De la escuela de comunidad con los universitarios hasta los encuentros vespertinos “en familia”. Don Roberto, misionero en Washington, recuerda así a don Giussani, once años después de su muerte.

Recuerdo que el primer encuentro con don Giussani vino a través de un sacerdote de la parroquia, don Paolo, que me había invitado junto con otros muchachos de enseñanza media a encontrarnos con él. En aquella época, mi cabeza estaba llena de tantas voces diferentes que provenían de izquierda y derecha, que prometían momentos de felicidad a ultranza pero que eran totalmente violentas. El encuentro con don Giussani, más que cualquier otro, tuvo el efecto de aclarar el deseo que tenía dentro.
Después vino el tiempo de los encuentros de catequesis semanal llamados “Escuela de comunidad”, que el mismo Giussani tenía con los universitarios de Comunión y Liberación. Recuerdo mi resistencia inicial a dejar el estudio para ir, todas las semanas, a aquella cita. No era ciertamente famoso por la asiduidad de mi estudio, al contrario, pero recuerdo muy bien que, no obstante la atracción que provocaba, tenía que vencer una cierta resistencia. Pero cuando el Gius iniciaba la Escuela de comunidad y respondía a nuestras preguntas, todo cambiaba. Se encendía una sintonía instantánea que me conquistaba y traía luz a la oscuridad que tenía dentro. Todas las veces volvía a suceder y este imprevisto cambio me sorprendía siempre.
Durante mi último año en la Escuela Agraria, había solicitado a don Giussani una entrevista para analizar más a fondo mi vocación. Quería decirle que tenía intención de entrar en el seminario. Sucedió en vía Martinengo en Milán, una mañana de julio de 1985. Todavía recuerdo su mirada, la atención con que me seguía: han pasado treinta años. Durante la conversación no tomamos ninguna decisión: al final me remitió a la persona que me seguía en la verificación de mi vocación. Aquel encuentro, sin embargo, me llevó más allá de las palabras y las decisiones. Me permitió, en efecto, ver con progresiva claridad en qué consistía la profundidad que me había fascinado siempre en él. Era la presencia de Jesús.
Otras conversaciones se sucedieron durante el periodo del seminario, de 1986 a 1993. En ese lapso de tiempo, mi hermano entró en los Mémores Domini yendo a vivir a Gudo Gambaredo, a pocos kilómetros de Milán. En aquella misma casa, por un cierto tiempo, residió también Giussani. En 1998 nuestra madre, ya viuda, fue ingresada, durante un cierto periodo, para recuperarse, en un hospital. Fue entonces cuando Giussani le propuso trasladarse a la casa de Memores de Gudo, donde no se encontraría sola.
Empezaron así los encuentros vespertinos entre ellos. De dos hijos que mi madre tenía, en efecto, mi hermano se había hecho memor y yo sacerdote. Mi madre no tenía nietos a los que cuidar y no tenía escrúpulos de “cantarle las cuarenta” – así decía – al Giuss. Este diálogo entre ellos se mantuvo durante algún tiempo hasta que, con su paciencia, don Giussani la conquistó también. Mi madre me lo contaba cuando me llamaba por teléfono a Nairobi donde, entre tanto, me habían destinado en misión.
En los periodos en los que volvía de África, me alojaba obviamente en la casa de Gudo, donde encontraba la familia reunida. Algunas veces también don Giussani venía a cenar a mi casa y podía encontrarlo. De estos últimos encuentros, recuerdo sobre todo mi gran superficialidad y su mirada profunda, aquella atención que me dirigía, con la que me interrogaba más allá de las palabras.

En la foto: Washington (foto Roger – flickr.com)
roberto amoruso

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