Conversión: el encuentro con la propuesta cristiana trae una novedad que cambia el juicio sobre su propia experiencia y vida. Una meditación de Paolo Sottopietra.

Durante un viaje a Tierra Santa, hace unos años, tuve ocasión de hablar con un sacerdote alemán que desde hace mucho tiempo asistía al Patriarca de Jerusalén. Me quedaron grabadas algunas de sus palabras: “El cristianismo en una sociedad es débil, si no está fundado sobre eventos de conversión personal”. Este juicio suyo me parece que es capaz no sólo de explicar la fragilidad que a menudo vemos en nuestras comunidades parroquiales o en tantas experiencias de agregación juvenil, sino también las estadísticas sobre la frecuencia a la misa dominical en países enteros y continentes.

¿Qué es un “evento de conversión personal”? Una conversión ocurre cuando alguien, al entrar en contacto con una experiencia cristiana viva, queda tan impresionado que comienza a tomar de ella los criterios para vivir y pensar. En resumen, desea aprender a juzgar y actuar como juzgan y actúan las personas que ha encontrado. Puede ser un profesor en la escuela, un cura conocido en la parroquia, un colega que le invita a cenar con sus amigos. En cualquier caso, un verdadero encuentro ocurre cuando la persona decide dar una prioridad de valor clara a lo que aprende de ellos. Así se establece en su vida un canal de escucha prevalente que se convierte en el metro de comparación con cualquier otra escucha. Sobre las cuestiones fundamentales de la vida en efecto son muchas las voces que ofrecen o imponen respuestas. Pero cuando un hombre se encuentra a Cristo, aprende a reconocer su voz. Ha sucedido lo mismo a la gente que lo seguía hace dos mil años en Palestina. Para muchos escuchar a Jesús hablar fue una experiencia superficial, por la cual no se dejaron realmente interpelar. Para otros, en cambio, fue el comienzo de una aventura apasionante de escucha, que puso en tela de juicio cualquier experiencia previa. Son las personas de las que hablan a menudo los Evangelios, asombradas por la enseñanza de Jesús, porque les hablaba como uno que tiene autoridad y no como sus escribas.

Esta escucha profunda se convierte con el tiempo en pertenencia. Un hombre que hoy se convierte elige libremente la pertenencia a la Iglesia, a través de la comunidad que ha encontrado, como la primera y la más preciosa entre las que lo definen. Él ahora ha percibido la diferencia cualitativa de la propuesta cristiana respecto a las del ambiente que lo rodea. Es más, ha comprendido que el cristianismo se opone a la mentalidad del ambiente que lo impregna, ante todo, a él mismo, y así ha alcanzado un punto decisivo en su itinerario de conversión. De hecho, sólo quien ha sido puesto por el encuentro con Cristo en lucha consigo mismo puede vivir su decisión por Él como un evento dramático, verdaderamente personal.

El paso que llamamos conversión no sucede si no es a través de una crisis, una ruptura. Esto ocurre también en las sociedades tradicionalmente cristianas. Para algunos puede asumir la forma sorprendente de un cambio del estilo de vida radical. Para otros, al contrario, puede suceder dejando aparentemente idénticas las cosas de todos los días, como ocurre con un adolescente que encuentra un cura en la parroquia, o con un grupo de chicos cristianos en su escuela. Continúa yendo a clase cada mañana, estudiando, jugando con los amigos, pero su vida ha cambiado. Ha experimentado el momento de la crisis, la tribulación que lo ha llevado a una elección consciente, libre y definitiva, con la cual se ha dicho a sí mismo: “Yo sigo la Iglesia, yo soy de Cristo”.

 

En la foto, Vera Sofía, una chica rusa, convertida al catolicismo, en el día de su bautismo.

paolo sottopietra

lea también

Todos los artículos