La espera del anuncio cristiano delante de la verja roja de la parroquia de San Francisco Javier en Taipéi: un testimonio desde Taiwán.

A-Zhen es un taiwanés del centro-sur, cejas marcadas, mirada inteligente, sonrisa silenciosa. Más habladora es su esposa Dong Dong, china de Cantón, rostro redondo y temperamento pasional. Tienen entre 35 y 40 años. Llegan inesperadamente, un sábado por la tarde, a nuestra parroquia de San Francisco Javier en Taishan. Donato y yo estamos haciendo la caritativa en el hospicio con los estudiantes. En casa está Paolo: es él quien acoge a la pareja que ha venido a vernos, sencillamente, para conocer a Dios y a la Iglesia católica. No es la primera religión que encuentran, pero hasta ahora no han encontrado lo que buscaban.

Dong Dong relata: cada vez que pasaba delante de vuestra verja roja, cuando iba a hacer la compra al mercado, sentía el deseo de entrar. Después renunciaba. Un día, uno de mis hijos me dijo: “Mamá, si quieres entrar, ¡toca el timbre!”. Sí, porque Dong Dong y A-Zhen tienen 3 hijos, dos varones y una mujer. Su existencia es ya en sí misma un milagro. Después del nacimiento de los primeros dos, en efecto, Dong Dong volvió a quedar embarazada. Como tristemente sucede muy a menudo por estos lares, habían hecho unos cálculos y optado por el aborto. Pero justamente en el camino para ir al hospital, marido y mujer se habían mirado a la cara. Sin necesidad de muchas palabras, habían vuelto a casa.

Empiezan a frecuentar la parroquia: después de haberles conocido, empiezo junto a ellos y otras personas una catequesis pre-bautismal, la primera que organizo desde que soy párroco.

Empieza así una de las aventuras más bellas de mi misión aquí: acompañar a las personas al bautismo, o sea redescubrir con ellos la belleza y la verdad de la fe, dejarnos impresionar y conmover al mismo tiempo por la evidencia que Dios es grande y nos ama. Como cuando A-Zhen, hasta aquel día siempre silencioso, leyendo el trozo de El Sentido Religioso de Giussani, donde se muestra que el cosmos ordenado es signo de la existencia de un Creador, exclama: “Shen fu, padre, siempre he pensado que el universo fuera Ao Miao, ¡maravillosamente misterioso! Es tan grande y nosotros somos tan pequeños, estamos vivos contra toda probabilidad. Detrás debe haber un proyecto, alguien que haya creado todo esto”.

Llegamos a hablar de cómo la fe tiene que ver con todo, incluso con la relación de pareja, el matrimonio, los hijos. Un día me confiesan: “¡No hubiéramos imaginado nunca que se pudiera vivir de esta manera!”. Lo que les está cambiando, de hecho, no es la doctrina que les enseño si no el hecho que los contenidos de la fe entren en la vida para darle una luz y un gusto nuevos.

Nuestros nuevos amigos participan siempre en las actividades de la parroquia, en especial en las numerosas barbacoas que hacemos en el patio. Durante una de estas fiestas, A-Zhen me dice “Shen fu, desde que vengo aquí estoy más feliz, mi vida está cambiando. Os estoy muy agradecido”. Luego añade: “Pero no quiero bautizarme”. ¿Por qué?, pregunto. “El bautismo es una cosa grandísima y me pide que cambie la forma de vivir: no sé si estoy listo. Por ejemplo, yo fumo, pero ahora he entendido que fumar va en contra del amor a nosotros mismos” – yo nunca se lo había mencionado – “y no sé si después del bautismo tendré la fuerza de dejarlo”. Le digo: “Has entendido perfectamente, y justamente por esto debes bautizarte. Deja que sea Dios que te cambie poco a poco”.

Dong Dong, A-Zhen y sus tres hijos fueron bautizados juntos durante la fiesta de la parroquia de 2015. A la niña, como nombre de bautismo, han dado el de Emma porque querían llamarla Ema, como yo (los chinos se hacen un poco de lío con las letras dobles…).

En estos días ha muerte el padre de Dong Dong, recién llegado de China, ya enfermo. Me pidieron hacer un funeral católico pero, no estando él bautizado, he podido celebrar solo un sencillo rito fúnebre. Le pregunté a su hija cómo se sentía y ella me dijo: “He sentido que Dios estaba a nuestro lado, lleno de amor. Espero que papá ya esté en el cielo. ¡Dios es realmente un padre lleno de misericordia!”.

 

Emanuel Angiola es párroco de San Francisco Javier en Taipéi (Taiwán). En la imagen, administra el bautismo a una joven feligrés.

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