El corazón de los chicos es un terreno que hay que labrar pacientemente, cada día, para que Dios pueda empezar a echar raíces. Un testimonio desde Turín.

Nuestra casa da a la Piazza Santa Giulia, punto de encuentro para los jóvenes de la vida nocturna de Turín. Las preguntas que llenan mi alma, mirando por la ventana, son aproximadamente estas: “¿Qué están buscando?”; “Lo que encuentran, ¿está a la altura de sus deseos?”; “Y ¿qué contribución puedo dar yo a su vida?”.
En enero del año pasado, salgo a almorzar con dos chicas de octavo grado que han quedado ligadas a nosotros después del sacramento de confirmación. Silvia me hace algunas preguntas sobre la fe, sobre el hecho que ella vive a veces la confianza en Dios y a veces tiene dudas, a menudo suscitadas por compañeros de clase que no creen, o bien al ver que hay tanto mal en el mundo, tanto dolor que parece una objeción a Dios, o por lo menos a su bondad. También le pregunté a la otra chica, Francisca, qué pensaba al respecto y me ha contestado así: “Desde que os conocí, ya no me he sentido sola, porque he descubierto que nos ha puesto juntos Alguien más grande de nosotros. E incluso si mis compañeras de clase no lo saben o no se dan cuenta, yo estoy cierta de que Él está. Sin Él en efecto no hubiera podido nunca siquiera imaginar una amistad así. No he pensado yo en conoceros, ha sucedido. Y ninguna duda lo puede poner en discusión”. He visto en estas dos chiquillas el reacontecer de un encuentro con Dios, entre ellas y con nosotros. ¿Cómo las ayudamos en este descubrimiento? ¿Cuál es nuestra contribución para que esta amistad no se detenga?
Todos los viernes me veo con unos chicos de secundaria. Es un momento de convivencia sencilla. Cuando comenzamos estas reuniones, la pregunta era: “Dinos cuáles son las cosas más hermosas, o las dificultades, que has experimentado durante la semana”. A los chicos les cuesta observar lo que les sucede, reflexionar sobre lo que acontece, usar la razón y no solo el sentimiento: partir de su experiencia y ayudarles a mirar es un paso fundamental. Pero no es suficiente. Por esta razón, comenzamos de vez en cuando a dar pequeñas clases sobre temas que surgen en los diálogos con ellos. El propósito es mostrar lo que Cristo tiene que decir acerca de las preguntas que la vida suscita. Por ejemplo, este año he dado lecciones sobre la amistad, el estudio, la confianza entre los hombres y en relación con la fe.
Sin embargo, ni siquiera la hora del encuentro es suficiente para que una propuesta cristiana pueda arraigarse de una manera fascinante y duradera. Entonces, antes del encuentro, cenamos juntos. Es un momento sencillo, pero salen tantas cosas que de otra manera no logran emerger. Se prepara la mesa, se despeja, se comparte con los demás algo de comida, nos contamos como fue el día.
Una vez al mes, proponemos una misa dedicada a los chicos de secundaria. Al final, hacemos media hora de silencio en la iglesia, distribuyendo los textos de las lecciones, donde hemos incluido los ejemplos que han hecho de los chicos en los diálogos con nosotros. Al final, asamblea, cena común y velada juntos.
Una de las cosas que me sorprende de estos chicos de primero de bachillerato es el deseo que tienen de invitar a otros. Desde septiembre pasado, se han agregado a nuestro grupo compañeros de clase, amigos que tal vez habían asistido a la catequesis y luego se fueron, y llegaron otros chicos de quién sabe dónde. Nunca he hablado de misión o de testimonio con ellos. Sin embargo, está claro que al participar en una experiencia positiva, desean comunicarlo, tal vez de una manera un poco torpe o inadecuada, como lo hago yo. En ellos, veo acontecer lo que experimento yo: se comunica solo lo que se vive.

 

(Stefano Lavelli, sacerdote desde 2013, è vicario en Santa Giulia en Turín. En la imagen, en un momento de vacación con los estudiantes.)

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