Una meditación sobre María siguiendo las enseñanzas de don Giussani: mirar a María para ver a Jesús.

María es la puerta que introduce a la realidad de la Encarnación. Dios, en su sabia pedagogía, ha querido siempre un tiempo de preparación y un tiempo de cumplimiento. Esto sucede en la predicación del Bautista en relación con Jesús y antes de eso en el anuncio de los profetas. Para la Iglesia, ya directamente en el jardín del Edén se preanuncia la Encarnación del Verbo. Es éste el camino de lo implícito a lo explícito de la que estaba tejida la pedagogía de don Giussani. Él afirmaba siempre que quería retomar el método de Dios. Muchas veces en su enseñanza nos ha llevado a mirar a María para ver a Jesús. Nos ha llevado, mejor dicho,a entrar en la mirada de María para mirar a Jesús. Para Giussani esto no era extraño. María, de hecho, era para él, ante todo y sobre todo, la puerta de la Encarnación. Ella fue elegida «para que fuese la primera casa de Dios en el mundo, el primer lugar en el que todo lo que había era de Dios, de Dios que venía a vivir entre nosotros […]. La casa de Nazareth es el primer desarrollo de aquella casa que es el seno de María». Para aprender cómo estar ante la realidad de la Encarnación, cómo mirarla, cómo acogerla, debemos, por lo tanto, aprender de María. «La figura de la Virgen es esencial e insustituible para comprender el acontecimiento cristiano […] para hacernos reconocer que el invisible ha entrado en la visibilidad de nuestras acciones, que el Misterio ha penetrado en la carne de nuestra experiencia, la carne de nuestras relaciones, la carne de la hora que pasa, del libro que leer o el calcetín que remendar».

¿Y qué aprendemos de la mirada de María, de la posición de su corazón frente a ese niño que era Dios? Que Dios la había elegido para ser toda Suya, para darse él mismo a los hombres. «La sobreabundancia de la misericordia que Dios tiene para el hombre escoge un punto, un pequeño punto que humanamente parecería nada: lo hace testigo de una cosa tan grande como el designio de Su misericordia».

Con estas reflexiones don Giussani no sólo exaltaba a María, sino a cualquiera de nosotros, nos enseñaba lo que nos había acontecido, aquello que sucedía en ese momento, nuestra misión en medio de los hombres. Por esto debemos dejarnos conducir de la mano de María. «La Virgen es nuestra madre. Es a través del abandono en la Virgen, la súplica a la Virgen […] que la seguridad de nuestra vida se afirma de modo grandioso […]. Salvará en su hijo, totalmente, la existencia a la que somos llamados».

Pero el modo más simple para abandonarse a María es invocarla. Veni per Mariam. «Repetid esta fórmula todos los días, a todas horas».

Don Giussani veía en María toda la realidad creada ir hacia Dios. Hasta el punto de hacerle decir: «Las cosas tienen en común la palabra María». María es la totalidad del hombre «que es exaltada hasta hacerla instrumento necesario para la relación con Dios». Ella es verdaderamente «la síntesis de toda la humanidad … no sólo de la humanidad, sino también de todo aquello que lo creado lleva en sí de la eternidad».

Guiados por María vamos confiados hacia Jesús. Acompañados por don Giussani entramos en el misterio de la Divina Maternidad. En esta escuela que María realiza reuniéndonos en torno a ella e indicándonos al Hijo, es posible ser feliz, amable, es posible no angustiarse, sino simplemente suplicar y agradecer. En palabras de San Pablo: La paz de Dios que va más allá de nuestra posible inteligencia, porque ella es un don hecho a nuestra vida, custodie vuestro corazón y vuestras mentes en una experiencia siempre más plena de ella.

 

Pie de foto: «Virgen con Niño», atribuida a Andrea Pisano, Museo de la Obra de la Catedral, Florencia.
Massimo Camisasca

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