La confesión es el momento en el que el perdón de Dios se manifiesta de modo evidente. Y es así, también, para un sacerdote que va a confesarse. Nos lo cuenta don Stefano, misionero en Boston.

Mis parroquianos se sorprenden cuando les hago notar que un sacerdote – no de modo diferente que cualquier otro bautizado católico – debe ir a confesarse con otro sacerdote “I can’t absolve myself in the mirror”: no puedo absolverme por mí mismo frente al espejo, recuerdo haberles dicho. Para mí esto es fundamental. No puedo administrar la misericordia del Señor si yo mismo no la deseo, si no me libero del peso de mis pecados, límites y defectos, si no voy a sacar, yo el primero, de la fuente del perdón que Jesús ha abierto estando sobre la cruz.
Gracias al hecho de que debo escuchar a menudo las confesiones ajenas, me veo expuesto constantemente a la evidencia de que nada puede separarnos del amor de Dios sino la desmemoria y la testarudez en el pensar que nos salvamos por nosotros mismos. Es necesario verdaderamente ir a otro, por el contrario.
Así, hoy me encamino, entre las hojas del otoño llameante de Massachusetts que nos abanica por las aceras y sobre los árboles de Somerville, poco después de la misa en el silencio de la mañana, para alcanzar la estación de metro de Davis Square.
Es un elemento de peregrinación en este “deber andar”. Tras esto, mi meta es verdaderamente un santuario. Camino veloz poco menos de un kilómetro, para descender al viejo metro de Boston, afectado por la vibración de los trenes en el túnel y por la hostilidad reactiva de las personas obligadas a apiñarse es espacios reducidos; el tren de la línea roja se dispara hasta debajo de la Downtown Crossing, en el centro.
A pocos pasos, está el Saint Anthony Shrine, la casa de los franciscanos en Boston. Allí viven muchos sacerdotes jubilados que se dan el relevo todo el día en el confesionario. Es más fácil encontrar allí un confesor, sobre todo para otro sacerdote, que comúnmente debe escuchar las confesiones de otros en un horario más cómodo y usual.
Estoy tan agradecido de que estén allí, que he tomado la costumbre de dar las gracias al sacerdote que, con frecuencia de al menos un mes, recibe el fardo de mis pecados y se los da a Jesús. Quizás la imagen resulte un poco burocrática y gris, pero somos como empleados de correos, nosotros los confesores. Por otra parte, todo confesor/confesante, después de un poco, se da cuenta de cuan gris, repetitivo y verdaderamente poco excitante son los pecados, propios y ajenos.
Pero en la verdadera misericordia se cumple un verdadero milagro, por el cual lo que es sordo y pesado, cuando se nos quita de encima, revela gracia y belleza.
¡Cómo brilla a menudo la persona tras la confesión! Sucede que el penitente, llore o ría, es raro que esté indiferente. En los tiempos en que todos estamos, asediados por cantidad de gestos banales y en los que de algún modo hemos perdido el sentido y el valor, la confesión es ejercicio extremo que todavía nos gratifica con emociones fuertes y verdaderas, porque no sucede nunca sin un despertar, sin mi rebelión contra el sinsentido y la resignación.
El penitente es un pobrecillo que sufría de amnesia, pero algo, finalmente, le ha recordado quién es verdaderamente: el hijo del rey. Entonces se levanta y reanuda el viaje hacia la casa del Padre. Como confesor, obviamente, no puedo referir las historias de las personas que se acogen al sacramento de la reconciliación, pero es un privilegio poder asistir al milagro que el perdón sacramental realiza en mí y en las personas que a través de mí lo reciben. Y poder asistir a ello, sea como confesor o como penitente, me ofrece una perspectiva de la que estoy verdaderamente contento. Estoy arrodillado en el confesionario, con la cabeza contra la rejilla: “Forgive me, Father, for I have sinned…” (perdóneme Padre porque he pecado), “Soy sacerdote y estos son mis pecados…”. Un par de veces me ha sucedido que mi confesor me pidiese a su vez que le escuchara en confesión: ¡qué cosa tan bella y extraña es poder dar y recibir misericordia gracias a la presencia de Jesús sacramental, en la confesión y en el orden sacerdotal!
El regurgitar de mis pecados se transforma en una letanía triste y resabida. El viejo hermano acepta con franciscano gozo que recite el Gesù d’amore acceso al final de mi confesión. Le pido permiso para hacerlo en italiano porque, a pesar de mis trece años en América, sólo acierto a arrepentirme verdaderamente en mi lengua materna. Como buen seguidor de san Francisco, el anciano sacerdote masculla el italiano suficientemente y me deja bondadosamente hacer. Después llega la absolución, sorprendente, jamás dada por descontada, como uno entiende bien tras decenios en compañía de uno mismo, pecador. “Gracias, padre, por haber estado aquí para escuchar mi confesión, hoy”. Nos intercambiamos saludos y promesas de oraciones el uno por el otro y por nuestras comunidades.
El metro me engulle de nuevo para volverme a expulsar, un poco como a Jonás, a un kilómetro de mi parroquia. Me encamino hacia casa, con la renovada conciencia del océano de misericordia que hay tras el sacerdote sentado en el confesionario. Aún detrás de mí, pecador.

Boston, Massachusetts (foto sushiesque – flickr.com).
stefano colombo

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