Lo que existe después de la vida da sentido a la vida misma, y el Cielo se refleja en la comunión entre los hombres en la tierra: una meditación de Don Paolo Sottopietra.

Verdaderamente felices son los indefensos, dijo Jesús, los ingenuos, los que han decidido no afirmarse con la fuerza, no imponerse a toda costa. Verdaderamente felices son los que sufren. Verdaderamente bienaventurados los que son oprimidos, tratados con violencia. Los que compadecen, los que perdonan siempre. Aquellos que han decidido no ponerse una máscara que les asegure honor y poder, aquellos que han rechazado la hipocresía. Bienaventurados son aquellos que renuncian a la venganza. Los que han decidido abiertamente pertenecer a Cristo y están dispuestos a pagar personalmente su fidelidad. Bienaventurados seréis vosotros cuando os insultarán, os perseguirán y, mintiendo, dirán toda clase de mal contra vosotros a causa de mí. Alegraos y exultad.

Todo esto suena absurdo a nuestros oídos. Nos preguntamos cómo puede Jesús hablar en serio, por qué quiere contradecir de forma tan exagerada el sentido común humano. Nos decimos entonces que tal vez deberíamos entender sus palabras en sentido figurado. Pero su discurso, para ser entendido, debe ser seguido hasta el final. Son verdaderamente bienaventurados, así explica y promete Jesús, porque de ellos es el reino de los cielos. Porque serán consolados. Porque heredarán la tierra. Porque serán saciados. Porque encontrarán misericordia. Porque verán a Dios. Porque serán llamados hijos de Dios. Porque de ellos es el reino de los cielos. Porque grande es vuestra recompensa en el cielo.

Jesús habla del futuro y habla del cielo. Lo que nos hace incomprensibles sus palabras es portanto el hecho que para nuestra manera habitual de pensar no existe el cielo. Para nosotros, el mundo en que estamos y este tiempo que vivimos no tienen un verdadero futuro. Las cosas que vemos y tocamos, lo que comemos y bebemos, las relaciones, los amigos, los amores, los hijos, las mujeres, los hombres, las peleas, las luchas, el dinero, las cosas, las casas, los campos, el trabajo, la carrera, el prestigio, el poder… todo esto no tiene una perspectiva de salvación. Por esto nos afanamos y nos convertimos en violentos, preferimos vengarnos que perdonar, hacer sufrir que sufrir, cometer injusticia antes de padecerla, quitar a los demás lo que es suyo antes de salir perdiendo algo nuestro, salvar el honor a precio de la hipocresía, acusar a los demás más que reconocer nuestro mal. Por esto: porque la perspectiva del cielo es para nosotros una idea abstracta. Si el cielo no existe, la vida nos ahoga, nos asusta y nos hace malos.

El cielo, sin embargo, es una realidad concreta. Es la comunión entre todos los hombres que ya ha empezado, es la alegría de los santos que nosotros estamos llamados a compartir, donde toda distancia será superada, toda herida sanada y todo será nuestro porque nosotros seremos de Dios. Es este futuro, concreto y ya existente, la profundidad de aquello que vivimos ahora, la perspectiva que da sentido a aquello que no lo tendría en sí mismo. A aquello que, si el Paraíso no existiera, sería absurdo y desesperante.

Pero si este Más Allá existe, la forma en que Jesús nos propone entender la verdadera felicidad sobre esta tierra ya no es un radicalismo inaceptable. Se hace incluso deseable. En efecto existe una fuerza que nos atrae en los rostros llenos de luz de los enfermos que ofrecen su sufrimiento, en las mujeres que perdonan a los asesinos de sus maridos o de sus hijos, en los refugiados que dejan sus casas sin maldecir a sus perseguidores, en quien no se desanima por las derrotas que sufre, en quien no paga con la misma moneda la ingratitud y la injusticia, sino que continua con pasión a desear el bien para todos porque espera una gran recompensa en el cielo.

Buscad las cosas de arriba, escribe San Pablo a sus amigos de Colosas, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Mirad al lado eterno de la vida. El presente aparecerá en la única luz que hace que sea vivible.

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