El capitán Charles Ryder recorre las habitaciones de la enorme casa de la rica familia Blyte, donde años antes había vivido tantas fuertes emociones. Llega a la capilla, es sorprendido  por la luz que resplandece en el tabernáculo. Después de diez años, todavía hay una vela siempre encendida, que se ha convertido en el símbolo de la fe católica que él ha abrazado hace poco. Con esta maravillosa imagen, sacada de la novela Retorno a Brideshead, Evelyn Waugh capta la esencia de la presencia real de Jesús en el sagrario: siempre está allí, indefenso y disponible, sencillo y misterioso.

Incluso en la iglesia de los Pastorcillos, en la periferia de Lisboa, todos los jueves a las ocho y media de la mañana se abre un sagrario, donde está custodiada la presencia real de Jesús y, rodeado de varias velas, se expone el Santísimo Sacramento para la adoración. A esta hora ya están en su lugar fijo unas veinte personas. El sacerdote coloca la hostia consagrada en la custodia. Lo acompañan algunos cantos y oraciones: «Señor, yo creo, adoro, espero y te amo». Después leemos un salmo o una lectura breve que explica algún aspecto del misterio eucarístico y ayuda a la contemplación. Al cierre, a las seis de la tarde, las personas son doscientas.

La idea de proponer en la parroquia la adoración durante los jueves nació en 2005, cuando se inauguró la iglesia nueva. Para preparar la comunidad a la dedicación del templo, el entonces párroco José María Cortés propuso una novena de adoración en la iglesia del pueblo. Durante el día no era difícil que muchos se reunieran en oración, pero ¿y por la noche? Varios responsables de movimientos y grupos parroquiales se encargaron de una noche cada uno y el Santísimo estuvo expuesto durante nueve días, las 24 horas, con muchos momentos de oración común, cantos y meditaciones. Todo el pueblo quedó impresionado por su ejemplo y el deseo de continuidad se dilató. Hoy en día, decenas de personas pasan por la iglesia los jueves, aunque sólo sea para un momento de adoración. Incluso durante la hora del almuerzo, cuando normalmente los bancos quedan casi vacios, un grupo de señoras ha organizado los turnos de los «custodios del templo», para que Jesús no se quede nunca solo.

En Portugal es muy familiar para muchos la imagen del pastorcillo Francisco en adoración delante de la eucaristía. El beato solía tomar un desvío mientras caminaba por los pastos, para ir a la iglesia a ver a «Jesús escondido». Así llamaba a la Hostia consagrada, la presencia de Jesús escondida bajo la forma del pan. Incluso nuestros niños no son ajenos a la adoración. Recuerdo todavía la expresión en el rostro de los catequistas, cuando les propuse hacer media hora de adoración con los grupos de niños de 8, 10 y 12 años. Pero después, cuidando bien el gesto, con cantos, lecturas y oraciones adecuadas, todos nos hemos dado cuenta una vez más que el sentido del misterio en los niños es mucho más profundo y claro de lo que lo es en los adultos. Una chiquilla me preguntó una vez: «¿Por qué te has puesto sobre los hombros aquella… tela dorada?». Se refería al velo humeral. Le contesté al momento: «Porque, como tengo que coger con la mano a Jesús, debo hacerlo de forma solemne». Sus ojos se abrieron de par en par. Y así los míos, mirando su estupor.

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