El catequismo con los niños es la ocasión para redescubrir el estupor de la fe.

Uno de los momentos más bellos de la semana en nuestra parroquia de Santa Julia en Turín es la misa de las 10:30 con los niños. Después de la lectura del Evangelio, empezamos con las preguntas. Sí, porque para conocer verdaderamente qué tienen los niños en el corazón son fundamentales las preguntas, nuestras preguntas. Si los niños no nos saben responder, si no logramos hablar con ellos, si no entienden lo que queremos decir, es tan sólo porque no sabemos hacer las preguntas adecuadas. Para explicar algunos conceptos de la fe a los niños, hay que empezar por lo que viven. Como aquella vez que quería hacer entender a los niños el sentido de la confesión por medio de la parábola del hijo pródigo. Les pregunté qué era la peor cosa que habían hecho nunca. Luca rompió la famosa vasija de familia con la pelota; Alejandro coloreó el sofá nuevo; Fabiano escribió en las paredes de casa; Mateo, con algo de vergüenza, contó que había quedado mal delante de toda la clase. De esta forma, ha sido más fácil explicarles qué significa que Jesús en la confesión les perdona. Incluso los mayores lo han entendido mejor, tanto que la cola en el confesionario del padre Stefano ha aumentado repentinamente.

O aquella vez que se habló de infierno y paraíso. Algunos dijeron que imaginaban el paraíso como un lugar donde se iba en bicicleta con los amigos, donde se hacen a gusto las tareas del cole; el infierno, en cambio, era el lugar de los azotes, donde no hay más que reproches, donde se está triste. Cuando les pregunté si vivían un poco de infierno también aquí en la tierra, los más listos dijeron que viven el infierno ya ahora cuando no son amados, cuando alguien les excluye de los juegos y se quedan solos. No hubieran sido suficientes enteras clases de catequesis para explicarles que el infierno y el paraíso son realidades que empiezan ya en esta vida.

En particular Martina, una niña de 8 años que atiende la catequesis con nosotros – animada, irreverente – a la pregunta de cómo se imaginaba el infierno me ha contestado: «Me lo imagino como una gran escuela». Sin entrar a juzgar el sistema escolar italiano, la respuesta sincera de Martina me ha hecho entender cómo debía ser nuestra catequesis: un juego, una aventura vivida juntos a los personajes de las Sagradas Escrituras; no sólo algo que escuchar o ver, si no un acontecimiento al que participar, un lugar de preguntas y respuestas. Así decidimos organizar la catequesis en torno al teatro. Los catequistas mayores son los actores principales, los niños nos ayudan con los papeles secundarios (angeles, discípulos o pastores). Sobre todo los más pequeños están sorprendidos de lo que ven porque el teatro tiene esta gran capacidad, que todos se sientan parte de lo que está sucediendo. Así cuando relaté la historia de la Anunciación, mientras la voz del narrador decía que los ángeles, junto con Gabriel, contenían la respiración en espera de la respuesta de María, los niños con los ojos abiertos de par en par colgaban de los labios de la Virgen. Un silencio de diez segundos ha aumentado la espera y el pathos, hasta cuando María pronunció su sí. La reacción de los niños fue fenomenal y no programada: Gabriel (no el arcangel, si no un niño de 7 años, la quintaesencia del asombro) ha gritado «¡Viva!». Otro, con los brazos levantados, «¡Hurra!». Todos exultaban, tanto que incluso nosotros los mayores nos hechamos a reir. En ese momento he entendido un poco más qué significa “volverse como niños”.

El trabajo con los niños de Santa Julia acaba de comenzar. Sin duda hay muchas cosas que mejorar, como la doctrina. En clase, durante un repaso general de los diez mandamientos, el padre Attanasio preguntó a un niño el primer mandamiento. Todo contento, con el aire de quien conoce la respuesta, él dijo: «¡El agua del Nilo se convirtió en sangre!». Es verdad, aún queda algo de confusión entre las diez plagas de Egipto y los mandamientos, pero por lo menos ¡el periodo historico era exacto!

 

Paolo Pietroluongo es vice párroco de Santa Julia, en Turín. En la foto, con una pequeña feligresa.

lea también

Todos los artículos