En Denver se encuentra la primera casa americana de las Misioneras de San Carlos Borromeo: sor Eleonora nos cuenta de este inicio.

Nuestra presencia en Estados Unidos empezó el 5 de septiembre del 2015 con la llegada de sor Elena y sor Maria Anna, el día de santa Teresa de Calcuta. Aproximadamente un año después, nos unimos a la casa de Broomfield sor Patrizia y yo.
Estamos experimentando la belleza de poner los fundamentos de nuestra primera casa americana. Se necesitará tiempo para entender la voluntad de Dios, la vocación de esta casa y la de cada una de nosotras.
Ya desde los primeros meses sentimos la exigencia de tener largos tiempos para la adoración, el silencio y la oración; para concebir el tiempo marcado por un ritmo litúrgico más que mundano. Esto nos permite dedicar mucha energía y espacio a nuestra comunión y a la compañía de las personas que buscan una relación con nosotras.
Inmediatamente hemos deseado aprovechar la riqueza de vida que ya vivían nuestros hermanos sacerdotes, a su experiencia y a sus juicios. Un momento muy bello para nosotras es el almuerzo mensual con padre Michael Carvill (en América desde 28 años), que nos ha dado su disponibilidad para responder a nuestras preguntas, para contarnos de los inicios de la misión en Estados Unidos y para ayudarnos a mirar las cosas en modo más completo. También hemos pedido consejos de lectura para poder conocer mejor este pueblo al que somos enviadas, para profundizar en la cultura y la historia americana, para conocer la vida de los santos que han caminado en esta tierra (padre Pietro Rossotti nos ha enviado desde Washington una lista de textos: desde la literatura de Flannery O’Connor hasta The History of the American People).
No menos importante es el tiempo que ocupamos estudiando el idioma inglés. En estos primeros meses estamos viviendo intensamente la humildad de ser una presencia que todavía no logra comunicar como quisiera todo lo que tiene en el corazón. Para introducirnos gradualmente en este nuevo mundo estamos colaborando con los sacerdotes de la Fraternidad en su parroquia. Visitamos los enfermos en las casas y los hogares de reposo, viviendo con ellos una compañía sencilla y prolongada. A menudo presenciamos la apertura de muchos corazones a Dios, el acercamiento a la Iglesia católica y el deseo de entrar a formar parte de ella.
Además participamos en la propuesta educativa del grupo de chicos de la escuela media (los Venturers of the Star) y en los dos grupos dedicados a las escuelas superiores. Enseñamos catequismo una tarde a la semana. Participamos al coro parroquial. Nos gusta pasar mucho tiempo con las familias, con aquellas que pertenecen a la comunidad de CL presente en la parroquia y con las personas encontradas sencillamente durante la misa diaria.
Una de las experiencias más bellas para nosotras es construir una casa abierta a la acogida. Hace pocas semanas inauguramos una pequeña y recogida capilla en nuestra casa, donde podemos invitar a las personas a rezar delante del Santísimo Sacramento. Además, tenemos un instrumento misionero imprescindible: la pizza hecha en casa por sor Patrizia. Para describir estos primeros meses de misión, podría tomar prestadas las palabras del papá de san Bernardo: «Establecimos que Dios nos había puesto en este minúsculo punto del universo, con el único fin de volver este puntito bello a sus ojos».
América no estaba en el abanico de mis posibilidades de destinación misionera cuando entré en la Casa de formación. Sin embargo, reconozco el gozo concreto de estar en el lugar que Dios ha elegido para mí; un gozo lleno de esa ingenua osadía que caracteriza el inicio de una casa para Dios en el mundo.

www.missionariesancarlo.org

Foto Michael Levine-Clark/flickr.com

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