El padre Lyonnet no tuvo que enfrentar solamente el dolor de la enfermedad. Más profundamente, tuvo que luchar para afirmar la voluntad de Dios. Esta es la batalla que cada uno de nosotros está llamado a vivir.

El padre Lyonnet no tuvo que enfrentar solamente el dolor de la enfermedad. Más profundamente, tuvo que luchar para afirmar la voluntad de Dios. Esta es la batalla que cada uno de nosotros está llamado a vivir.
Un amigo me presentó la figura de Pierre Lyonnet, un jesuita que vivió sus pocos años de sacerdocio, nueve en total, entre un hospital y otro, marcado por una enfermedad terrible y humillante, agravado unos meses antes de ser ordenado sacerdote. Ha dejado una especie de diario, en el que recoge pensamientos y oraciones de los momentos de la enfermedad.
Estos escritos dan testimonio de la lucha interior que lo ha atenazado durante el momento de esta prueba. Quería ser sacerdote, entregarse a la gente, hacer grandes cosas. La enfermedad ha mortificado todos estos deseos, obligándolo a una lucha continua consigo mismo. La lucha entre el sueño y la realidad, entre perseguir una imagen de lo que la vida debería haber sido y lo que la vida fue.
Es una batalla que cada uno de nosotros está llamado a vivir, todos los días. La alternativa de cada momento está entre amar el instante o escapar en el sueño. Si mi trabajo fuera diferente, si no hubiera cometido ese error, si esa persona hubiera cambiado, si pudiera…nuestra fuga puede tomar muchas formas, pero siempre son un huir del sacrificio, del dolor, del Misterio, ir detrás de una cierta imagen de uno mismo y de la vida. Imágenes hermosas, positivas, a veces heroicas, incluso santas. Sin embargo, siempre falsas. Falsas, porque rechazan algo de la realidad. Falsas, porque la verdad es que no sabemos cómo debe cumplirse nuestra vida. Tenemos deseos y proyectos, pero la felicidad sigue siendo un regalo y no una conquista. El cumplimiento de mi vida solo puedo recibirlo y -inmenso vértigo- no sé cómo y cuándo lo recibiré.
Entonces, solo hay una posición que realmente da paz: el abandono, la voluntad de amar el momento presente, acogido como parte de un camino misterioso pero bueno, porque fue deseado por un Padre. “Aceptar mi enfermedad – escribe Lyonnet -, ofrecer con alegría mis sufrimientos, esto no requiere más que un minuto, Señor, pero este minuto vale más que toda la vida con la que sueño, y que sin duda sería muy bella, si Tú no lo hubieras escogido otra opción para mí, una todavía más bella ». Ese minuto es más hermoso, completo y precioso que todos nuestros sueños, porque es un minuto de verdadero abandono a Dios y, por lo tanto, de verdadera compañía. En el sueño, sin embargo, siempre estamos solos.
No hay paz en el sueño, porque no hay verdad. Es en la realidad que nuestra vida se cumple, la realidad tal como es, a veces misteriosa, pero siempre amable y hermosa porque el Padre así la ha deseado.
En la relación viva con Dios todo puede ser acogido, hasta la acogida más difícil: la de nosotros mismos. Nosotros mismos enfermos, limitados o simplemente diferentes de cómo nos gustaría. Acepto quien soy porque tú, Señor, me amas y me llamas ahora.
Hace un tiempo tuve la gracia de acompañar a una mujer de verdadera fe durante su enfermedad. En ella había un gran deseo de vivir, y al mismo tiempo la certeza de una hija que sabe que todo está en manos del Padre. Vivió la enfermedad, la separación física de su esposo e hijos, y finalmente la muerte, con una alegría constante y luminosa. Había una gran paz en esa mujer que moría. La paz de quien ha abandonado el sueño, abriendo el corazón al deseo de ser solo lo que el Padre ha pensado y querido.
“Señor, quiero amarte”, dice Lyonnet, “ser santo, pero el santo que Tú querrás, y en los caminos que eligirás”.

 

(En la foto, algunos seminaristas durante un retiro en Formia, Latinafrancesco ferrari

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