Una experiencia educativa contada por don Matteo, director de una escuela romana: cuatro días en una excursión con los chicos, para aprender a disfrutar de la sorpresa de comprender las cosas, su belleza y su bondad.

Una estudiante de bachillerato me dice: “La escuela debería ponernos menos deberes. Y por lo menos por la tarde, podríamos disfrutar un poco más”. Respondo con la intención de reafirmar el valor de los deberes, pero subrayo también el derecho a gozar “por lo menos la tarde un poco más”. He asegurado a la clase mi interés por el problema, pero me encuentro con una especie de sentimiento de culpa. Nunca he oído de nadie que pretendiera disfrutar la mañana, y esta evidencia me molesta un poco: la mañana está condenada, porque está la escuela. Por lo menos, ¡salvemos la tarde! He dicho a los chicos: “Imaginad que estáis en la entrada del colegio. Estáis disfrutando los últimos segundos antes de entrar, cuando pasa un compañero que dice: Pero cómo, ¿no corréis? ¡Hoy la profe de filosofía empieza un tema nuevo!”. Los alumnos se ríen con esta hipótesis, que para ellos es obviamente absurda. “O bien imaginaos – añado –levantaros por la mañana y pensar: ¡Quién sabe hoy qué podré aprender, cuantas curiosidades nacerán en mí escuchando las clases!”. Alguien asiente, la idea de tener un deseo para el día es agradable: “¿Os parezco loco? Tenéis que admitir que venir al colegio con la urgencia de saber, conocer, descubrir, no estaría mal”. Todos, realmente todos, me miran con una sonrisa como para decir: ¡sería bonito!” Sí, sería bonito pensar que el día empieza en seguida, que no hace falta esperara las tres de la tarde para disfrutarlo, porque ¿qué va a pasar por la tarde que será tan irrenunciable? Exactamente no se sabe.

Y en cambio nos afanamos para encontrar caminos nuevos y fascinantes, que intercepten las nuevas categorías de necesidad social y cultural y tengan en cuenta que ahora hay nativos digitales. Uno se imagina que equipar de la escuela como la entrada de la nave espacial Enterprise en Star Trek pueda resolver los problemas. Si hace un tiempo se usaba la acogida y se socializaba, ahora colocamos una tablet en las manos de cada uno: por lo menos habremos resuelto el problema de la disciplina, una tableta absorbe a cualquiera. La tecnología es la nueva quimera: no ocurre nunca que invirtamos en la idea de que la escuela pueda ser interesante justamente por el saber, el conocer; no el cómo si no la cosa, la realidad. Así, intento un experimento que, os anticipo, ha salido espléndidamente. Organizo con algunos colegas una salida de cuatro días con la clase de quinto de primaria. El propósito no es visitar algo nuevo, dar largos paseos para reflexionar o re-encontrar el sentido de las relaciones entre nosotros. El propósito declarado es aprender a disfrutar la sorpresa de comprender las cosas, su belleza y su bondad. Hemos encontrado un lugar maravilloso, un antiguo monasterio benedictino cerca de Frosinone que parecía hecho expresamente para nosotros. Necesitábamos adultos apasionados de su asignatura, buscábamos silencio y orden. He preparado el programa: martes, italiano: el mito. Miércoles, ciencias: la clasificación de las plantas, incluidas algunas especies especiales presentes en el lugar. Jueves, historia: Esparta y Atenas. Viernes, la síntesis. Para todos, un curso transversal de dibujo al natural y clases en lengua inglesa de ciencias, con profesores nativos llegados expresamente desde Roma. Las noches se han desarrollado así: el martes por la noche video en inglés sobre las plantas, para preparar la clase del miércoles por la mañana; la noche siguiente, juegos de mesa; jueves, película: Cielo de octubre.

Los días empezaban a las 8.15 con la misa, seguían las clases de 45’, retomadas después en el trabajo, por grupos e individual, de 40’. Así todo hasta las 19, con intermedios para merendar y juegos en inglés. La verdadera sorpresa ha sido el entusiasmo de todos, docentes y jóvenes, teniendo en cuenta que las clases eran libres y los estudiantes podían elegir si participaban o no. De regreso a Roma, hemos mostrado a los padres un video de los trabajos donde se veía claramente la hipótesis sobre la que habíamos apostado: las cosas, antes de ser aprendidas, existen, nos fascinan y mueven nuestro deseo. Y entonces, bienvenidas sean las nuevas tecnologías y todos los soportes del mundo, si nos ayudan a experimentar este estar de las cosas y la maravillosa posibilidad que tenemos de conocerlas.

 

En la foto, un momento del Vía Crucis en la parroquia de Santa María en Dominica en Roma.

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