En misión en Fuenlabrada, a las puertas de Madrid, Stefano Motta nos cuenta su vocación.

La primera vez que pensé en “hacerme cura” tenía once años. El sacerdote de oratorio, que frecuentaba a menudo, organizaba de cuando en cuando, para los chavales que querían, retiros de fin de semana en el seminario de Venegono, donde podíamos rezar, jugar, comer y vivir con otros muchachos, los del seminario menor. Aunque no tengo un recuerdo muy claro de aquellos momentos, recuerdo bien que un día me dije: “Yo sería cura, es bonito”.

Frecuentemente volvía a casa con una especie de arranque religioso y me metía a leer el Evangelio en mi cuarto, casi a escondidas. Todo esto duraba como mucho dos días, tras lo cual los amigos y los juegos volvían a dominar mi tiempo libre.

Después de la Confirmación, dejé de frecuentar el oratorio, como casi todos mis amigos; no obstante, nunca dejé de ir a la iglesia, gracias a mi familia que desde siempre me educó en la fe. Si alguien me hubiese preguntado por qué iba a misa, probablemente le hubiese respondido: “¿Por qué? ¿Acaso se puede no ir?”

El encuentro con el Movimiento, en forma embrionaria durante la media y después en la superior, comenzó a llenar de razones personales y convincentes mi fe, a través del nacimiento de amistades bellísimas, muchas de las cuales duran todavía hoy. No puedo pensar en mi fe sin pensar también en mis amigos. El deseo de vivir siempre una amistad, una comunión como la que comencé a experimentar en aquellos años, puso raíces profundas.

Durante unas vacaciones de Gs, participé en una misa en la que concelebraban cinco sacerdotes. Por segunda vez, pensé: “Vale, esta es la comunión que quiero vivir”, Tanto que confié este pensamiento a un amigo con el que compartía la habitación. Todavía no me atrevía a tomar en serio aquella intuición y, con la complicidad de un enamoramiento, lo dejé perder por segunda vez.

Los años de la universidad supusieron un cambio definitivo. Todo lo que me había fascinado de la vida de fe, respecto a la vida del Movimiento, explotó con una increíble intensidad. Encontrando en aquellos años, en diversas ocasiones, a algunos sacerdotes y seminaristas de la Fraternidad, me descubrí atraído casi irresistiblemente hacia aquella forma de vida, tan llena de comunión, de amor a los hombres y a Jesús. Decidí dejar a mi chica para iniciar, finalmente, un camino de verificación de la hipótesis que el Señor había comenzado a sugerirme mucho tiempo antes, como una promesa que finalmente se podía cumplir.

El camino que me ha conducido desde ese momento hasta mi ingreso en el seminario ha sido todo menos que lineal, y he pasado a través de un periodo en un monasterio y un tiempo trabajando. Este tiempo me ha servido para iniciar mi formación con un corazón más disponible a la voluntad del Señor. Saber que Su voluntad está para incidir de este modo tan decisivo e indeleble en mi vida, me suscita un inmenso sentimiento de gratitud.

 

En la foto, Stefano Motta (al lado) y Giuseppe Cassina en algunos momentos con los muchachos de la parroquia San Juan Bautista de Fuenlabrada, ciudad a las puertas de Madrid, donde están en misión.

Stefano Motta

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