Pocos días después de los atentados terroristas de Paris. En noviembre de 2015, una historia de amistad de Andrea Sidoti, seminarista misionero en Fuenlabrada (Madrid).

Han pasado pocos días desde los atentados de París. Las imágenes permanecen en nuestras mentes y parecen no querer marcharse. Nuestros diálogos con las personas, con los amigos de siempre, se llenan de valoraciones, consideraciones, preguntas y llegan siempre al mismo punto: ¿qué hacer? En muchas ocasiones, vuelve el tema trayendo consigo una extraña impaciencia, la sensación de no poder seguir adelante así, de deber hacer algo, de ser necesario hacer algo.
Me continúan volviendo a la memoria dos rostros, los de Latifa y Kamal.
Ella es una chica musulmana de treinta años, marroquí. No habla casi nada de español, porque ha llegado hace poco tiempo aquí a Fuenlabrada. Es una de tantas mujeres musulmanas a las que atendemos cuando cada sábado, en el reparto de alimentos, distribuimos víveres a treinta y cinco familias de la zona. Latifa tiene tres hijos, es una bella mujer, el velo hace poco evidentes sus rasgos. Pero no la he visto nunca sonreír. Incluso cuando te da las gracias, lo hace como asumiendo a disgusto una obligación, con talante severo, expresión de un rostro endurecido por la vida. Desde el inicio, han captado mi atención esta dureza y cerrazón suyas como las de quien lleva a cuestas un fardo pesado que no puede o no quiere compartir. El sábado pasado, después de recibir su bolsa con los alimentos, se marchaba en silencio. La saludo «¡Adiós!», nada. Pruebo de nuevo mientras ella organiza sus cosas, «¡Adiós, Latifa!». Nada. No me rindo. Cuando ya está en la puerta, hago el último intento: «¡Latifa, adiós!». Esta vez se gira, sonríe y me saluda: «¡Adiós!». Pienso que Dios, en el fondo, no actúa de modo diferente conmigo. Está allí, todo el día, esperando que me dé cuenta de que me está llamando. Combate pacientemente, aun contra mí, para hacer emerger aquello que de bueno, desde siempre, ha puesto en mí.
Kamal es un hombre alto y robusto, de en torno a los cuarenta, argelino. También él es musulmán. Conoce la realidad de la parroquia desde hace bastante poco, dos años. Ha pasado algún tiempo en nuestra casa de acogida para hombres. Ahora vive solo. Desde hace algunas semanas ha comenzado a trabajar si bien todavía esporádicamente. El sábado pasado llegó tarde a la “Escuela de Caridad”, un momento de diálogo con todos los voluntarios que trabajamos en las varias actividades caritativas de la parroquia. Kamal, como muchos otros, tras habernos encontrado se ha implicado con nosotros para ayudar a quienes están en su misma situación de necesidad. Llega tarde y se sienta al fondo. Cuando está terminando el encuentro, pide la palabra y comienza a hablar de sí mismo. Hace ya veintidós años que está en España: este no es su país, se siente un extranjero. Pero también en su país, Argelia, del que ha vuelto recientemente, ya es un extranjero; es un emigrado también para sus compatriotas. Tiene intención de explicar que no es una cuestión de religión, es y sigue siendo musulmán. No obstante, encontrándonos, ha encontrado una casa, a su familia.
Son muchos los extracomunitarios, especialmente musulmanes, que acuden a nuestra parroquia de Fuenlabrada. A veces extraña entrar en la parroquia y ver tantas mujeres con velo. Algunas colaboran establemente, otras vienen empujadas por la necesidad material, mientras con otras, precisamente a partir de esta necesidad, ha nacido una relación de amistad. En el dolor frente a la violencia, desde el odio evidente en las imágenes de los atentados y aún más en las reacciones que suscitan, aquello que Dios hace aquí es para mí un signo de verdadera esperanza. Un lugar donde cada uno puede encontrar su casa, un lugar donde se vive la caridad, esa caridad de Cristo que ha muerto y resucitado por mí y por cada uno de ellos. Es por una belleza así por lo que puedo seguir mirando sus rostros sin temor. Una belleza por la que vale la pena gastar la vida.
En la foto, una vista de Madrid (Foto Norma Desmond1)

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