En una carta de don Stefano, sacerdote desde hace un año, en misión a Fuenlabrada (Madrid), el asombro conmovido frente a la misericordia de Dios.

Queridísimos amigos,

En estos últimos días estamos inmersos en los preparativos para la visita pastoral de nuestro obispo Mons. Joaquín y de su auxiliar Mons. José: estarán con nosotros dos semanas y visitarán todas las actividades de nuestras parroquias. Ya podéis imaginar el fervor de las abuelitas…

Desde hace poco he acabado la primera sesión de exámenes de mi universidad y debo decir que han ido sorprendentemente bien, dado el poco tiempo que he podido dedicar al estudio. De todas formas, algunos de los cursos que sigo son muy interesantes, sobre todo porque me están haciendo reflexionar sobre Europa, sobre su historia y la crisis cultural que estamos atravesando.

Incluso en la escuela donde enseño las cosas van bien: cada vez que voy a dar clases a los chicos de secundaria y bachillerato, intento pasar un poco de tiempo también con los niños más pequeños, los de primaria, un poco porque me gusta pero sobre todo porque las maestras quieren “aprovechar” la presencia de un sacerdote y me buscan mucho.

Déjenme decirles una cosa en particular que últimamente me ha tocado y está alimentando mi silencio: la confesión. Cada vez más a menudo, en efecto, me sucede que me encuentro en el confesionario con personas que desde hace muchos años no se acercan al sacramento. Normalmente no hago preguntas cuando confieso, y por tanto no sé exactamente cómo ocurre y por qué razón, que después de tanto tiempo uno se desbloquee y decida volver a confesarse. Pero es evidente que hay algo objetivo en nuestro corazón que reconoce el mal y necesita saber que existe Alguien que te perdona.

No es raro que durante estas confesiones el penitente no aguante el peso acumulado durante tanto tiempo y se ponga a llorar. Sinceramente también para mí es difícil no hacerlo: son momentos de una transparencia tal ante Dios, tan verdaderos y sinceros, que no pueden dejarnos indiferentes.

Una vez una persona, que ha vivido durante muchos años lejos de la Iglesia, apenas salida del confesionario vuelve y me dice: “Padre, pero ¿estás realmente seguro que Dios me ha perdonado?”. “Sí” le digo, “es un regalo que el Señor ha hecho a su Iglesia. Cuando uno se confiesa es Dios que te perdona”. “Pero, ¿no debo hacer nada más? ¿Realmente ya estoy perdonado?”. “No. No debes hacer nada más. Se llama misericordia”. Rompe a llorar y no deja de repetir: “Gracias. Gracias. Gracias”. Todos aquellos “gracias” me han impresionado, y poco a poco se están haciendo míos. Gracias ante todo por mi vocación, porque me permite ver desde un punto de vista especial que existe un amor siempre más grande y más fuerte que el mal, la traición, el olvido.

Creo que estos episodios son uno de los frutos más bellos que Dios me regala, justo después del año de la Misericordia, justo en mi primer año de sacerdocio.

 

En la foto, don Stefano Motta con algunos chicos de la parroquia de San Juan Bautista, a Fuenlabrada.

stefano motta

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