Retiro de Cuaresma – Casa de formación de la Fraternidad San Carlos, 18 de Febrero de 2015

En el capítulo 49 de su Regla, San Benito explica a sus monjes el significado de la Cuaresma y les ofrece algunas maneras para vivirla. Las indicaciones son muy valiosas también para nosotros.
Su discurso comienza con esta admonición: «La vida del monje debería estar orientada totalmente a la austeridad de la Cuaresma, pero como la constancia en esta vida es virtud de unos pocos, recomendamos custodiar absolutamente íntegra la propia vida por lo menos durante el tiempo cuaresmal, y también purificarse, en estos santos días, de toda las negligencias de otros tiempos».
La inmediata insistencia sobre la necesidad de la austeridad («toda la vida debería ser una cuaresma») puede suscitar en nosotros alguna resistencia. San Benito quiere recordarnos que la vía cristiana implica una decisión firme. Resuena la radicalidad que Jesús exige de sus discípulos: El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo (Lc, 14, 27).
De todos modos San Benito demuestra que es consciente también de la debilidad de los hombres, porque observa con mucho realismo que «la constancia en la virtud de la austeridad es de unos pocos». Sabe muy bien que no todos sus monjes son ya santos, ni lo pretende. Lo que pide es que ellos, por lo menos, deseen convertirse en uno.
Entre la exigencia de radicalidad y la necesidad de misericordia se desarrolla una cierta dialéctica. El ideal propuesto es alto, las fuerzas concretas de los hombres son pobres. ¿Qué hacer, pues? El mismo San Benito indica la vía de la renovación: «Recomendamos custodiar absolutamente íntegra la propia vida por lo menos durante el tiempo cuaresmal». Nos dice que si el ideal es alto y nosotros somos débiles, debemos ponernos en camino para crecer, haciendo, con la ayuda de Dios, por lo menos un pequeño paso.

Ascesis y libertad

La radicalidad de la propuesta cristiana, es decir la santidad, es un desafío a nuestra persona. Estamos llamados a crecer por lo menos en el deseo del ideal y de la purificación, en un proceso en el que la libertad juega un rol importantísimo. En su libro ¿Por qué la Iglesia?, don Giussani ejemplifica esta dinámica comentando un episodio esclarecedor de los Hechos de los Apóstoles (Hech 5, 1-11). Los primeros cristianos viven muy unidos y entre ellos todo está puesto en común. Todos venden sus propiedades y ponen el beneficio a disposición de los necesitados. Dos fieles, Ananías y su mujer Safira, no logran adherirse completamente a este ideal. Ellos venden un terreno suyo, pero entregan a la comunidad sólo una parte de lo cobrado. Pero declaran que se trata del importe total. Ambos mueren al instante.
¿Dónde está su culpa? No tanto en que se quedan con una parte de las ganancias para ellos. El poder es de su propiedad y nadie les obliga a venderlo y a dar algo a la comunidad. La propuesta de la comunidad no es una ley a la que todos deban adherirse de la misma manera. La culpa de Ananías y Safira consiste más bien en la mentira, en afirmar haber entregado todo, sabiendo muy bien que se habían reservado algo. Observa don Giussani: «El sacrificio hecho por constricción ha generado una mentira frente a la comunidad y al Espíritu, que Pedro condena con dureza». La mentira, sin embargo, es tan solo el síntoma de un mal todavía más profundo, es decir, el hecho de que los dos cónyuges realizan su sacrificio «con constricción». Giussani especifica: «La ausencia de constricción, la alegría, la risa del corazón… no son un hecho exterior, una máscara superficial de contento» (L. Giussani, ¿Por qué la Iglesia?, 131). La alegría y la risa con los que damos nuestros pasos son importantes, porque son el signo de nuestra libertad.
Esta observación es esencial para el inicio de la Cuaresma. Un sacrificio hecho de mala voluntad es contraproducente; no edifica la moralidad, si no que la destruye. Antes de emprender el camino cuaresmal debemos pues ante todo preguntarnos si queremos de verdad seguir a Jesús, si de su seguimiento nos esperamos realmente el cumplimiento de nuestra humanidad. Las reflexiones de San Benito presuponen implícitamente estas preguntas. Si respondemos con un “sí”, ningún sacrificio podrá asustarnos. De lo contrario, incluso los sacrificios más pequeños serán percibidos como una imposición inhumana.

