In parrocchia a Torino l’amicizia vissuta tra i sacerdoti della casa si dilata tra la gente.

Hace ya un año que con p. Paolo y p. Stefano, desde la asoleada y caótica Nápoles, llegamos a la nublada y ordenada Turín. A nosotros se unió Cristiano, un diácono y, sólo por este año, Pietro. Hemos tenido la gracia de heredar de la marquesa de Barolo una gran casa parroquial. A mediados del siglo XIX nuestra bienhechora, poco antes de morir, quiso que junto a la Iglesia dedicada a santa Julia, surgiera una casa que pudiese hospedar a un grupo de sacerdotes. Deseaba que fueran sacerdotes que se dedicaran a la evangelización del barrio Vanchiglia, habitado entonces por personas pobres. La zona alrededor de la iglesia era pantanosa y sucia. Muchos sacerdotes santos han pasado por esta parroquia y han dado sus vidas por la comunidad que todavía hoy puebla este barrio. Hoy la marquesa mira desde el cielo y sonríe porque con la llegada de nuevos sacerdotes, esta historia continua.
Nuestra vida común es la ayuda más grande que estamos dando a las familias que nos encuentran. La cosa que más impacta a la gente es la amistad que ve entre nosotros. Nunca han visto sacerdotes que sean felices de vivir juntos y que se ayuden entre ellos. Mirándonos, se reaniman, retoman la esperanza y vuelven a creer que vivir juntos de manera constructiva es posible. Durante las homilías dominicales, hacemos con frecuencia ejemplos tomados de nuestra vida fraterna. Contamos sobre el uso que hacemos de los instrumentos tecnológicos, de la gloria de dialogar juntos sobre lo que nos sucede en la jornada, sobre los consejos que nos damos, de cómo tomamos decisiones juntos, cómo nos corregimos y de cómo nos perdonamos. Quien escucha logra sin esfuerzo aplicar las cosas que escucha a su propia experiencia doméstica.
Estamos redescubriendo con los parroquianos la belleza del domingo. La Misa de las 10:30 está dedicada a los niños. Algunos son monaguillos, otros cantan en el coro, otros leen las lecturas. Padre Paolo y P. Stefano predican dialogando con ellos, que se sientan en las primeras filas. Los niños, escuchando que los llaman por sus nombres, descubren que hay alguien que los espera y los interpela. Las madres no tienen que obligarlos a ir a Misa, porque ellos están contentos de participar. Muchas veces los niños dicen cosas tan profundas que todos se quedan sin palabras, y muchas otras tonterías tan chistosas que todos explotamos en carcajadas.
Los niños descubren felices que existe un lugar donde pueden poner sus preguntas más verdaderas. En la escuela, de hecho, tales preguntas, la mayoría de las veces no son ni siquiera tomadas en cuenta, y los pequeños, dotados de una intuición profunda, evitan ponerlas. Nos ha impactado constatar que los niños tienen nuestras mismas interrogantes sobre Dios, sobre la vida después de la muerte, sobre Jesús, la amistad y la vida.
Una vez al mes, para quien lo desee, comemos juntos en el oratorio. Cada quien lleva algo para compartir con los demás. En el barrio de santa Julia viven personas que vienen de toda Italia. Letizia, que es toscana, ofrece siempre sopa de tomates; Loredana, cien por ciento piemontesa, las entradas y la carne a la olla; por suerte no faltan las berenjenas a la parmesana de Carmela y el fantástico postre napolitano de Teresa. Se percibe también el perfume del asado, pues un grupo de padres instala el “barbecue” en el patio. En cuanto podamos instalaremos uno grande de verdad. Después del almuerzo cantamos todos juntos o jugamos con los niños. Otra veces se van juntos a ver algún partido de fútbol. En este periodo de escasos resultados, los milanistas y juventinos preferimos hacer un paseo sobre el río Po y disfrutar de un bellísimo panorama.
¡Qué bello es el domingo! Sacerdotes, familias y personas solas. Todos hacemos la experiencia de volver a descubrir que somos parte del gran pueblo de Dios. Un papá me confió: “Cuando llegaba el fin de semana no sabíamos que hacer en familia. ¿Ir con los familiares? Los amigos se cuentan con los dedos de una mano. Ahora tenemos un lugar donde ir y a donde podemos invitar a más gente. Compartiendo dificultades y alegrías, hacemos el descubrimiento bellísimo de que no estamos solos”.

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