Un matrimonio en terapia intensiva y un banquete de bodas que no tendrá fin. Un testimonio desde Chile.

He tenido que sustituir a Simone como capellán del hospital de nuestro barrio durante diez días. Esta posibilidad me ha educado en la disponibilidad. El teléfono suena cuando menos te lo esperas y está claro que el Señor siempre te pide que dejes todo lo que estás haciendo para acercarle un alma. Quién sabe si algún día mi respuesta podrá ser inmediata y total, sin una pizca de resistencia o lamento. El hecho es que siempre he ido, aunque fuese protestando un poco, como en la parábola del hijo pródigo. Todas las veces he vuelto a casa conmovido por los encuentros que he tenido. Os cuento el más bonito.
Me llama una chica: su hermano Vicente, de 27 años, está en terapia intensiva, en un estado de seminconsciencia debido a un tumor en el cerebro. La joven me pide que le dé la unción de enfermos y que le case con su novia. Conviven desde hace unos años y habían decidido casarse por la Iglesia desde que vivían en Venezuela. Después, la necesidad de venir a vivir a Chile, la enfermedad y otras tantas dificultades, habían atrasado la decisión. Me quedo un poco sorprendido: para casarles sería necesario que los dos esposos fuesen conscientes, son ellos los que administran el sacramento. Así, le hago partícipe a la hermana de mis preocupaciones mientras me dirijo al hospital, pensando en administrar a Vicente únicamente la unción de enfermos. Al llegar me encuentro con la novia, Rosa. Es una joven guapísima, de ese tipo de belleza que viene de la pobreza y la pureza de corazón. Tiene una grave discapacidad que le hace estar lisiada y caminar con dificultad. Entiendo de inmediato que no tiene pretensiones: es evidente que está lista para recibir lo que decida el Señor. ¡Qué esperanza! En la mano sostiene los anillos nupciales que acaba de comprar. Entramos en la planta de terapia intensiva. Reconozco rápidamente a Vicente, es el más joven. Parece inconsciente entre tantos tubos y cables que lo rodean. Nos acercamos y le digo en voz alta: «Hola Vicente, soy Lorenzo. He venido a darte la Extremaunción. El Señor no se olvida de ninguno y hoy ha venido a verte». Vicente abre los ojos y me mira. Está vivo y presente, aunque no puede hablar. Entonces sigo: «Está aquí Rosa, ¡así podemos celebrar también vuestro matrimonio!». Vicente sigue mirándome y coge la mano de Rosa. Lo tomo como un sí.
Conmovidos, empezamos a preparar la ceremonia. Antes de nada, el vestido nupcial: un simple camisón, guantes y máscara. Una vez listos, llamo a una enfermera para que haga de testigo junto a la hermana de Vicente. Empieza la ceremonia. Comienzo con la unción de enfermos y sigo con el rito del matrimonio. En el momento del sí, Vicente mira intensamente a su esposa y le aprieta con fuerza la mano. En el intercambio de los anillos, le pido permiso para ayudarle a poner el anillo en el dedo de su mujer. Terminado el intercambio, él deja la mano de Rosa y aferra la mía. Me agarra fuerte, es su modo de darme las gracias. Después me deja y toma la mano que ya es suya para siempre. Apenas acaba la bendición, toda la planta empieza a aplaudir. Me giro y veo que han ido a la ceremonia los familiares de los enfermos y los enfermeros del turno. Todos están muy conmovidos. Susurro a la hermana de Vicente que dejemos solos a los esposos para que disfruten de la luna de miel. Rosa está radiante. Nunca he visto dos personas tan conscientes del hecho de que el matrimonio es un don que se recibe para poder amarse verdaderamente a lo largo de toda la vida. «Toda la vida», para Vicente y Rosa, dura una semana. El banquete de bodas será el definitivo, que ya no tendrá fin. Así, el día del funeral, en el dolor lacerante de Rosa, también he podido percibir la paz de la gratitud hacia Dios. ¡Qué grandeza la de los sacramentos! Nos enseñan que basta el deseo de recibir al Señor y dejarle actuar en nuestra vida. Después, Él nos toma la mano y se ocupa de hacer el resto.

(Lorenzo Locatelli es vicario de la parroquia Beato Pietro Bonilli, en Santiago de Chile. En la foto, durante el campamento de verano de la parroquia).

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