El verano romano del pequeño Andrej en una parroquia del centro: desde la búsqueda de un padre hasta la carrera a pie, la belleza de la propuesta cristiana.

Este verano, Daniel y yo hemos pasado un período junto a los niños de primaria y los chicos de secundaria de nuestra parroquia de la Navicella, ayudando a Don Lorenzo Di Pietro en su labor educativa. Con juegos, cantos y excursiones hemos preparado el programa de actividades parroquiales de verano al que les hemos invitado. La mañana se empezaba con el Ángelus y una breve catequesis sobre las figuras de algunos mártires coetáneos suyos, entre ellos Joselito y Rolando Rivi. Todos escuchaban entusiasmados las historias de estos santos que han dado la vida por Jesús: el primero en la terrible persecución mejicana, y el segundo víctima del odio de los partisanos rojos. Hemos invitado a los chicos a seguirnos, a apostar por nuestra propuesta, y hemos tenido la gracia de verlos crecer.
Andrej (nombre inventado) llegó de Rusia hace unos meses. Rechazado primero por los padres biológicos, y luego por una familia de acogida, fue adoptado por una familia italiana. A cada propuesta que le hacíamos se oponía, casi como si quisiera devolver el rechazo de sus padres. No se implicaba con los demás niños. Al comienzo estábamos preocupados sobre todo por acogerle, por hacerle sentir finalmente como en su casa, pero con el paso de las semanas hemos notado en él una necesidad de figuras paternas a las que mirar. Quería ser acogido, pero también corregido y lanzado.
Un día, durante la pausa para la comida, Andrej se acerca con otros niños. Les propongo una carrera, comprometiéndome a cronometrar el tiempo necesario a dar la vuelta al parque. Por fin, veo surgir la verdadera identidad de Andrej, su carácter tenaz, el orgullo ruso, el entusiasmo. La carrera termina con él superando a todos en velocidad. Por fin, seguro de ser amado, ha empezado a encariñarse poco a poco, arriesgando también en la relación con los otros niños. Mirando a estos chicos, he redescubierto también para mí la belleza y la fuerza de la propuesta cristiana que, si se hace con radicalidad y profundidad, cambia la vida.
Una tarde, mientras jugábamos con los niños, estalla una tormenta y corremos para refugiarnos. Mientras corro, pienso preocupado en qué podría proponer para la hora que falta para el final del día, antes de que lleguen los padres. Cuando la lluvia comienza a caer con fuerza, Ariadna, una misionera de San Carlo, comienza a cantar con algunos chicos de GS que nos ayudan. Escucho sus voces marcando la canción: “Sou feliz, Senhor, porque tu vais comigo…”, y pienso en cuán verdadera es. Realmente es posible ser felices bajo una tormenta, pero también en una vida difícil como la de Andrej. La pasión educativa que vivimos por cada uno de estos chicos que se nos ha sido confiado nace de la certeza y la alegría de que el Señor camina con nosotros.

 

(En la imagen, un momento de canto en el oratorio de verano de la parroquia de Santa María en Domnica – foto de Stefano Dal Pozzolo)

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