Don Matteo Invernizzi, tras muchos años de trabajo en el Centro de la Fraternidad, está en la actualidad de misión en Chile. En esta carta, escrita pocos días antes de Navidad nos relata los primeros meses de misión.

Queridísimos amigos, con el acercarse de la Navidad se hace más intenso el recuerdo de la familia y de los amigos lejanos; por tanto, he pensado en escribiros para contaros algo de lo que el Señor me está regalando en estos meses.
En Noviembre he terminado el primer periodo de mi misión en Santiago, dedicado, sobre todo, al estudio de la lengua y la historia de Chile. John y yo, hemos sido transferidos a la parroquia de San Bernardo, en la periferia de la ciudad para colaborar con el padre Alessandro y con el padre Stefano que viven aquí desde hace ya dos años. La misma tarde de nuestra llegada toda la comunidad parroquial se reunió con ocasión de la misa inaugural del mes de María. En Chile, en efecto, del 8 de Noviembre al 8 de Diciembre se celebra el mes dedicado a la Virgen (lo que para nosotros, en Italia, acontece en Mayo). Todos reconocen en Ella a una madre afectuosa y presente y desde niños son educados a venerarla con particular devoción.
En el curso de la celebración, estaba prevista, también, la ceremonia de acogida de un joven monaguillo de ocho años, Giovanni. Tras la homilía, el padre Alessandro lo ha llamado por su nombre y le ha preguntado si estaba dispuesto a implicarse en el servicio del altar dentro de una amistad auténtica con Jesús. Entonces, este pequeño niño, con una mirada luminosa y una voz firme, ha respondido por tres veces: «Lo prometo». Pocos metros detrás de él estaban sus padres y su hermanita. Él estaba solo, delante del altar, pero su voz era decidida. Era una respuesta que salía de lo profundo del corazón y resonaba delante de toda la comunidad, ante toda la Iglesia, como la palabra de un hombre. Cuando se le ha impuesto la nueva vestidura y la cruz bendita, y ha ocupado su puesto en el presbiterio, junto a los demás ministros del altar, su rostro se ha iluminado. En aquel momento, estaba dando el primer paso de una vida nueva: su familia estaba allí, con él, pero su puesto empezaba a ser otro y en los ojos del papá y de la mamá se leía un orgullo y una felicidad grandes. Me ha llamado la atención que, con sólo ocho años, un niño pueda dar su sí a Jesús con todo su ser.
En los domingos sucesivos he tenido ocasión de conocer bien a este niño porque me ha acompañado a menudo cuando celebraba misa, haciendo los dos nuestras primeras armas y un poco cohibidos, ¡yo con el español, y él con las jarritas del agua y el vino! La alegría que veo siempre en su rostro, cuando sirve al altar, me es de gran ayuda, porque me recuerda que poder decir sí con todo nuestro ser a Jesús es la única satisfacción de la vida. Afortunadamente existe la Iglesia, esto es, una compañía que te invita a tomar tu puesto delante de los hermanos y empeñarte en un servicio para toda la vida: ya sea crear una familia o dedicarse a la caridad, a la oración, al sacerdocio … poco importa. Lo que cuenta es dar nuestro sí y dejar que Dios lo haga florecer según sus tiempos y sus modos.

(En la foto, una excursión con los jóvenes de Santiago de Chile.)
matteo invernizzi

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