Pasos concretos

Sin compromiso concreto no se puede verificar la intuición inicial. El deseo de recuperar el amor radical y puro de los primeros tiempos de nuestro encuentro con Cristo no es suficiente. Es esencial, pero no suficiente. Es necesario también dirigir concretamente nuestros pasos.
Reflexionando sobre el Evangelio de la pesca milagrosa, y especialmente sobre las palabras de Jesús que invita los apóstoles a echar las redes en el lado derecho de la barca, el padre Lepori se pregunta por qué Jesús da una orden tan precisa. De hecho, podía obrar el milagro en cualquier caso, fuera el que fuera el lado de la embarcación al que los apóstoles hubieran echado la red. Según Lepori, la razón profunda de la indicación está en una necesidad, no de Jesús, si no de los apóstoles: «Lo que los discípulos necesitan, lo que nosotros necesitamos, es un camino claro, definido, seguro, para entrar en la obediencia a Aquel que realiza el destino total de nuestras vidas. Necesitamos estar seguros de que no nos engañamos en el gesto que hacemos para confiarnos a la presencia del Señor».
También San Benito, en su Regla, responde a la necesidad de sus monjes de un camino seguro para entrar en la Cuaresma, de redescubrir la «austeridad cuaresmal». Voy a ilustrar algunos de los pasos que él sugiere.

La lectura

Todos nosotros sabemos resumir la regla fundamental de San Benito para la vida monástica con la fórmula: ora et labora, reza y trabaja. Pero esta expresión es una abreviatura. Para él, el ritmo de la vida de un monasterio está marcado no sólo por la oración y por el trabajo, sino también por la lectura. Él dice en efecto al principio del capítulo 48: «El ocio es enemigo del alma. Por ello los hermanos deben dedicarse en tiempos determinados al trabajo manual y en otras horas, también fijadas, a la lectura divina». La meditación de la Escritura es entonces una actividad que se une al trabajo manual. Benito prevé que se dediquen a la lectura dos horas cada día de la semana y que el domingo se dedique casi exclusivamente a esta actividad. Todo el periodo de la Cuaresma, además, es un tiempo dedicado de forma especial a la lectura. San Benito especifica: «Durante la Cuaresma cada uno reciba de la “biblioteca” un libro y lo lea a continuación en su totalidad».
Con la palabra “biblioteca” San Benito se refiere a las Sagradas Escrituras. Por tanto él establece que al comienzo de la Cuaresma cada uno reciba un libro de la Biblia y lo lea en una forma meditativa. El monje debe repetir durante largo tiempo las palabras y las frases, susurrándolas en voz baja lentamente, para poder asimilarlas y saborearlas. El ideal es aprender de memoria el texto, para que las palabras puedan penetrar en la profundidad del corazón y cambiar al monje desde dentro.
Incluso don Giussani insistía en la importancia de lecturas sanas para la formación de la fe de los jóvenes. En los primeros años de sacerdocio, cuando todavía era profesor en el Seminario de Venegono y ya anhelaba el deseo de entrar en el mundo de la escuela, donde los jóvenes estaban bombardeados con enseñanzas laicistas, él inventó un método de evangelización propio. Savorana escribe en su biografía: «No teniendo oportunidad [de enseñar directamente en los bachilleratos], Giussani utiliza el único instrumento del que dispone – el confesionario – para ayudar de alguna manera a los jóvenes. Rápidamente lo convierte en una especie de “farmacia”… Después de haber confesado a un estudiante, don Giussani sacaba de una bolsa que llevaba consigo un libro y se lo entregaba a cada penitente». Pasadas unas semanas, a la siguiente confesión, «don Giussani verificaba que el joven hubiese realizado la “tarea” y le entregaba otro, según las dificultades y las problemáticas que el estudiante de una u otra escuela pública le contaba sobre la relación con los profesores que en las clases hacían propaganda en contra de la Iglesia y de la religión» (A. Savorana, Vida de don Giussani, 129).

