Acompañar a los que nos han sido confiados hacia el descubrimiento de la verdad es el camino a través del cual comunicamos lo que hemos encontrado. Un testimonio desde Inglaterra.

Al cabo de un par de meses de nuestra llegada a Inglaterra la diócesis nos invitó a participar en un curso para sacerdotes extranjeros organizado por la conferencia episcopal inglesa. Tenía como finalidad ayudar a dar a conocer y entender mejor la cultura del lugar a los curas que acababan de llegar a Reino Unido. Durante los encuentros, más de una vez se nos dijo: «Tenéis que tener mucho cuidado con lo que vais a decir a las personas. Sobre todo, os aconsejamos que no uséis ciertas palabras, como la palabra verdad, porque alguno podría ofenderse y podríais estar dando la impresión de no ser acogedores y de querer crear distancias incolmables». Esta frase me provocó mucho. De hecho, durante las primeras semanas de misión habíamos empezado a conocer a mucha gente y a hablar con ellos de todo, desde la política, hasta la educación de los hijos o la vida en familia. Me sucedía, y me sigue sucediendo, que, ante una afirmación mía rotunda, quizá con pretensiones de verdad, recibía inmediatamente una respuesta amable de este tipo: «Entiendo lo que dices pero es tu opinión»; «Tenemos que aceptar no estar de acuerdo». Frases como estas, en realidad, cerraban la conversación dejando entrever que ya no sería posible hablar entre nosotros de aquel tema.
Ante esto, yo me hacía una gran pregunta: «¿De qué modo podríamos comunicar lo que hemos encontrado? ¿Cuál es el método a seguir?». En mi vida, a través de lo que ha sucedido, he descubierto que Cristo es la verdad, el único capaz de generar unidad entre los hombres, el único capaz de desvelar lo que tenemos en común. ¿Cómo testimoniar todo esto?
Otro episodio me ha ayudado a encontrar una respuesta a estas preguntas. Volviendo a casa tras aquel curso, me puse a ordenar las cajas de la mudanza. Mientras trabajaba, di a parar casualmente con el título de uno de mis libros preferidos de Giussani: El camino a la verdad es una experiencia. Eran palabras que había escuchado muchas veces y que entonces aparecían con una luz nueva. Poco a poco he empezado a dar crédito, en el modo de pensar y de proponer nuestra evangelización, al título de este libro: proponer experiencias compartidas, acompañar a las personas a descubrir la verdad dentro de una experiencia vivida juntos. Este es el método de la misión cristiana y también el modo en que me ha llegado el cristianismo Para mí, el descubrimiento de algunas verdades inmutables sobre la naturaleza del hombre, y, por tanto, sobre la moralidad, se ha dado con el tiempo, participando en la vida de la Iglesia.
La semana pasada estuvimos una tarde con los niños de primaria. Organizamos el momento pensando los juegos, las canciones, el comentario del Evangelio del domingo y una pregunta previa para ellos. Se trataba del evangelio en el que Jesús dice que si uno se deja guiar por un ciego, caerán los dos en un hoyo. La pregunta que les hicimos fue: «¿A qué personas sigues en tu día a día y por qué?». Un niño, durante los juegos, me había hablado del juego de Momo, un juego online donde se te invita a hacer lo que te dice el ordenador. Paso tras paso, cada vez se te piden cosas más límites, hasta la última invitación, que es matarte. Algunos, siguiendo hasta el final, se han suicidado. El niño me lo contaba casi riéndose.
Durante el momento de respuestas a las preguntas, le pedí que repitiese lo que me había dicho. Después, leímos juntos el evangelio. Así, descubrieron que lo que Jesús decía hace 2000 años es también verdad hoy, para nosotros. Es necesario seguir a las personas adecuadas, aquellas que te hacer ver la belleza del mundo, sino acabas cayendo en un hoyo. Fue un momento verdadero.
 
(Luca Speziale es vicario de la parroquia St Swithun Welles, en Eastleigh, Reino Unido. En la foto, en el centro, con algunos niños de la parroquia).

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