Durante la última semana de agosto miembros del Consejo de la Fraternidad y algunas misioneras hicieron una peregrinación a pie desde Asís a Loreto.

El tiempo de la peregrinación es lento y reflexivo. Los pensamientos se acoplan al ritmo del paso y se nutren de lo que uno se encuentra en el camino. Los campos arados y cultivados, las llanuras de girasoles, las acequias, las gotas de rocío sobre la hierba son parte del camino. Sientes su presencia amiga. Te fijas en rincones en los que quizá nadie se había fijado antes, descubres la belleza aún intacta y en un breve instante de intimidad observas algo que quizás hasta ese momento solo Dios había contemplado. Llevo conmigo todos estos retales para conservarlos y llevarlos ante María, como primicia de un ofrecimiento que no es solo mío.

Cada día el camino transcurre entre rosarios e historias sobre la vida de Jesús. Los lugares que atravesamos escuchan las palabras junto a nosotros. Cristo camina de nuevo sobre las sendas bañadas por el sol, alaba la providencia del Padre en el vuelo de los pajarillos, revela el motivo de su venida en carne y hueso, durante el tiempo sagrado que estuvo en el vientre de María. Nos dirigimos precisamente hacia aquel rincón de Tierra Santa en el que María acogió el Verbo, entre aquellas paredes que desde hace siglos acogen y regeneran a los agotados peregrinos.

Durante el camino se empiezan a percibir dolores en partes del cuerpo que no sabía que existían. Las subidas, el calor, el cansancio: a veces nos falta el aliento. Hasta las respuestas del rosario se pronuncian con dificultad. Antes de cualquier cosa que podamos decir, estamos yendo hacia María para ponerle delante nuestra miseria. En ese intercambio de miradas se encuentra nuestra casa. Durante nueve meses una madre habla con su hijo, aún cuando desconoce su rostro y su voz. Más tarde, durante otros tantos meses aprende a leer en su llanto su necesidad, hasta que escucha la primera palabra que sale de su boca. Así es la mirada de María hacia nosotros.

A pocos kilómetros antes de la meta, llegamos a Recanati, la tierra de Giacomo Leopardi. Este poeta supo captar la belleza escondida en lo que es pequeño y fugaz. Pocos versos han bastado para inmortalizar para siempre una simple plaza, una colina como tantas otras, un seto solitario. Dios es un artista. Del mismo modo, nosotros estamos llamados a tener una mirada que sepa descubrir la gloria escondida en las cavidades de la tierra, que logre ver en el fragmento provisional los signos del reino definitivo. Con sus palabras, el poeta del Infinito consagró a la eternidad los lugares de su cotidianidad. Somos sacerdotes: a través de las palabras, la ofrenda de nuestras vidas y de las personas de todos los lugares del mundo, se asimilan al cuerpo de Cristo, trasfigurado de luz, cuerpo definitivo y eterno.

Finalmente, ¡Loreto! No llego solo, sino acompañado de hermanos y hermanas que han hecho el camino conmigo. Nada más entrar en la santa casa, recuerdo que hace diez años vine aquí, inquieto porque intuía que Dios me estaba llamando al sacerdocio y no conseguía decidirme. Así, revivo aquella liberación, aquellas lágrimas, aquel que no había conseguido pronunciar aún pero que Sus brazos supieron intuir y acoger. Bajo la mirada de la Madre descubro que renazco de nuevo. A día de hoy estoy aquí, sacerdote, que llega gracias a una llamada secreta que solo ahora, de rodillas ante ella, reconozco. He sido guiado dulcemente, casi de forma inconsciente, a estos muros. Era ella la que me llevaba de la mano a través de las personas que me han acompañado para continuar aquel diálogo jamás interrumpido, pero que necesita una fisicidad. Es necesario encontrarse cara a cara, acariciar estas piedras que vienen de lugares lejanos y que, sin embargo, son familiares.

 

(Stefano Tenti es el ecónomo general de la Fraternidad San Carlos. En la foto, un momento de la peregrinación).

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