Se han cumplido quince años del reconocimiento pontificio de nuestra Fraternidad. El 20 de marzo de 1999 había mucho movimiento en esta casa, alfombras rojas en los pasillos, un piano en el salón, aperitivos preparados en varias salas para los invitados, el servicio litúrgico un tanto agitado, el servicio de orden bien preparado.

Para la misa llegaría el cardenal Sodano, trayendo consigo el decreto de reconocimiento firmado por el cardenal Martínez Somalo, entonces Prefecto de la Congregación para los Institutos de vida consagrada. El decreto reflejaba una voluntad expresa de Juan Pablo II. En el mosaico del padre Rupnik que viste la capilla de nuestra casa de formación, aparece el retrato del Papa polaco para recordar el papel fundamental que él tuvo en nuestra historia. La fundación de la Fraternidad de San Carlos se circunscribe a su pontificado, desde el discurso que dirigió a los sacerdotes de CL en 1985 en Castel Gandolfo hasta el 19 de marzo de 1999.

Fue un día de fiesta. La misa solemne fue presidida por el Secretario de Estado. A continuación, un aperitivo en los locales de la casa de vía Boccea donde llevábamos viviendo poco más de dos años. La capilla se había pintado para la ocasión. Don Giussani había escrito: «Queridos amigos, es grande nuestra seguridad, y por tanto nuestra alegría, en un día como este, en que Su Santidad reconoce una vez más la autenticidad eclesial del carisma de Comunión y Liberación, fundamento metodológico de vuestra Fraternidad Sacerdotal».

Quiero añadir ahora un recuerdo ligado a aquellos años.

Una noche del invierno de 1997 don Massimo nos invitó a Gianluca Attanasio y a mí a una cena con Mons. Errázuriz, entonces secretario de la Congregación pontificia de la que dependemos. Después le enviarían a Chile como obispo de Valparaíso y más tarde le nombrarían cardenal como arzobispo de Santiago. Él fue quien nos permitió comenzar nuestra misión chilena en 2006.

Estábamos en el Hotel Columbus de vía Conciliazione en Roma. El tema de la cena fue el reconocimiento pontificio de la Fraternidad. Don Massimo por aquel entonces estaba ya muy agradecido por haber conseguido el reconocimiento diocesano. Era muy consciente de las dificultades que existían en ese momento y no creía que fueran a poder superarlas. Además, los números mostraban que éramos una realidad pequeña, quizás demasiado pequeña para aspirar al reconocimiento de la Santa Sede.

Mons. Errázuriz, por su parte, venía de la experiencia del reconocimiento del movimiento de Schoenstatt, que había sido largo y complejo. Su razonamiento fue sencillo: “Precisamente porque podrá ser difícil, debéis empezar cuanto antes. Este es el pontificado de los movimientos, este Papa tiene la sensibilidad y la capacidad para arriesgar necesarias. No esperéis, este es el momento propicio”.

El argumento convenció a don Massimo y comenzamos el proceso.

Nuestro trabajo debía desarrollarse en dos niveles. El más importante consistía en reescribir las Constituciones de la Fraternidad. Habíamos aprobado la versión precedente hacía pocos años, en 1995, pero la Congregación exigía las actualizadas. Aquel trabajo, para todos los que participamos, fue una ocasión fundamental para reflexionar sobre la naturaleza de la Fraternidad y para expresar nuevamente lo que queríamos vivir. Recuerdo las largas discusiones, a veces acaloradas, siempre guiadas por don Massimo, que nos dejaron como don una gran claridad sobre las razones de las decisiones fundamentales que dan forma a la vida de la Fraternidad. También fue en cierto sentido un paso generacional y una escuela de responsabilidad. Contamos con el asesoramiento del padre Velasio De Paolis, que luego fue nombrado cardenal por Benedicto XVI.

Un segundo nivel de nuestro trabajo fue el de pedir al mayor número posible de personalidades de la Iglesia su apoyo a nuestra petición de reconocimiento. Escribimos a los obispos de las diócesis que ya habían acogido nuestras casas, y a cardenales y obispos de la Curia romana, de la Iglesia italiana, etcétera. Los quince años que don Massimo había dedicado a la actividad de relaciones públicas para el movimiento en el primer periodo de su vida en Roma se mostraron aquí providenciales. La respuesta fue de hecho sorprendente. Los obispos y las diversas personalidades con las que contactamos debían enviar a la Congregación una carta de recomendación, donde testimoniaban la plena eclesialidad de nuestra experiencia. Muchos nos enviaron una copia también a nosotros. Vimos la enorme estima de la que don Massimo gozaba.

Todo esto facilitó la conclusión del proceso que, contrariamente a lo que esperábamos, se resolvió en el breve espacio de dos años y nos llevó a la asamblea general de 1999, la primera como Sociedad de Vida Apostólica de derecho pontificio.

Estos hechos también fueron una respuesta concreta a la cuestión de la relación entre el movimiento de Comunión y Liberación y la Fraternidad de San Carlos, respuesta que llega en cambio más allá de las relaciones internas de CL.

Puesto que los movimientos no tienen derecho a incardinar sacerdotes, se plantea el problema de la relación entre la obediencia al obispo y la obediencia a los responsables carismáticos de las realidades de las que proceden los sacerdotes. Cada realidad ha encontrado respuestas distintas.
La solución hallada con el reconocimiento de nuestra Fraternidad sigue siendo un caso único en la Iglesia, pero es una solución hermosa, convincente y muy eclesial. De hecho, se basa en la comunión, es la decisión de apostar por una relación libre de pertenencia. Nuestras Constituciones afirman de hecho que nosotros queremos actuar «en comunión de espíritu y de intención» con la Fraternidad de CL. No existe una fórmula que pueda garantizar la comunión. En el centro de la razón que nosotros damos está por tanto la libertad con la que reconocemos nuestras raíces.

Hoy quiero confiar de nuevo la Fraternidad a san José, a quien elegimos como nuestro protector.

José vivió un inicio, de hecho fue llamado a ser el custodio del inicio. Nosotros también estamos viviendo un inicio y eso nos hace sentir aún más cerca de este gran santo. Quisiera pedirle por tanto que implore para nosotros de Dios la frescura que nace del sentido vivo de la grandeza que está en el inicio de todo lo que nos ha sido donado. De esa sensibilidad nace la capacidad de arriesgar que tuvo don Massimo, que tuvo don Giussani, que tienen los santos de la Iglesia. En esta sensibilidad está el secreto que nos permite permanecer jóvenes y que permitirá a nuestra Fraternidad renacer continuamente.

Homilía en la casa de formación, 19 marzo 2014

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