En este año marcado por incertezas y el miedo, mons. Camisasca en la homilía del miércoles de Ceniza nos invita a vivir la Cuaresma como un verdadero camino de conversión.

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy comienza el camino de la Cuaresma que prepara a nuestro corazón y nuestra mente para acoger la luz de la resurrección. Sin una preparación adecuada no es posible gustar plenamente del don que Dios nos hace. Por eso, cada año se nos dan estos cuarenta días durante los cuales –acompañados por la liturgia y fortalecidos por la oración, el ayuno y la limosna– se nos llama a atravesar el desierto de nuestros miedos y nuestra lejanía para llegar renovados, como el pueblo de Israel detrás de Moisés, a la tierra prometida que la cruz de Jesús nos desvela.

Aprovechemos este tiempo de gracia para retomar las razones y la fuerza de la resurrección. «El tiempo de la Cuaresma sirve para esperar, para volver a dirigir la mirada a la paciencia de Dios» (Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2021, 2), escribe el papa en su mensaje, que invito a leer y meditar.

Sé que todos estamos profundamente marcados y cansados después de tantos meses transcurridos en la incerteza, en el miedo y en las restricciones, tras un año entero que por distintos motivos se puede considerar como una larga Cuaresma. Espero ardientemente que de verdad sea así: no un tiempo meramente sufrido, sino un verdadero camino de conversión. Esta alternativa nos ha enseñado que nuestra existencia no puede sostenerse sin un fundamento adecuado, no podemos vivir sin una relación viva con Cristo y con su cuerpo, que se realiza concretamente en la participación en la comunidad de la Iglesia.

 

En la primera lectura que hemos escuchado, el profeta Joel dice: se encendió el celo de Dios por su tierra y perdonó a su pueblo (Jl 2,18). El camino de Israel en el desierto es una preparación de la acogida de la tierra que Dios ha preparado para él. Esta tierra es Dios mismo, como se muestra claramente en lo que dice el profeta antes: convertíos a mí de todo corazón (…) convertíos al Señor vuestro Dios (Jl 2,12-13). El desierto que hay que atravesar no es más que un camino para alcanzar esta tierra fértil, pero también es el espacio de la conversión, el lugar en el que discernir lo que es esencial y, también, imagen de la sequía e infertilidad que la distancia de Dios produce en nuestras vidas. Convertíos a mí de todo corazón: la entereza y unidad del corazón son al mismo tiempo la premisa y el fruto más maduro de nuestro camino hacia Dios. En el fondo, para retomar una relación auténtica con el Señor, necesitamos volver a nosotros mismos, entender de nuevo quienes somos, sacar a nuestro corazón de todas las distracciones y divisiones que lo oprimen.

En efecto, la tierra de la que habla el profeta Joel no es solo Dios, también es el mismo Israel. Se encendió el celo de Dios por su tierra y perdonó a su pueblo. Nosotros somos su tierra, su heredad entre las gentes, el objeto de su preferencia. El celo del Señor por su tierra se expresa mediante el perdón a su pueblo. Dios es nuestra tierra y nosotros somos, en cierto sentido, la tierra de Dios. La tierra prometida hacia la que caminamos no está únicamente ante nosotros. También está dentro de nosotros, es una relación que implica el redescubrimiento de nuestro verdadero rostro, de nuestro ser criaturas, de la relación constitutiva con el Padre que –como dice Jesús en el evangelio– también ve en lo más recóndito de nuestro corazón (cfr. Mt 6,4.6.18) –interior intimo meo et superior summo meo–, como escribe el gran san Agustín: «más interior a lo íntimo de mí mismo y más alto de todo lo que es alto en mí» (Confesiones, III,6,11). La Cuaresma es entonces un tiempo que se nos da para abandonar todas las máscaras bajo las que hemos escondido nuestro rostro y para recuperar nuestra identidad. En un pasaje de las Confesiones, Agustín escribe de un modo significativo: «tú estabas delante de mí y yo me había partido de mí y, como no me hallaba, menos os podía hallar a vos» (Confesiones V,2,2).

Este recogimiento, este volver a uno mismo, es en sí mismo un don que hay que pedir continuamente al Espíritu de Dios. En este sentido, la Cuaresma es un momento oportuno –kairós– para volver a descubrir los caminos de nuestra relación viva con Jesús, la oración, sobre todo. Según san Juan Crisóstomo, la oración es «la luz del alma» (cfr. Om.6 sobre la oración), lo que permite ver más allá de la superficie de los acontecimientos, pero también lo que aviva al corazón y lo abre a la paz. El silencio, la meditación cotidiana de la Palabra de Dios y la asiduidad a los sacramentos son los alimentos principales de la oración.

De cara a esta Cuaresma aconsejo especialmente a cada uno de vosotros que cada día establezcáis un momento para dedicarlo a la oración y a la lectura espiritual. Puede ser la meditación de un libro, un salmo, el Evangelio del día… Os animo a todos a volver a descubrir el sacramento de la Confesión y, también en este caso, fijar un momento –al menos cada quince días– para acoger el perdón sacramental. En la medida de lo posible, os invito a la participación frecuente de la Santa Misa, fuente y culmen de toda nuestra vida de fe.

Además, como ya indiqué hace dos años, os invito a elegir a una persona exclusivamente, pobre o necesitada, para ir a verla semanalmente. Ciertamente, la caridad es sobre todo poder compartir, en la medida de lo posible, la vida del otro, como Cristo ha hecho con las nuestras al hacerse hombre.

 

Me encantaría que en nuestras comunidades aflorasen nuevos caminos para conocer a Cristo. Invito a todos nuestros sacerdotes para que en este periodo se ofrezcan, con más generosidad, catequesis sobre la persona y la vida de Jesús, y que se dedique más espacio al confesionario.

Aprovecho esta circunstancia para agradecer a todos los que, con gran disponibilidad –sacerdotes y sobre todo religiosos–, ofrecen todo su tiempo a escuchar cotidianamente las confesiones de los fieles. Agradezco de manera especial a los padres que ofrecen cada día el Perdón del Señor en la Basílica della Madonna della Giara. Recuerdo también al grupo Giovani e Riconciliazione, a los que agradezco y animo a seguir en su servicio.

Queridos hermanos y hermanas, no nos dejemos vencer por el miedo, ¡volvamos, con todas las precauciones necesarias, a los encuentros presenciales de catequesis! El cristianismo no es solo una doctrina que se comunica mediante las palabras, imágenes o encuentros virtuales. Es la misma persona de Cristo que se vuelve presente en la encarnación, en la fisicidad de nuestra comunión y en la materialidad de los sacramentos. ¡Volvamos a la celebración eucarística! Ninguna relación personal e íntima con Dios podrá sustituir o existir jamás sin la objetividad de la Santa Misa, sin el encuentro físico de los miembros de Cristo en torno al sacrificio eucarístico.

Que la potencia de la resurrección pueda iluminar y renovar nuestro interior, durante este camino cuaresmal para poder «acoger y vivir la Verdad que se manifestó en Cristo (…) que, asumiendo plenamente nuestra humanidad, se hizo Camino (…) que lleva a la plenitud de la Vida» (Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2021, 1).

Amén.

 

Homilía de la liturgia del Miércoles de Ceniza – Catedral de Reggio Emilia, 17 de febrero de 2021.

 

(Imagen: Sueños [en la montaña], Vasili Polenov, 1900).

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