Nuestro deseo más profundo es experimentar la cercanía de Jesús, tal y como sucedió para aquellos que vivieron con él. Una reflexión tras el viaje a Tierra Santa.

Cafarnaún, Galilea. Hay algo que hace que este lugar sea extraordinario. En cierto sentido, aún más extraordinario que Nazaret, Belén o el Santo Sepulcro. Es algo que se percibe recorriendo las calles de este pequeño pueblo sobre el lago de Tiberíades y al imaginarse la vida de su gente hace dos mil años.

En septiembre, los seminaristas de la Fraternidad y algunos sacerdotes hicimos una peregrinación a Tierra Santa. De nuevo, me sorprendió la imprevisible preferencia de Dios hacia un antiguo pueblo de pescadores, que ha salido a la luz tan solo hace unos decenios, tras las excavaciones dirigidas por los franciscanos.

Lo que distingue a este lugar del resto es que sus piedras surgieren lo que cada uno de nosotros, cada hombre y cada mujer, en el fondo, busca para la propia vida. Es decir, no solo buscamos que suceda algo excepcional, ser testigos de un gran milagro, o asistir al nacimiento, muerte y resurrección de Jesús. Lo que más deseamos, incluso por encima de esto, es hacer experiencia de Cristo como algo que sucede en cada instante. Tal y como era para Pedro y para sus familiares, que iban a dormir y se despertaban por las mañanas junto a Jesús; igual que los pescadores a los que Él iba a ver a las orillas del lago y para la gente que lo escuchaba en la sinagoga, que lo veía por la calle, como los soldados romanos y el centurión.

Pensemos en los primeros capítulos del Evangelio según San Marcos, en la sucesión ininterrumpida de hechos, en los discípulos, en Pedro y sus vecinos, en aquellos que seguían paso a paso sus movimientos. Esto es el cristianismo. Más que una serie de hechos grandilocuentes, que suceden una vez en la vida, el cristianismo es la presencia de lo divino en nuestra cotidianidad, la presencia de Cristo en la vida de todos los días. No es casualidad que la primera vez que Jesús habló de la eucaristía fuese justamente en la sinagoga de Cafarnaúm. Fue allí donde habló por primera vez de que su presencia permanece en la historia como factor de nuestra cotidianidad, igual que cuando paseaba por aquellas calles y entraba en las casas.

La Navidad es el anuncio de este hecho: el centro del cosmos y de la historia se hace hombre, un niño, para hacerse visible y darse a conocer a los hombres que Le buscan. La Navidad es la cotidianidad revestida de excepcionalidad, es el anuncio definitivo que anula la distancia entre el cielo y la tierra, el anuncio de que Dios – el sentido de todo, a Quien anhela desde siempre el corazón del hombre–, se ha hecho verdaderamente uno de nosotros.

Me gusta mucho cómo termina esta serie de hechos descritos al principio del Evangelio según San Marcos: Jesús desaparece y se va a rezar a un lugar aislado. Pedro le encuentra y le dice agobiado: «Todos te están buscando». Cuando la presencia de Cristo es cotidiana, también se vuelve indispensable. Entonces uno no puede hacer más que buscarla. Pero es aún más preciosa la respuesta de Jesús: «Es verdad, todos me buscan. Por ello, tenemos que ir a otros lugares». Y decide ir a otra ciudad a hacer lo mismo que ha hecho en Cafarnaún.

Esta es la misión: responder a la necesidad de los hombres, quienes esperan poder hacer experiencia de lo divino en lo cotidiano. La misión consiste en permitir que Cristo haga compañía diaria al hombre, así como le sucedió a Pedro y la gente de Cafarnaún, como sucede hoy para nosotros, a través de la presencia de la Eucaristía y de nuestra comunión.

(En la imagen, entrada a la basílica de la Natividad, en Belén, durante la peregrinación de la Casa de Formación a Tierra Santa).

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