Oración

Como segunda actividad a favorecer durante la Cuaresma, San Benito habla de «oraciones acompañadas de lágrimas». Para los Padres de la Iglesia, oración y lectura van de la mano. Ya San Cebrián había escrito: «Sé diligente en la oración y en la lectura: en una hablas tú a Dios, en la otra Dios te habla a ti» (Cebrián, Cartas, 1,15). San Cebrián expresa con mucha claridad la idea de que tanto el silencio como la oración son un diálogo, forman parte del diálogo con Dios que da forma a nuestra vida.
Por desgracia nuestras oraciones se reducen a menudo a un monólogo en el que repetimos mecánicamente unas fórmulas. Para combatir el formalismo que ataca nuestra oración, para hacerla más verdadera, don Giussani nos ha repetido a menudo un consejo tan sencillo como eficaz: nos ha invitado a prestar atención a lo que decimos. Si estamos atentos a las palabras que la liturgia nos pone en los labios, incluso si perdemos el hilo, en el momento en el que lo recuperamos, nuestra oración de monólogo se convierte en diálogo.
Giussani sabía que este dialogo con Dios no es una cuestión simplemente sentimental, y también que rezar por simple obediencia nos puede abrir el corazón a Dios. Lo demuestra su actitud hacia la obligación de rezar el breviario: «Yo nunca he bendecido tanto a la Santa Madre Iglesia como en estos tiempos cuando […] me disponía todos los días a rezar el breviario; cuando llego, a lo mejor es medianoche y aún lo tengo que rezar y estoy cansadísimo, sin embargo entiendo que es de agradecer porque a lo mejor en media hora, en estos pocos minutos, la conciencia se realza, el hilo es retomado, la autenticidad resurge» (A. Savorana, Vida de don Giussani, 2013, 271).

Alegría y sacrificio

Cuando Benito introduce a sus monjes en las florecillas a realizar durante la Cuaresma, él recomienda ante todo que lo hagan con alegría. Escribe: «Cada uno de forma espontánea, en la alegría del Espíritu Santo, ofrezca a Dios algo más que la medida impuesta, es decir, quitar al cuerpo un poco de comida, de bebida, de sueño, de locuacidad, de recreo, y así espere la Santa Pascua en la alegría de un más intenso deseo espiritual».
Sorprende esta insistencia en la alegría y en la libertad que precede a la invitación al cumplimiento de las florecillas. La única raíz verdadera de todo sacrificio es la gratitud, el reconocimiento de haber recibido un gran don. Quien está agradecido no mide lo que hace, no se limita a lo que está prescrito, sino que desea hacer cosas cada vez más grandes. El tiempo de la Cuaresma es para San Benito, más aún que el tiempo del sacrificios, el periodo en el que estamos llamados a recuperar la razón de nuestro obrar, es decir, la alegría y la gratitud por la presencia de Cristo. Es por tanto un tiempo favorable para hacer memoria.
Giussani subraya con fuerza el vínculo entre amor y sacrificio: «Hablar de tensión ideal significa implicar un compromiso con el sacrificio. No existe tensión ideal si no implica sacrificio. La claridad en el sacrificio, la decisión y la claridad en el sacrificio, es esencial para decir que se vive aquella relación idealmente, con tensión ideal. Nuestro carisma insiste en el aspecto “resurreccional” de la vida cristiana: la vida cristiana lleva a una vida más verdadera, más feliz y más alegre, más llena. Pero justamente en la medida de este insistencia, debe seguir la insistencia en el sacrificio, porque sin sacrificio no hay resurrección» (L. Giussani, Del temperamento un método, 224).

