Cuando dar gloria a Dios significa salvar a un hombre de la decadencia física y espiritual: una experiencia de las hermanas de Madre Teresa en Budapest.

Desde los primerísimos años de nuestra presencia en Budapest, hemos intentado entrar en relación con las expresiones de vida eclesial que percibíamos más afines a nuestra manera de concebir el cristianismo. Fue bastante natural, por tanto, encontrar a las Misioneras de la Caridad. La oportunidad surgió de la exigencia de las hermanas de la obra de Madre Teresa de encontrar un confesor que hablase inglés. Con el tiempo, su casa se ha convertido en un punto central de nuestra misión, el lugar al que acudimos y llevamos a los jóvenes para vivir la caridad. Aunque la forma de nuestras jornadas pueda parecer distante de la vida de las Misioneras, en realidad son muchos los puntos de contacto entre nosotros: estas hermanas viven de adoración y de oración, sin ninguna deriva activista. Cristo está siempre en el primer lugar. Su fe se vuelve activa a través de una caridad incansable, a menudo heroica. La finalidad es que a todos, y en especial a los más pobres y marginados, se le dé la posibilidad de conocer el amor de Cristo.
Un día, una de las hermanas de la India me relata un episodio que la había turbado: «Ni siquiera en las alcantarillas de Calcuta hemos visto algo similar, padre… un hombre ¡en tan completo estado de abandono! Nos han llamado los vecinos, preocupados a causa del olor y de los insectos que venían de su piso. Vivía acurrucado en medio de la ropa sucia y de los insectos, desnutrido. Lo hemos llevado a nuestra casa en brazos, porque no lograba caminar solo. Y ahora debemos volver al piso a buscar unos documentos antes que la desinfección haga desaparecer todo». Dos días más tarde voy con ellas al piso del hombre. Una hermana lleva consigo un rollo de cinta adhesiva gruesa, de electricista. Me pregunto para qué servirá. Entrando, nos recibe un hedor terrible. La hermana sella el frigorífico con la cinta adhesiva: dentro hay carne podrida. Hay mucho trabajo manual por hacer: cuando me ofrezco para ayudarlas a mover los muebles, las hermanas me dan las gracias calurosamente pero rehúsan, afirmando con orgullo que aquello es su trabajo, su manera de glorificar a Dios. Mi piden en cambio que rece por el pobre inquilino, y que vuelva para bendecir el piso una vez limpio.
Después tuve la oportunidad de conocer a aquel hombre, limpio, vestido de nuevo, nutrido y capaz de andar por sí solo. Me habían dicho que no era pobre pero que, a causa de la depresión y de la soledad, había caído en un estado de postración mental. Es verdad, como decía Madre Teresa, la pobreza más verdadera y profunda está presente también en los países más desarrollados: se llama soledad, desesperación, falta de significado, ausencia de Dios. Pero es verdad también que incluso las situaciones más desesperadas pueden ser redimidas, gracias a hombres y mujeres que han encontrado a Cristo y viven por él.

lea también

Todos los artículos