Con ocasión del Año Santo de la Misericordia, los seminaristas proponen a los peregrinos que durante el Jubileo visiten en la casa de formación de Roma una exposición sobre la parábola del hijo pródigo

La parábola del hijo pródigo «es la palabra de Jesús que ha llegado más lejos./ Es la que ha tenido mayor fortuna/ temporal. Eterna./ Ha despertado en el corazón tal vez un punto de respuesta/ única» (Peguy) En las últimas semanas hemos estado inmersos en el capítulo 15 del Evangelio de Lucas para aprender de Jesús qué es la misericordia. Estamos en las puertas del Jubileo extraordinario querido por el Papa Francisco: ¿qué mejor camino para entrar más profundamente en el misterio de amor y perdón que es Dios?
La escuela de los maestros que más amamos, de Ratzinger, Lepori y san Juan Pablo II, nos pone delante de esta parábola que hemos estudiado a fondo, prestando atención al significado de cada palabra y buscando ensimismarnos con cuanto refiere. El deseo era descubrir algo más del corazón de Cristo. De aquí ha nacido la idea de proponer una exposición que queremos presentar a todos los peregrinos que pasen por nuestra casa durante el Jubileo, para hacer un trozo de camino juntos. Con algunos otros seminaristas hemos pensado un recorrido que, partiendo del texto evangélico, iluminase el misterio del mal y del perdón, el drama del hombre en busca de la libertad sin límites, la profundidad del amor de Dios y la belleza de la comunión.
Nosotros mismos hemos quedado sorprendidos de la riqueza de esa parábola: conservando su simplicidad, es el testimonio de una mirada profunda sobre el aspecto más íntimo de la naturaleza humana. Finalmente, el pensamiento de don Giussani y algunos textos literarios nos han permitido profundizar en las miradas de verdad y de caridad, de las que sólo Jesús es capaz frente a la miseria del hombre. Pero, ¿cuál es esta «relación única» que, según Peguy, solamente esta parábola es capaz de «despertar en el corazón»? Ella nos habla del corazón de un padre, del corazón de Dios, siempre de fiesta y colmado de alegría. Un corazón que ama verdaderamente, se entrega sin cálculo porque sabe que el amor verdadero, precisamente al darse, no pierde nada, es más, se enriquece. El padre da todo de sí mismo, dona su paternidad: Todo aquello que es mío es tuyo (Lc 15,31). Él desea este mismo corazón para sus hijos, a pesar de su traición. Se alegra y goza cuando nosotros, como el hijo pródigo, reconocida nuestra necesidad y nuestro pecado, nos dejamos abrazar por Él.
Es lo que todos buscamos: poder hacer el mismo camino del hijo pródigo en la certeza de tener un padre así. Dios te busca, te espera siempre y nuestra conversión es para él motivo de alegría. Esto es tan verdadero que la parábola «es célebre hasta entre los impíos. /Ha encontrado finalmente un punto de entrada./ Quizás sólo ella permanece plantada en el corazón del impío/ como un enganche de ternura» (Péguy).
Esta exposición responde a un gran deseo nuestro: acoger a tantos amigos y hablarles con simplicidad de aquello que la lectura del evangelio hace nacer en nosotros. Lo que nos mueve es el deseo de comunicar una vida: que la vida, tan bien descrita en la Palabra de Dios, se hace carne en la comunión de aquellos que la escuchamos. Estamos ciertos de que la parábola del hijo pródigo es una invitación a cualquiera para regocijarse por el don de la fe, de la fatiga de la conversión. Nuestra exposición es un pequeño intento en esta dirección.

En la imagen: Thomas Hart Benton, «Going Home», 1934.

Patrick Valena y Stefano Zamagni son seminaristas de quinto y de segundo año respectivamente.

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