¿Cómo educar a la fe en el mundo de hoy? Esta es la pregunta que se hizo don Giussani ante los primeros muchachos del Movimiento y que también nos interroga ante las personas que se nos han confiado. La clave es introducir en una vida auténticamente cristiana.

Recientemente pude ojear un álbum de fotos publicado en 1984, con motivo de los treinta años de Comunión y Liberación. Hojeando sus páginas me quedé impresionado por la riqueza de la historia a la que pertenezco. Me pregunté: ¿cuál es el secreto que atrae a tanta gente a Cristo siguiendo el camino propuesto por Don Giussani? ¿Por qué yo lo seguí?

Para mí el encuentro con los amigos del movimiento fue ante todo una gran promesa. Permanecía ligado a ellos porque intuía que siguiéndolos hubiera podido tener una vida más llena. Había recibido una educación católica, y por tanto conocía las verdades cristianas. Sin embargo, aún estaba buscando una relación más personal con Jesús. En este sentido, el encuentro con el carisma de don Giussani constituía una promesa, es decir, no aclaraba todo inmediatamente (muchas verdades permanecían y aún permanecen implícitas, por descubrir), pero me permitía caminar en una luz nueva.

Creo que este es también el objetivo de la catequesis: ser una promesa, una primera introducción a la vida total. La catequesis debe presentar a la persona de Jesús, los puntos clave de su enseñanza, y sobre todo debe invitar a los jóvenes a participar en una vida en la que puedan, justamente a través de un conocimiento cada vez más profundo del cristianismo, descubrir poco a poco su verdadero rostro y las dimensiones reales de su deseo. No se trata solo de ofrecer respuestas, sino también de despertar la sed. O más bien, se trata de ofrecer respuestas que encienden aún más la sed del corazón.

En los relatos de este número de “Fraternidad y Misión”, se percibe claramente que el momento de la catequesis se concibe como una introducción, como arrojar una semilla que luego tendrá que crecer a lo largo de la vida. Sin embargo, existen semillas buenas y semillas malas. Un pequeño defecto al principio puede, con el paso del tiempo, conducir a desastres gigantescos.

El beato John Henry Newman, un gran teólogo y filósofo del siglo XIX, identificó un peligro para la fe no tanto en los errores intelectuales, ciertamente importantes, sino en los afectos equivocados que cierta literatura puede despertar en el corazón humano. Los primeros permanecen, por así decirlo, en un nivel exterior, mientras que los otros se arraigan en la profundidad del alma. Escribe: “Yo no tengo miedo de leer un libro como el de Comte, aunque se declare ateo, mientras me provoca ansiedad examinar ‘La vida de Cristo’ de Strauss”.   Newman le teme más al novelista que al filósofo. De hecho, “generalmente no es con la razón, sino con la imaginación que uno llega al corazón”. Giussani también insistió mucho en la importancia de buenas lecturas, música y películas que puedan dar una forma hermosa a nuestros corazones. Otras veces, sin embargo, se opone con vehemencia a obras que arriesgan arruinar el alma de los simples.

Por supuesto, incluso la mejor catequesis no puede garantizar el éxito. Ella siempre se dirige a una libertad. En el tiempo, afrontando las diversas circunstancias de la vida, se revela la verdadera estatura del corazón de cada persona. “El hombre, en efecto, en su libertad afirma lo que ya ha decidido desde un oculto comienzo”, decía también don Giussani. Quien tiene un corazón bueno, profundizará con el tiempo su fe inicial; quien en cambio lo tiene perverso, lo traicionará. La primera e inmensa responsabilidad de cada hombre por lo tanto consiste en su propia formación, en mantener abierto nuestro deseo hacia el bien y lo infinito. En este proceso de continua purificación podemos de todos modos dejarnos ayudar por nuestro prójimo. Como aquellos pequeños ayudados por sus catequistas.

 

En la imagen, niños de la parroquia de St. Joseph en Kahawa Sukari, Nairobi – Kenia

michael konrad

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