La paternidad espiritual es una de las experiencias centrales del sacerdocio. Un testimonio desde Turín.

Trentino, verano de 2007 o 2008. Eran mis primeros años de seminario. Los amigos del movimiento de Piacenza me invitan algunos días a sus vacaciones para que les hable de mi vocación. Antes de entrar en la carpa donde están tantos rostros queridos y tantos otros desconocidos, me aparto a una zona destinada a los juegos, al lado del bosque para rezar el rosario. Después de la oración del Salve Regina me siento en un columpio para reordenar mis pensamientos. ¡Grave error! El chirrido del columpio atrae a un niño de 6 años: «Ciao». «Ciao», le respondo, molesto por la interrupción y sin mirarle demasiado, para no dar pie a ningún tipo de réplica. Pero él insiste: «¿Dónde están tus hijos?». La pregunta, que no venía a cuento de nada, igual que el niño, me desconcierta totalmente. No tengo tiempo ni ganas de explicarle que soy seminarista y que quiero ser sacerdote, y que, por lo tanto, no tengo hijos ni los tendré. Siendo cortante, le digo: «Mira, no tengo hijos».

Tras un instante de duda, la personita en cuestión me mira y me responde sonriendo: «Pero, ¡qué dices!, ¿no tienes hijos? ¡Se ve que eres un papá!».

Y después de columpiarse otra vez, se va. No sé qué habrá visto ese niño en mí pero desde entonces he tenido la percepción nítida de que era lo mismo que veía el Señor en mí y me pedía ser: un padre.

Una de las experiencias más bonitas que he vivido y vivo en estos años es la paternidad espiritual. Sobre todo con los jóvenes que podrían tener la edad de los hijos que no tengo. Muchas veces rezo una oración preciosa de Saint-Exupèry, el autor de El principito, que escribió en su diario: «Señor, no me des lo que deseo, sino lo que necesito». Lo que necesito coincide frecuentemente con adolescentes llenos de energía o desganados, capaces de grandes sacrificios pero frágiles. Muchos de ellos no son capaces de quererse a sí mismos, no tienen autoestima, no se sienten amados por lo que son. Se muestran en las redes sociales pero esconden sus verdaderos pensamientos. Algunos viven con el ansia permanente de estar a la altura: en el colegio, con sus padres, con sus compañeros. Pero siempre vuelve a surgir un deseo de bien. Y, a veces, alguno tiene la valentía de enseñarlo a quien pueda acogerlo. Una chica me escribe: «Tengo muchas dudas sobre la vida, pero sé que deseo ser feliz. Es verdad que a veces me puede la ansiedad. La ansiedad de no tener cualidades, de no ser suficiente y de no satisfacer nunca mis expectativas, que muchas veces son exageradas». Para mí, ser padre significa hacerme cargo de este deseo y este malestar, ofreciendo las respuestas que he encontrado, acompañándoles con discreción, a veces desde lejos, otras de cerca. A veces cotidianamente, otras, esperándoles durante años.

Sin embargo, cada vez, con más frecuencia, me encuentro con jóvenes heridos afectivamente, por relaciones rotas o viciadas en la familia o entre ellos. A una chica que tuvo que pasar por varias pruebas de este tipo, le dije un día: «¿Por qué vienes con nosotros? ¿Qué diferencia ves?». Su respuesta me puso la piel de gallina. «Voy con vosotros porque hasta ahora los hombres siempre nos han traicionado, a mí y a mi madre. Pero veo que vosotros sois hombres diferentes, en los que puedo confiar, la familia que me habría gustado tener. Y esto me da esperanza».

Esta chica me ha hecho volver a las palabras de aquel niño que me dijo en Trentino hace doce años: «Se ve que eres un papá». Muchas veces pienso: si es verdad que uno se descubre hijo ante un padre, también es verdad que uno se descubre padre ante los hijos.

 

(Stefano Lavelli, 42 años, es vicario en Santa Giulia, Turín. Foto: momento de catequesis con las familias de la parroquia).

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