Sábado 19 de diciembre de 2015, en la iglesia de San Vicente Ferrer en Santiago de Chile, Alessio Cottafava y Tommaso de Carlini, han recibido de manos de Monseñor Camisasca la ordenación diaconal. Tommaso y Alessio son los primeros seminaristas en concluir el itinerario de formación en el seminario latinoamericano, del que el promotor nos cuenta la historia

El encargo de abrir en Chile la sección latino-americana de nuestra Casa de Formación me fue hecha por don Máximo en los inicios de 2009.
En aquel momento trabajaba como párroco en la parroquia Beato Pietro Bonilli, una extensa comunidad situada en la periferia sur de la ciudad de Santiago, encomendada hasta hoy a los sacerdotes de la Fraternidad de San Carlos.
La propuesta me cogió por sorpresa. Era consciente que provocaba un nuevo cambio en mi vida. De hecho era párroco desde hacía poco más de tres años y estaba trabajando en un ambiente rico en desafíos misioneros difíciles y fascinantes. Estaba feliz y aceptar la nueva propuesta significaba no sólo dejar la parroquia sino, también, a las numerosas personas que se estaban ligando a mí.
Hoy me doy cuenta que consistió simplemente en obedecer. La propuesta era muy concreta y al mismo tiempo era misteriosa en sus implicaciones y en sus perspectivas. Aparte de esto, ¿no sucede esto mismo todas las veces que Dios entra en la vida del hombre? ¿No reclama al hombre a entrar en un terreno desconocido, fiándose totalmente de Él? Dije que sí y pasé un breve periodo de dos o tres meses en Italia, para compartir con don Máximo la líneas fundamentales del nuevo proyecto.
Recuerdo que me dijo: «Todo vuestro recorrido deberá ser compartido con el Centro de la Fraternidad, pero sabed también que estáis llamados a escribir vuestra historia que tiene características únicas.» Estas palabras se revelaron muy ciertas en los años posteriores, caracterizados por una unidad profunda con el cuerpo de la Fraternidad, pero también por la conciencia del nuevo significado que reviste para ella el hecho de que los jóvenes seminaristas se preparen al sacerdocio en la periferia del mundo.
Después del breve periodo de tiempo pasado en Italia, al final de 2009, volví a Chile y comencé a buscar una casa que pudiese acoger a los nuevos seminaristas. Deseaba, en efecto, albergar a dos jóvenes latinoamericanos que, habiendo conocido el Movimiento en sus respectivos países, llamaban a nuestra puerta. Sucedía, asimismo, que recibíamos a los jóvenes seminaristas italianos que, tras un periodo de formación en Roma, eran destinaros a completar su itinerario en América Latina.
La casa parroquial en la que vivíamos con otros sacerdotes no era suficiente para acogernos a todos. Me puse al trabajo y, aunque después de muchas dudas, me di cuenta de que eran innumerables los signos de la presencia de Dios. Él no me abandonaba y me indicaba paso a paso el camino que había de tomar. La amistad con un arquitecto chileno y la generosidad de un benefactor italiano me permitieron, tras algunos meses, localizar la nueva casa, comprarla, restaurarla y, con la aprobación de la diócesis de Santiago, inaugurarla en junio de 2011.
Hoy vivo en esta casa con Tommaso, Alessio, Riccardo, Javier y con don Rubén Roncolato, que comparte mi tarea en el rectorado. La casa está situada a ochocientos metros de altitud, sobre una de las laderas de la cordillera andina, en la parte norte de la ciudad de Santiago. Situada en un barrio silencioso, rodeado de vegetación, ofrece a los seminaristas un clima adecuado para el estudio y la oración, así como para la vida comunitaria y el trabajo manual.
Soy sacerdote desde hace quince años. He desarrollado encargos muy diferentes, en escuelas y parroquias, pero la tarea de acompañar a los jóvenes hacia el sacerdocio, más que cualquier otra, me llena de estupor y temblor. Me lleva a ser espectador del carácter misterioso de la iniciativa divina y, al mismo tiempo, busco sostener, con profundo respeto, la libertad del hombre que responde a ella y se adhiere.
Además, cada día, junto a los jóvenes seminaristas, vuelvo a la escuela de Cristo, aprendiendo aquello que creía ya saber.
Tommaso y Alessio han sido ordenados diáconos hace unos días. Su sí definitivo es también el fruto de esta breve historia.
Estoy convencido que llevarán con ellos, por el mundo, como un don recibido, la familiaridad con la persona de Cristo y la belleza que Él infunde a la existencia de quien lo sigue con humildad y pasión.

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