En los ambientes que frecuentan los jóvenes, a veces se pueden crear vacíos –espirituales y materiales– que esperan la venida de Cristo: un testimonio desde Colombia.

Hace algún tiempo fuimos de vacaciones con alrededor de cuarenta estudiantes universitarios de Comunión y Liberación. Pasamos juntos un fin de semana en un pueblo a tres horas de la ciudad, inmersos en la naturaleza y, aprovechando las temperaturas tropicales, en juegos en la piscina. Con el paso de los meses, este grupo se está transformando de un «momento espiritual» (como lo llamaban los chicos que formaban parte de él) a una verdadera vida. De hecho, al volver a la ciudad los chicos siguieron viéndose todos los días, no solo para la escuela de comunidad o la caritativa sino también para pasar juntos el tiempo libre: noches de cantos, cenas y grandes partidos de voleibol. Ver el crecimiento de esta historia es un verdadero milagro que me llena de agradecimiento y me hace entender que lo más útil que hago es cuando, durante la misa, elevando el pan y el vino, ofrezco a Dios a cada uno de estos chicos. Los viernes, si no llueve, encendemos una hoguera en el patio de la parroquia y cantamos alrededor del fuego: los éxitos de este verano, con la llegada del padre Javier, han sido los cantos mejicanos mariachis. Como estamos en el centro de la ciudad, hemos tenido problemas para conseguir leña. Los estudiantes se han organizado en grupos para recoger leña en el parque (hemos descubierto que la palmera arde muy bien): empieza así la carrera, organizada por Sebastian, estudiante de ingeniería y campeón de culturismo, para ver quién corta más leña.

Los martes, en cambio, comemos juntos en el comedor de la Universidad de Los Andes. Después del café, estudiamos en la biblioteca. Es interesante saber que este edificio, hoy poblado de libros, hace un tiempo fue una iglesia. Cuando la universidad compró el barrio para construir el campus, la transformó en biblioteca. En la entrada figura un cartel que explica el cambio de uso «es un símbolo de la victoria de la ciencia sobre la superstición y la religión». El vacío espiritual en el que estamos inmersos ha favorecido la propagación del consumo de droga, el abandono de los estudios y numerosos suicidios. El año pasado la cifra oficial fue de seis suicidios solo en esta universidad. La dirección, consciente del perjuicio económico que el abandono escolar comporta para las finanzas de la institución, ha apartado sus ideales científicos y ha empezado a resolverlo con psicólogos, yoga e iniciativas pseudorreligiosas. Por ejemplo, han construido la «sala del silencio», un enorme espacio con una pared con un espejo enorme. A la entrada del local, hay un enorme cartel: «no estás solo, estás contigo mismo». Debería ser un lugar de meditación en el que los estudiantes, al entrar, se quitaran los zapatos y apagaran los teléfonos. En realidad, se ha transformado en el mejor lugar para la siesta, hasta el punto de que han tenido que contratar un bedel para alejar a las personas que se dormían ahí.

Pensando en el gran sufrimiento de los chavales que me cuentan estos hechos, creo que, al mismo tiempo, en la Universidad de los Andes ha aparecido ya una pequeña semilla de esperanza. Es verdad, han conseguido eliminar la presencia de Cristo en el campus. Pero una tarde, mientras observaba a los estudiantes de nuestro grupo trabajar juntos en esa Iglesia transformada en biblioteca, pensé que Cristo estaba ahí, presente, no en el sagrario sino a través de nosotros: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 20).

(Carlo Zardin, 36 años, es capellán en la Universidad Jorge Tadeo Lozano y vicario de Nuestra Señora de las Aguas, en Bogotá, Colombia. En la foto, junto con algunos estudiantes).

 

 

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