Ante el hecho de la Encarnación que irrumpe en nuestras vidas, a menudo la reacción es el miedo. Pero eso es justamente lo que deseamos: algo que nos trastorne y pida nuestro sí.

En el comedor de nuestra casa, en Roma, hay cuatro cuadros de una pintora milanesa, Paola Marzoli, que se convirtió en Tierra Santa y ha empezado a pintar cuadros que representaban aquellos lugares. De cada lugar, eligió un detalle. Difícilmente entiendes que se trata de Nazaret, del lago de Tiberíades, del Huerto de los Olivos, del Jordán… Pero cuando te dicen: esto es Nazaret, esto es el Getsemaní, entonces sí, entiendes que ha logrado con un particular describir todo un lugar, contar toda una historia, o mejor dicho, contar nuestra historia. El cuadro que me gusta más representa una enorme palmera (y el cuadro en efecto es muy grande, ocupa casi una pared). Y esta palmera, pintada de manera perfecta (parece una fotografía) aparece trastocada por el viento, un viento poderoso e impetuoso. En una esquina aparecen unos ladrillos blancos y rosas, y allí puedes intuir que se trata de la Basílica de Nazaret. Cuando hace un par de años la pintora vino a dar una clase a los seminaristas, nos explicó por qué eligió identificar a Nazaret con esta palmera: a través de una palmera desbarajustada por el viento, quiso dar la sensación de un hecho que irrumpe dentro de la realidad y la sacude, la trastorna. Este hecho es la Encarnación.

El comienzo del Evangelio de Lucas es como la irrupción de un viento que sacude la historia: nada, después de ese día, será ya como antes. El Ángel Gabriel, que se presenta a Zacarías y luego a María, les dice a ambos: “No temáis”, es decir, “no tengáis miedo”. ¿Miedo de qué? Zacarías y María representan la humanidad entera. Y ¿de qué tiene miedo la humanidad? ¿De qué tenemos miedo nosotros? Miedo de decir que sí a un hecho que puede trastornar tu vida y la del mundo en el que vivimos. Estamos esperando una propuesta como aquella, escandalosa, que el Ángel hizo aquel día a María, desvelándole su vocación: colaborar en la obra de Dios en el mundo.

María estaba segura que Dios hubiera intervenido en la historia, pero cuando llega el Ángel es como si se le abrieran los ojos y dijese: “Esto es lo que mi corazón realmente estaba esperando. Esto es aquello por lo que he sido pensada desde el comienzo, esto es lo que deseaba sin ser consciente todavía”. Ocurre así para toda vocación que es desvelada a los ojos de quien es llamado. Ocurre así cuando se reconoce el hombre o la mujer de la propia vida. Es como si dijera: “Aquí está lo que estaba esperando, esto es lo que buscaba en todas las demás mujeres. La buscaba a ella”. Ocurre así cuando uno reconoce estar llamado a la virginidad. Ocurrió así también con la Virgen. Y ¿en qué consistía su vocación? Llevar en su seno y luego dar a luz el Verbo de Dios, es decir Su Palabra. Como dice Charles Péguy, a nosotros se nos ha concedido «mantener vivas las palabras de la vida, alimentar con nuestra sangre, con nuestra carne, con nuestro corazón unas palabras que sin nosotros caerían descarnadas, nos corresponde a nosotros conservar estas palabras, asegurar (es increíble), asegurar a las palabras eternas como una segunda eternidad».

Que aquel hecho que ha cambiado la historia como un viento impetuoso continúe trastornando nuestra vida y la de nuestros hermanos los hombres depende de nosotros, de nuestro sí de cada día, y de cómo conservaremos vivas y carnales aquellas palabras eternas pronunciadas en el tiempo: el Verbo se hizo carne y habita entre nosotros. Esas palabras deben conservarse, anunciarse, gritarse al mundo para que el mundo pueda ser nuevamente trastornado por aquel viento. Este es el significado de cada vocación.

 

En la imagen, don Jacques du Plouy, párroco de San Carlos alla Ca’ Granda, en Milán, con los jóvenes de la parroquia – fotografía Leonora Giovanazzi

Emmanuele Lele Emanuele Silanos

lea también

Todos los artículos