En la carta de un preso, el padre David lee una eficaz descripción de lo que significa reconocer la presencia de Dios.

«Soy una persona privada de libertad y vivo en una cárcel de Ciudad de México» me escribe E. «Cuando aparece el sol en el horizonte y sus rayos empiezan a iluminar la tierra, lo que antes era negro, lo que era oscuro e inquietante se vuelve luminoso, los campos fríos y desiertos se transforman en paisajes cálidos. Este es el poder de Dios. Cuando Dios aparece en nuestras vidas, todo lo que antes sentíamos negativo puede empezar a ser mirado como una ocasión de crecimiento. Lo que antes era confuso ya no lo es, nuestras dudas se disuelven y se transforman en certeza. Nuestro odio se convierte en amor».
Es una descripción maravillosa de lo que significa vivir en la cárcel cuando reconocemos la presencia de Dios. Pensamos en la cárcel con frecuencia como un lugar donde se hace una experiencia anticipada de la muerte. De hecho, para muchos presos, la vida que antes les parecía buena se transforma en un continuo estado de miedo. Podemos entender que cuando uno tiene miedo a vivir todo empieza a desmoronarse. El miedo nos vuelve inhumanos.
La gran cuestión es: ¿somos lo que hacemos, y, por tanto, nos identificamos totalmente con nuestro mal? ¿O bien, nuestra dignidad radica en algo más profundo, que ni siquiera nuestras acciones (sobre todo aquellas equivocadas) pueden eliminar?
«No hay duda de que cada uno vive la cárcel como quiere vivirla, y yo, en estos años he cometido muchos fallos (…). He perdido muchas cosas, pero también he ganado. En la cárcel no todo es malo: me he acercado a Dios y he aprendido a querer a los demás. Aquí el problema no son los años que te dan de condena, sino las oportunidades que pierdes». A través de estas palabras, de un modo paradójico, comprendo que la cárcel puede convertirse en el camino para volver a casa, es decir, puede representar el largo camino que conduce hacia las verdaderas raíces de nosotros mismos, el lugar donde se descubre el significado de la vida.
«Aquí hay personas que quieren mejorar como hombres. No es imposible, incluso en este lugar donde hay tanta oscuridad, que uno pueda llegar a ser una pequeña llama capaz de iluminar a muchos». Más allá del mal que hayamos cometido, podemos descubrir, como ha hecho el autor de esta carta, que el método de Dios es este: hacerse peregrino para ir en busca del hombre caído y hacer de él un hombre nuevo. «He aprendido a ayudar a los demás. Tengo a mi cargo un grupo de personas a las que ayudo: les echo una mano para conseguir medicinas o limpiar las celdas; llevo a lavar su ropa, algunas veces cocino algo especial, les llevo a pasear o les entretengo con la lectura».
El miedo no puede frenar la iniciativa de Dios hacia el hombre que se ha extraviado. Es como si Dios, a través del gesto más pequeño e insignificante, quisiese decir: «No me reconoces, probablemente has renegado de mí, pero yo estoy aquí, entre estos muros. Y estoy aquí para ti, te miro, te amo. Esta cárcel que desprecias, te la estoy regalando para curar tus heridas y para hacer que brote tu nueva humanidad».

 

David Crespo es vicario en María Inmaculada, Ciudad de México. En la foto, con algunos chicos de la parroquia.