El ayuno

En su Regla San Benito propone el ayuno como expresión de alegría. Se trata de un gesto que educa a la pobreza, que ayuda, como diría Giussani, a «llegar a estar seguros de algunas grandes cosas». Él escribe: «Podríamos traducir la invitación al sacrificio, la invitación a la mortificación y al ayuno, como fidelidad a lo “más significativo” del asunto. En el asunto en el que nos tenemos que moderar, en el asunto en que nos debemos mortificar y sacrificar, la norma es la fidelidad a lo que es significativo, al significado de este asunto… En el comer y en el beber lo que es más significativo es que son instrumentos para nuestro camino, no es el atragantarse o el percibir todo el paladar reaccionar suavemente y vibrantemente al contacto con las moléculas del vino. Por lo tanto, yo hago un llamamiento a nosotros mismos a esta mortificación como expresión concreta de la búsqueda de lo más significativo, incluso en el comer y en el beber» (L. Giussani, La familiaridad con Cristo, 62-63).
La práctica del ayuno puede conllevar también peligros. Si se ayuna sin tener claro su significado, se corre el riesgo del formalismo y del orgullo. Jesús nos advirtió ante estos peligros: «Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como hacen los hipócritas, que desfiguran su rostro para que se note que ayunan. Os aseguro que con eso ya han recibido su recompensa» (Mt 6, 16). Entendiendo el riesgo del formalismo, Jesús no saca la conclusión de que es mejor no ayunar, sino más bien de que hay que hacerlo de un modo verdadero. Continúa en efecto «Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno no sea conocido por los hombres, sino por tu Padre que está en lo secreto» (Mt 6,17-18).

La limosna

Tradicionalmente, además de la oración y del ayuno, en Cuaresma la Iglesia recomienda también otra obra penitencial, que es la limosna. San Benito en su Regla no la nombra. Sin embargo en los Padres de la Iglesia encontramos admoniciones maravillosas sobre ella.
Cito tan sólo un pasaje de una homilía de San León Magno: «Es cierto que cada uno de nosotros hace algo bueno por su alma todas las veces que socorre misericordiosamente las necesidades de los demás. Nuestra beneficencia, entonces, queridos míos, debe estar dispuesta y diligente, si creemos que cada uno de nosotros da a sí mismo lo que prodiga a los necesitados. Esconde su tesoro en el cielo aquél que cuida a Cristo en el pobre. Reconoce en esto la benignidad y la economía de la piedad divina: ha querido que tú estuvieses en la abundancia para que por medio tuyo el otro no sufra necesidad, y por el servicio de tu buena obra liberas al pobre de las necesidades y a tí mismo de la multitud de tus pecados» (León Magno, Sermones, 6).

La unidad entre oración, ayuno y limosna.

El gran peligro de los actos de ascetismo y de los así llamados florecillas es siempre el mismo: el formalismo. Se corre el riesgo de realizar ciertos gestos sin entender su significado, de fijarse solo en un particular sin lograr insertarlos en la totalidad de la vida. Giussani llamaba a este riesgo moralismo.

