La catequesis para adultos es ocasión de encuentro con tantas personas que buscan un lugar para redescubrir y volver a abrazar la fe en su vínculo con la vida cotidiana.

“Disculpe, Padre, veo que mi hijo se siente atraído por este grupo de chicos y ansía por venir todos los sábados con vosotros. Me alegro de que haya decidido frecuentar la parroquia, a lo mejor cambiará un poco ese mal genio suyo. A veces, le miro a él y también a todos vosotros y me pregunto: ¿Cómo estoy educando a mi hijo? ¿Quién me ayuda a mirar más a fondo lo que acontece en él? Quisiera entender mejor cual es mi lugar como padre y lo que Dios me pide. ¿Podemos vernos la próxima semana?” Son las palabras del padre de uno de los chicos que han hecho con nosotros el campamento de la ESO, una de las muchas historias que acontecen en la vida de la parroquia y de la escuela donde enseño en Santiago. Son adultos que buscan un lugar donde poder abrazar la fe, a menudo reducida a un gesto ritual, casi mágico, sin vínculos con lo que acontece en la vida de todos los días.

Desde hace más de tres años sigo la catequesis para adultos en la parroquia: un grupo de unas quince personas, nacido de la necesidad de continuar una relación con la Iglesia para entender mejor como ser “padres” a través de la fe. Les he propuesto leer juntos el catecismo para profundizar lo que la Iglesia enseña, cómo se puede vivir a la luz de la fe.

Me he reunido con un grupo de madres cuyos hijos se preparan para la primera comunión. Me han hecho un montón de preguntas sobre la fe y la enseñanza de la Iglesia: por ejemplo, no entendían por qué una persona divorciada y vuelta a casar o que usa regularmente métodos anticonceptivos no puede acceder a la comunión. Pensando en la bondad de Jesús, consideraban injusta la posición de quienes, como nosotros, administran los sacramentos. Mientras hablaban, he visto una herida profunda en su vida, la necesidad de algo grande que pudiera llenar el vacío. Así, empecé a relatar la historia del pecado original, de la herida y del profundo deseo que tenemos dentro. Y, mientras intentaba explicar, he visto lágrimas caer de los ojos de una de ellas, como si no hubiese ya nada que defender, como si la respuesta fuese sentirse mirada y abrazada.

Muchas de las familias que encontramos son católicas, pero su conocimiento de la fe es ambiguo, no conocen el significado de la Eucaristía o del bautismo. Solo tienen la idea de algo sagrado que hay que respetar. A veces me pregunto qué sentido tiene proponerles el catecismo. Pero luego veo que tienen una profunda necesidad de una verdad que les pueda ayudar a mirar la vida no como una batalla que enfrentar sino como un desafío a descubrir juntos. De hecho, muchos continuaron viniendo aún cuando los hijos ya habían hecho la primera comunión. Les empuja la necesidad de alguien con quien confrontar las preguntas y los deseos. Piden tener cerca una persona que les ayuda a volver a fijar la mirada sobre un punto del cual brota la vida verdadera. Incluso para mí, la belleza de esta catequesis es la oportunidad de una relación personal, la posibilidad de acompañarlos en un camino donde la vida de cada día es algo más que la vida.

 

Diego García es vicario en la parroquia Beato Pietro Bonilli en Santiago de Chile. En la imagen, con algunos chicos durante una excursión.

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