiese por su felicidad ni pronunciar la palabra «amor». Decía que eran cosas abstractas. Para algunos de ellos la realidad de la familia es tan trágica que la palabra «felicidad» les da miedo. Tuvieron que pasar varias semanas para que pudiésemos hablar de ello en clase. Les puse delante el hecho de que, al estudiar las Sagradas Escrituras, el tema sería recurrente. Entonces, pasamos de hablar de pensamientos abstractos y de una realidad trágica, que parece que es la última palabra, a mirar una realidad misteriosa, siempre presente y amante. De la tragedia al misterio. Quién sabe si los griegos, al encontrar el cristianismo, tuvieron que dar el mismo paso. Pero la mirada perdida no era únicamente la de Shawn: el encuentro con la persona de Jesús no estaba en el programa académico. La educación en los colegios públicos suele ser puramente académica. En cambio, en el colegio donde enseño, cada profesor se preocupa por la vida y la educación de sus alumnos. El hecho de que al principio de cada clase se pida por cada una de sus familias y de sus vidas, poco a poco es un gesto que les abraza y les acompaña.

La pasada semana hablamos sobre el hecho de que los cinco sentidos son fundamentales para la realidad física. Cuando falta uno de ellos, comienzan los problemas. Si faltan dos, la vida se vuelve muy difícil. Si faltasen todos, la vida sería imposible. Les pregunté qué era aquello que, en el ámbito espiritual, tenía el rol de los cinco sentidos. Tras algunos intentos, un alumno dijo: la fe. Así, empezamos a introducirnos en este nuevo mundo, un poco a tientas, intentando abrir los ojos hacia un mundo aún oscuro. Una vez llegados a esta nueva dimensión, entendieron que, si ahí había alguien, lo mejor sería comunicarlo. De este modo, dieron los primeros pasos hacia la oración, descubriendo la posibilidad de un diálogo real.

En clase, como cada año, hay quien no ha escuchado nunca hablar de Dios o de la vida espiritual. Al principio, algunos no concebían ni siquiera la idea de que se pudiese hablar de una realidad infinita, que va más allá de su capacidad de comprender. Les pedí el resultado de una operación: 10 entre 3. Tras un par de segundos, alzaron la cabeza, como sorprendidos por el encuentro con una nueva realidad. Les dije que este número infinito es más grande que 3,3, pero menor que 3,4, que son números que conocemos y que podemos indicar en una regla. Un modo para explicar que, dentro de la realidad que conocemos, se encuentra el infinito. Tras esta introducción, hablar de una presencia que no es calculable por nosotros sino que vive en medio de lo que conocemos, es más fácil. Fue más sencillo invitarles a que encontrasen esta presencia, en la experiencia de los Cavalieri, en la propuesta de GS (Gioventù Studentesca).

 

(Roberto Amoruso es profesor en el High School di Washington D.C, USA. En la foto, junto con algunos alumnos).

 

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