Justo frente a este peligro siempre me ha llamado la atención una de las lecturas que el Oficio nos propone en el tiempo de Cuaresma. Se trata de un pasaje de San Pedro Crisólogo que invita los fieles a comprender la estrecha unidad que existe entre oración, ayuno y limosna. Considerados como actos aislados, pierden su fuerza. Él escribe: «Hay tres cosas, tres, oh hermanos, por las que se mantiene firme la fe, perdura la devoción, permanece la virtud: la oración, el ayuno, la misericordia. Aquello por lo que la oración llama, lo obtiene el ayuno, lo recibe la misericordia. Estas tres cosas, oración, ayuno, misericordia, son una sola y se vivifican la una a la otra. El ayuno es el alma de la oración y la misericordia es la vida del ayuno. Nadie las separe, porque no se pueden separar. El que sólo tiene una y no tiene las tres juntas, no tiene nada. Por lo tanto quien ora, que ayune. Quien ayune, tenga misericordia. Quien quiera ser escuchado en su petición, escuche a quienes le piden. Quien quiera encontrar abierto hacia sí el corazón de Dios no cierre el suyo a quien suplica» (Pedro Crisólogo, Discursos, 43,2).
La oración es un instrumento para hacer más verdadera nuestra relación con Dios, el ayuno puede purificar nuestra relación con el mundo y la limosna puede abrir nuestro corazón al prójimo. Un gesto que no implique estas tres dimensiones, no nos hace crecer realmente.
Aconsejándonos orar, ayunar y compartir, la Iglesia nos invita entonces a una conversión global de nuestra vida, a caminar con todo nuestro ser hacia el encuentro con Cristo que ha muerto y ha resucitado por nosotros.

El camino de la obediencia

Al final de su recorrido, San Benito ofrece un criterio muy sencillo para ver si uno está realmente dispuesto a emprender un camino de conversión: la obediencia. Escribe: «Cada uno someta a su abad lo que quiere ofrecer y lo obre tan solo con sus oraciones y su aprobación. Lo que se realice sin el permiso del padre espiritual será en efecto computado como presunción y vanagloria, y no recibirá ninguna recompensa. Todo, por tanto, debe hacerse con el consentimiento del abad».
Si somos nosotros los que establecemos los pasos de nuestra conversión, puede suceder que, aunque se tratara de pasos aparentemente radicales, ellos correspondieran en realidad sólo a lo que ya hemos decidido nosotros de antemano. Quizás no nos queremos convertir a Cristo, si no a la imagen de perfección que tenemos en la cabeza.
Los Padres de la Iglesia son muy conscientes de que muchos realizan obras ascéticas simplemente para ser alabados. Cuando se vive así, el ascetismo no tiene ningún valor, al contrario, es perjudicial. Un relato contenido en Vida y dichos de los Padres del desierto ejemplifica bien el hecho que son más valiosos pequeños sacrificios hechos por obediencia que grandes realizados solo por vanidad: «Contaban la historia de un tal del pueblo que ayunaba muchísimo, tanto que lo llamaban “el ayunador”. El padre Zenón oyó hablar de él y lo mandó llamar. Él vino con alegría; rezaron y después se sentaron. El anciano [padre Zenón] se puso a trabajar en silencio. Puesto que no podía hablar con él [y por tanto tampoco ser alabado], el ayunador empezó a sentirse oprimido por la pereza y dijo al anciano: “Reza por mí, padre: me quiero ir”. Y el anciano le dijo: “¿Por qué?”. Respondió: “Porque mi corazón está como encendido y no sé que tiene. Cuando estaba en el pueblo, ayunaba hasta la noche, y no me pasó nunca esto”. Le dice el anciano: “En el pueblo estabas alimentado por tus oídos. Pero ahora ve, y en lo sucesivo come por lo menos algo a las tres de la tarde y haz tus penitencias en secreto”. Desde que empezó a hacerlo así, le pesaba incluso esperar a las tres. La gente que lo conocía decía: “El ayunador ha sido tomado por el demonio”. Él volvió entonces al anciano para relatarle todo y el anciano le dijo: “Éste es realmente el camino de Dios”».
Sólo en la obediencia la realización de pequeños gestos, como los propuestos por la Iglesia para la Cuaresma, encuentra su verdadero significado. Los pequeños sacrificios no cambian el mundo. Ellos sin embargo tienen el poder de transformarnos a nosotros mismos. Así, a pequeños pasos, podemos renovar poco a poco nuestra manera de vivir, convertirnos de verdad en hombres nuevos. Es esta la promesa inherente al tiempo que vamos a afrontar.

En la foto de Jacqueline Poggi: el Duomo de Modena

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