El amor de Jesús por el Padre ha abrazado nuestra vida con un sí infinito. Nuestra vocación y nuestra existencia participan de esta belleza.

Hace unos días contaba a los amigos de «Familias para la acogida» la historia de un hombre que conocí cuando estaba de misión. 1948: Mei Bei Bei llega a Taiwan al amparo del ejército de Chiang Kai-sheck, fugado de su madrepatria y huyendo del ejército de Mao Zedong. Mei Bei Bei deja a la mujer en China, recién casada y embarazada, convencido de poder volver para abrazarla en poco tiempo y, como el resto de sus camaradas,  contando con la inminente derrota comunista y el pronto restablecimiento del orden. Pero pasan los años y la distancia entre los esposos se hace más grande. En la misma condición se encuentran otros tantos soldados, de modo que el gobierno de Taiwan anuncia que quien quiera volver a casarse puede hacerlo, sin el miedo a ser castigado por bigamia. Muchos aprovechan la ocasión, pero él no, sigue esperando a su mujer, a pesar de que son muchos los que le tachan de loco: «Eres joven: ¿por qué no vuelves a casarte?». Pasan los años y Mei Bei Bei encuentra trabajo en nuestra parroquia como conductor. Y él, que no sabe lo que es el cristianismo, por primera vez conoce a alguien que le dice: «Haces bien permaneciendo fiel a tu esposa: ¡vosotros estáis casados para siempre!». Por esta razón, pide ser bautizado, ha encontrado a alguien dispuesto a sostener su esperanza. En los años 80 la situación política mejora y, finalmente, la mujer consigue reencontrarse con su marido. Mei Bei Bei también conoce a su hijo, que ya tiene más de treinta años. Marido y mujer vivirán juntos otros tres años, el tiempo en que descubren en ella una grave enfermedad y que le permitirá a él acompañarla hasta la muerte. Mei Bei Bei murió hace dos años, a la edad de 99 años, día de la Exaltación de la Santa Cruz.

¿Por qué nos fascina esta historia? Porque nos recuerda que el cristianismo es un amor pleno y sin reservas y nos recuerda la diferencia entre Jesús y el mundo: Jesús toma en serio nuestro deseo y nos dice que el amor pleno y para siempre es posible, cuando los demás dicen que es una locura. Los esposos cristianos están llamados a ser en el mundo el signo de lo que cada hombre y cada mujer desean. La tarea del cristiano es sostener la esperanza de amar para siempre.

¿Y los sacerdotes? Ante quien le preguntaba si era justo pedir a un sacerdote el sacrificio de no casarse, el cardenal Giacomo Biffi decía que no había una gran diferencia entre el hombre que se casa y el sacerdote: el cura dice que no a tres millones de mujeres sobre la faz de la tierra, el esposo dice no a tres millones excepto a una… ¡La diferencia es ínfima! Es un decir, pero, igualmente, se puede afirmar que el día del matrimonio, mientras la esposa dice sí a ese hombre, al mismo tiempo, está diciendo que no al resto de hombres de la tierra. Está diciendo tres millones de noes. Y sucede lo mismo con el marido. Pero lo que predomina en el corazón de ese hombre y esa mujer es únicamente el sí que están diciendo a la persona que aman: en primer lugar no hay sacrificio, no hay renuncia, sino la afirmación incondicional del otro.

Para un sacerdote no es diferente: en el momento en que abraza definitivamente la vocación su pensamiento no está dominado por todo aquello a lo que renuncia, porque lo que le interesa es únicamente el gran sí que está diciendo a Cristo, que le pide conformarse a Él.

El cristianismo es este gran sí a la vida, a su sentido, a su belleza, aquel sí sin reservas que permite aceptar incluso los sacrificios que a ojos de los demás parecen una locura, hasta el punto de no temer a la muerte o al martirio.

Pensemos en lo que vivió el Hijo de Dios al encarnarse: lo que determinaba su voluntad, su libre elección, no era el sacrificio con el que asumía nuestra condición mortal, sino el amor por el Padre que se dilataba, hasta comprender y abrazarnos a cada uno de nosotros. Esto es la Navidad: la memoria de aquel sí cierto, único y sin reservas, que sostiene y da significado hasta el sí más pequeño que damos.

 

(En la imagen, Les Amoureux de Vence,1957, Marc Chagall).

 

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