El hecho de la muerte hace que el hombre se haga preguntas que muchas veces, a lo largo de la vida, están escondidas.

En verano pasé algunas semanas en nuestra misión holandesa, en Tilburg, donde Michiel Peeters desarrolla su tarea como capellán en la universidad de la ciudad. El encuentro más significativo entre los muchos que se dieron en esos días fue con Wim, un hombre anciano, enfermo terminal de cáncer, que pidió a Michiel que le acompañara los últimos días de su vida.

Tras una infancia devota y algunos años en el seminario menor, como muchos holandeses de su edad, Wim abandonó lentamente la fe, alejándose de la Iglesia. Su vida estuvo después marcada por mucho dolor, un divorcio, la forzosa distancia de los hijos y por último, la soledad y la enfermedad de los últimos años. Cada mañana, al ir a hacer la compra, pasaba delante de la capilla universitaria y no podía dejar de leer el cartel «La iglesia está abierta» en su puerta abierta de par en par. Así, cuando la enfermedad empezó a empeorar y fue trasladado a una residencia en Dongen (un pueblo cerca de Tilburg), Wim se acordó de su infancia de fe y de aquella iglesia siempre «abierta» cerca de su casa. Una mañana decidió llamar a Michiel y le pidió que fuese a hablar con él. Fui con Michiel, que desde entonces, cada semana, fue a visitarle. Le confesaba y le llevaba la Eucaristía.

No entendía mucho de lo que se decían pero observaba que el rostro de Wim, marcado por el dolor y la enfermedad, cada vez se iba serenando más, consolado por la compañía verdadera de Michiel y por su relación renovada con Cristo. La vida de Wim es una experiencia verdadera de resurrección, la vida de un hombre que deseaba volver a la relación que había hecho tan memorable su infancia y que podía dar un sentido también a la muerte. Gracias a este encuentro pude experimentar la imprevisibilidad de los frutos de la misión y cómo esta es obra de Cristo. De hecho, la presencia paciente de Michiel, su deseo de tener siempre la iglesia abierta, han hecho posible el encuentro de este hombre con Cristo. La misión es frecuentemente una presencia silenciosa y paciente en un lugar que abre el espacio de la acción a la misión de Jesús y que nos permite gozar de su manifestación.

 

(Foto: entrada de la parroquia universitaria Venida di Cristo-Maranatha, en Tilburg, Holanda).

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